De un nudo de carne a la cicatriz, sobre la pandemia que miró Alejandro Gándara; por Alma Karla Sandoval

Dioses contra microbios es la respuesta de Alejandro Gándara al más reciente virus que nos cambió la vida. Alma Karla Sandoval escribe una reseña sobre ese libro cuyas reflexiones nos conturban.

No recuerdo con precisión si fue en la carrera cuando uno de esos profesores que querían escribir y no lo hicieron, nos lanzó al abismo de las frases de Dostoyevski. Pablo Mijares, así se llamaba, impartía las clases de sociología, psicología de la información, teoría periodística, etc., en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Entonces el periodista era un ser de palabras y no de imágenes. Otro profesor, Alfredo Páramo, nos obligaba a escribir sin una sola falta ortográfica y hasta a memorizar el año de la imprenta de Gutemberg: 1440. Ese plan de estudios se antoja un sueño ahora y no por nostalgias cursis, sino porque Dolores Castro impartía ahí la clase de ensayo y un taller de poesía sabatino, porque a los reporteros del futuro les daban filosofía, además de talleres de guion para radio, televisión. Ni qué decir de las clases de Manuel Pérez Miranda, ¡un semestre completo para ir a fondo de cada género periodístico! Cuando llegamos a la crónica lo supe: también podía narrar, no solo inventar versos rasposos, muy mal cortados, que le daban ternura a la maestra Lolita. Algunos, aclaro, ya eran reporteros haciendo pininos, trabajaban por las tardes o las mañanas. Comenzaban los celulares, por eso no era raro ver a uno que otro compañero leer sus notas en el teléfono público del primer piso. Las máquinas tenían nombres clásicos: Olympia, Remington, Olivetti. Pero la migración digital, como la nada en La historia interminable, acechaba nuestras conversaciones con aliños de Benedetti, Jaime Sabines, McLuhan. Llegué a esa escuela a los 17 años, con un suéter salpicado de flores escandalosamente provincianas. A veces usaba una coleta y moños con diamantina. Pero llevaba una bestia adentro, un animal de lenguaje. Ahora entiendo que era solo una intuición, pero como Alicia seguía a todos los conejos del mundo apenas hablaban con pasión de un libro. Pablo Mijares era uno de esos más allá de sus frustraciones literarias. No recuerdo a cuento de qué, en un examen apareció esta frase del autor de Crimen y castigo: “La vida me ha enseñado a pensar, pero el pensamiento no ha enseñado a vivir”, la escribo de memoria. Es increíble como hay frases tatuajes. Comparto otra de Kafka: “A partir de cierto punto ya no hay posibilidad alguna de regreso, ese es el punto donde es necesario vivir” y esta última para no echar a perder este viaje, es de Stevenson: “En la literatura, el salario es el trabajo”. 

     Regreso al verbo pensar y me disculpo por tan intrascendente y autorreferencial apertura porque la idea es ensayar sobre Dioses contra microbios, el libro que el profesor y escritor español, Alejandro Gándara, escribió para responder a la pandemia. En el portal de literatura Zenda, se lee:No es frecuente apartarse de los caminos trillados para abordar una realidad tan abrumadora como la pandemia de la Covid-19, y eso lo consigue en esta original obra Alejandro Gándara. Por una parte, es un libro escrito desde la perplejidad del hombre confinado que, desubicado, busca comprender con detalles de la vida familiar, los vecinos y la ciudad que contempla desde la ventana. Pero sobre todo es una obra que busca desplazar la atención a «la visión que nuestras fuentes culturales y espirituales, principal pero no exclusivamente griegas, ofrecieron ante las mismas y a menudo mayores dificultades», un legado que hemos ido olvidando.” Amén de esta cita larga, pero también mercantil, las reflexiones de los dioses contra microbios que Gándara reinventa o, mejor dicho, resemantiza, me parecen más rusos que griegos. Y miren que el acento de esta especie de diario sobre la pandemia posee momentos de luz irreprochable con un ritmo cuya intimidad sorprende por la gentileza con que se colocan las citas de grandes filósofos, por el tino con que se unen los significados del apocalipsis que nos trastoca y los otros finales del mundo que tanto hombres como mujeres de la antigüedad sobrepasaron.

