“Recuerdas / cómo era / no ser”, por Zenaida M. Suárez Mayor

Hay poemarios que son trocitos de historias incompletas, retazos de vida y muerte, alas de pájaro truncadas o colas de pez macheteadas. Hay poemarios que brillan con “Colores santos” y otros que se funden en la opacidad del gris. Hay poemarios que invitan al baile, pero también los hay que nos dejan agazapados en una esquina, esperando que alguien venga y nos saque a bailar.

La casa Bailarina y otros poemas (Mago Editores, 2020) de Leo Lobos

Hay poemarios que son trocitos de historias incompletas, retazos de vida y muerte, alas de pájaro truncadas o colas de pez macheteadas. Hay poemarios que brillan con “Colores santos” y otros que se funden en la opacidad del gris. Hay poemarios que invitan al baile, pero también los hay que nos dejan agazapados en una esquina, esperando que alguien venga y nos saque a bailar.

La casa bailarina y otros poemas de Leo Lobos es trocitos de historias, retazos de vida y muerte, alas de pájaros y colas de pez que brilla con chispitas de luz desde el cuerpo libro hasta el significado latente de cada verso.

               La casa bailarina y otros poemas de Leo Lobos es trocitos de historias, retazos de vida y muerte, alas de pájaros y colas de pez que brilla con chispitas de luz desde el cuerpo libro hasta el significado latente de cada verso. Desde la “Nota” inicial, presumiblemente escrita por Max González (que describe la procedencia, alusión y traducciones del poema que da nombre al conjunto) se nos regala un farol en forma de palabras para iluminar nuestra lectura: “En este poemario (…) Leo Lobos sigue fiel a los principios de las vanguardias artísticas latinoamericanas, los recursos recreados para transmitir el vértigo histórico de un mundo fracturado, para cuestionarse y responder acerca de la pertenencia a ciertos lugares y finalmente abrir un diálogo entre las culturas, las identidades y los idiomas” (7) y seguidamente entramos a una “intratapa” (paratexto o intratexto, no sé bien) que nos dice: “Poemas / para espantar / el odio / la rabia / y la locura” como una inscripción de advertencia a las puertas de un reino majestuoso que por dentro se está cayendo a pedazos.

               Hay en todo el libro una constante, el epígrafe, que a cada paso nos interpela y nos pone sobre las huellas que debemos seguir. Epígrafes de distinta procedencia artística o filosófica que van hilando un relato a través del cual reconocemos las estructuras subyacentes a la creación de Lobos; multifacético y prolífico creador que pone en palabras su sentencia clara de que “Si no puedo cambiar el mundo / tampoco permitiré que el mundo me cambie a mí” (50), aferrado a una trama vital que evoluciona con los tiempos y que no puede más que decirse a sí mismo: “la vejez es privilegio de las piedras / y aquí no se trata de eso” (47) porque el conjunto completo de textos que acá nos brinda reflexiona constantemente sobre la imposibilidad de asir, cambiar o doblegar nuestro propio destino y nos aconseja: “Debemos prepararnos en el conocimiento / que no es menos aquel que lucha / sin esperanza / y que la dignidad humana se realiza según / la forma que la vida dicta” (62).

               De estructura irregular, como la obra arquitectónica que le da nombre, La casa bailarina va danzando entre los poemas largos y cortos a ritmos entrecortados y, sin embargo, fluidos, que nos obligan a bailar (leer moviendo los pies) a su antojo; a acelerar, a replegarnos, a saltar, voltear la página y continuar en piruetas sutiles que, como el cisne negro, esconde entre las plumas de sus alas, la simetría especular del ser y el mundo que habitamos y nos habita y donde “Si algo es bueno es bueno y ya” (11).

               “Levantando torres de palabras”, La casa bailarina y otros poemas va “abriendo / y cerrando / puertas en este inmenso / escenario de dementes” y “en las dunas de la esperanza” de este reino solo reluciente por fuera “el mar está lleno de pájaros”, pero “un nuevo episodio imaginado / de palabras” será “capaz de darle vida a la alegría / y la tristeza” (24) jugando a colorear, girar, trazar y descubrir un mundo donde, a pesar de la bomba de Hiroshima, “hay remedio” porque “el río para siempre” serpentea “en las raíces de los árboles” (53).

               Recorrer este libro es asistir a buena parte de la historia del mundo moderno. Manejar sus códigos nos espeta a la sonrisa truncada, a la melancolía y a la ironía trágica pero, al fin, esperanzada. Cerrar sus páginas nos deja en un suspiro último y lo único que nos queda es preguntarnos: ¿“Recuerdas / cómo era / no ser” (57)?

Zenaida M. Suárez Mayor

Septiembre/2021

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