     Es verdad que la covid-19 nos cuestiona a todos los niveles, uno ellos arponeado por estas preguntas: ¿hemos sabido cómo vivir?, ¿entendemos qué quiere decir el número de muertos a nivel mundial? Gándara comenta: «Las cifras son una lengua franca que impulsa los trámites del aeropuerto, los proyectos de negocio, la globalización, la circulación general de seres y mercancías. (O sea, son virus. Habrá que pensar si el mundo construido por este tardocapitalismo del XXI o por esta era posindustrial no habría sido un colosal sistema vírico, del que las pandemias son su metáfora biológica.)» Un sistema, cierto, con virus dentro de otros como cajas chinas o matruskas, una estrategia de relato enmarcado que oprime otras cajas, las torácicas de los cuerpos que no sabemos por qué sucumben a la enfermedad mientras otros ni se inmutan. Atendiendo al lenguaje aristotélico, a su poética, diríamos que estamos frente a peripecias con pocas catarsis porque el pathos nos rebasa. A una mala noticia sobreviene otra con todo y vacunas de distintas nacionalidades. Ante ese continuum, aprender a pensar es urgente, pero reconocer que quizá no sabemos vivir o no entendamos, más allá de lo biológico, en qué consiste ese verbo es fundamental. “El diálogo filosófico es efectivo, hacer alma resulta beneficioso para escapar de circunstancias duras o muy duras”, explica el narrador. Pero ¿qué es eso?, ¿tratar de implicarnos en la Verdad, pero no de encontrarla, sino en lo que pasa mientras vamos a su encuentro? Sí, la lección de Ulises, la de las Ítacas a las que regresemos con más experiencia encima, con otra manera de mirar, incluso de perdernos, de desaparecer con nuestro nombre: Nadie. Y, sin embargo, así como Girondo recomendó: “Llorarlo todo, pero llorarlo bien” porque parte del sentido de la existencia tal vez se traduzca en vivirlo todo para contarlo con cierta incredulidad, pues como el mismo Gándara escribe: “Hay definiciones y certezas que nos enferman con palabras equivocadas, fijas, bien colocadas en el orden del lenguaje, pero mal colocadas en el orden de la vida”. ¿Será que cuando se piensa frenéticamente no se vive? Otra vez Kafka, una de sus novias más famosas, Milena Jesenská, afirmó que, entre dos páginas escritas y dos días vividos, se quedaba siempre con la experiencia, no con la palabra. No obstante, ese triunfalismo vitalista, ¿tal elección de página en blanco no es otra cosa que necroescritura a lo Bartleby? Y es que ahora recuerdo a Vila-Matas en ese libro donde revive a escritores que, renunciando, entregándose al silencio como Juan Rulfo luego de una o dos obras maestras, no vuelven a publicar. No digo tomar la pluma porque eso es difícil de creer. En Bartleby y co., el narrador catalán también ahonda en un mal endémico de las letras a principios del siglo XXI: la pulsión de muerte o la renuncia de ciertos creadores. Su “preferiría no hacerlo” se alza como un grito de rebeldía ante la proliferación de libros que escupen las editoriales sin controles estrictos de calidad, sin otro destino que la autoexplotación de artistas, una idea con bastante lucro para el filósofo surcoreano Byung-Chul Han. Coincido en que la autorrealización no proviene del cansancio cotidiano, pero esta postura es clasista en tanto que quienes se pueden exprimir a sí mismos hasta la última lágrima son gente con privilegios porque, para empezar, tienen un trabajo que les permite pagar las cuentas. Para concluir, existen otros mundos donde el hiperconsumismo no es posible, no todo es Alemania o Estados Unidos, así como no toda la filosofía a la que nos debemos proviene del paisaje o panteón griego.

     Alejandro Gándara es español y emprende sus búsquedas gracias a las islas homéricas, a ese archipiélago hermenéutico que se transforma en el nudo reventado del vientre de varios autores que no van más allá del Mediterráneo. Con todo, él inventa un mapamundi que conmueve porque nos insta a una lectura verdadera. Volveré a ese tópico más tarde porque hasta ahora me entero del deceso de Roberto Calasso, alguien a quien le quedaremos debiendo necrológicas sublimes. Este italiano supo abrirse al pensamiento de extremo oriente. Cuando le otorgaron el premio Fomentor de las letras en 2016, el jurado mencionó que Calasso integraba en su obra un ambicioso discurso con corrientes filosóficas, estéticas y morales de muy diversa procedencia. Algo que se echa de menos en Dioses contra microbios, pero se admite por el subtítulo: los griegos y la covid-19, así que el autor no vende lo que no trae en su canasta, solo lo que recoge en los campos de su experiencia, de sus lecturas, de ese sentir enciclopédico con el que no abruma, sino consuela, aunque algo de nostalgia se note por debajo de sus reflexiones sobre el lenguaje, el amor, el miedo, las mentiras, grandes temas en medio de un virus y el microscopio que requiere para ser visto. Una nostalgia en todo su esplendor etimológico, en ese dolor del regreso a una normalidad que no se ve posible o bien, al mundo de los griegos más sabios. Esa es la labor de Gándara: asediar la última célula de nuestra condición humana en una pandemia que nos obliga revisar los cimientos de Occidente, los buenos materiales del mármol que resiste y sigue emulando con fidelidad, la carne abierta de una herida.

Alma Karla Sandoval

Doctora en Literatura, periodista, ensayista y poeta mexicana. Columnista de Gafe.info escribe la columna «Libros, cuartos y cuerpas». Dirige la Colección de Poesía Contemporánea «Lo que ellas nombran», Editora BGR.

Obtuvo las becas del FOECA y del FONCA en 1999 y 2001. En 2010 fue galardonada con la Beca de Creadores e Intérpretes con trayectoria del PECDA para escribir un libro de cuentos. Ganadora del Premio Nacional de Periodismo AMMPE, en 2011, y los Juegos Florales de Cuernavaca, Morelos, en 2012. En 2013 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano, el Premio Nacional de Narrativa Dolores Castro en 2015 y los primeros Juegos Florales de Tepic, Nayarit. Se le concedió nuevamente la beca del PECDA para Creadores con Trayectoria en 2018. Seleccionada internacional para la residencia de Artes y Humanidades, Faber, en Cataluña. Obtuvo el Premio al Mérito Periodístico en crónica 2019, del Premio Nacional de Poesía María Elena Solórzano 2019, del Premio Gran Mujer de México 2020 por su defensa de los derechos humanos y su libro Necroescritura de los días muy vivos, resultó ganador de la convocatoria de obra inédita 2019. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores desde 2020. Su obra ha sido traducida al inglés, francés, portugués y ruso.

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