«Pasos de amor» de Jacobo Cortines; por Sergio González Quintana

Presentamos «El rincón de Sergio», una nueva columna de opinión en Gafe. Te invitamos a leer «Pasos de amor» de Jacobo Cortines; por Sergio González Quintana.

Jacobo Cortines (Foto: José Belló Aliaga)

Jacobo Cortines (Foto: José Belló Aliaga)

(I)

Jacobo Cortines (Lebrija, 1946), poeta, ensayista, memorialista, editor, Premio de la Crítica (2005) y miembro de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, publica Días y trabajos (abril, 2021) en la editorial Vandalia. Tiene una amplia obra poética que reunió en Pasión y paisaje (1974-2016), formada por Primera entrega (1978), Pasión y Paisaje (1983), Carta de junio y otros poemas (1944), Consolaciones (2004) y Nombre entre nombres (2014). A estos hay que añadir el reciente Días y trabajos (2014-2021).

Este poemario presenta seis secciones: “De vita beata”, “Afinidades”, “Días y trabajos”, “Pasos de amor”, “Extraño regreso” y “Coda”.

En esta primera aproximación, nos vamos a centrar en la sección “Pasos de amor”, una larga elegía en la que Cortines, de forma desgarrada y sincera, repasa la enfermedad y pérdida de su mujer. Si bien posee una alta carga emotiva, el poeta siempre refrena sus emociones y, mediante la evocación y la anécdota, reflexiona sobre el sentido de la vida y la muerte. Ya en el título, el término /pasos/ tiene un claro valor polisémico. Tenemos tres significados posibles: “trance de la muerte o de cualquier otro grave conflicto”; recordando al paso procesional, “escena, sufrimiento”; o bien, referencia a la trayectoria de una vida amorosa. Creo que las tres acepciones tienen cabida en el contexto de esta elegía.

“Pasos de amor” se divide en tres partes, indicadas con números romanos. Cada una de ellas consta, a su vez, de varios poemas: 8, 7 y 9, respectivamente, que suman un total de 550 versos, entre los que predominan el endecasílabo blanco, junto a otros con ritmos yámbicos (heptasílabos, eneasílabos y alejandrinos), aunque en algunos (pocos) se sirve el autor del versículo. Así, la armonía de los endecasílabos se ve interrumpida, según las intenciones expresivas del autor, por versos de 7 o 9 sílabas; o bien, de 14 o versículos, cuando prevalece la narración.

Nos encontramos con un extenso monólogo interior en el que la interlocutora es su mujer, a la que se dirige siempre, tanto durante la enfermedad como tras la muerte, a la que no oímos, pero que vemos y sentimos presente a lo largo de toda la sección. Esta “presencia” es la piedra angular o la base sobre la que se construye y gira “Pasos de amor”. Esta “presencia” física -antes- y espiritual -después- es la que llena todo de amor, a personas y espacios íntimos, que seguirán sintiéndola, porque en ellos estuvo y dejó la esencia de su vida y, por lo tanto, son la confirmación de que la amada mujer, madre, amiga… existió y seguirá existiendo. La memoria será el refugio en el que se resguarde del dolor Jacobo Cortines, pues es en en la memoria donde todo permanece.

En la serie correspondiente a la parte I (que será de la que trataremos en esta reseña), ya desde el primero de los poemas, señala, como hemos dicho antes, la importancia de la “presencia” y la “comunión” entre las dos personas amadas. En el verso “Porque eres presencia, y has de serlo…”, con el que inicia este poema, interesa resaltar el uso verbal: presente, en el primer caso, /eres/,tiempo que alude a una realidad constante y permanente; mientras que la perífrasis /has de serlo/ anticipa lo que va a ser la dicotomía ausencia / presencia tras la muerte, “pues pétalo y palabra / son los ejes comunes de unas vidas / que son la misma vida”.

Esta comunión de dos almas en la vida y en la muerte es, a un tiempo, una idealización del amor y una manera emocional de aceptar la pérdida. Es decir, el poeta comparte la idea, y se reafirma en ella, de la importancia de la memoria (ya lo hemos apuntado) y los recuerdos para posponer la muerte definitiva. Estamos ante una concepción metafísica de la vida y la muerte que tiene resonancias clásicas evidentes (recordemos a Dante y Beatriz, a Garcilaso y Elisa, a Machado y Leonor, etc.; y más cercano en el tiempo, a Miguel Martí i Pol en su poemario Libro de ausencias); pero Cortines, a diferencia de Martí i Pol, inicia su discurso poético con un tono elegíaco que le servirá para reflexionar sobre el sentido de la vida y la pesadumbre de la muerte, tono que no abandonará a lo largo de la sección. Sin embargo, Martí i Pol, al buscar un significado a la muerte de la amada, acaba por encontrar una revitalización del amor por la vida, y el tono elegíaco inicial es sustituido poco a poco por una alabanza a la vida. No me resisto a mencionar aquí los tres versos finales con los que cierra su libro Martí i Pol: “La mort / sempre serà el domini de la fosca / i ara jo visc en claredat de vida1”.

El verbo /asomar / permitirá enlazar el contenido con el poema siguiente. Termina el primer poema con “… donde la muerte se asomó a tu rostro”, y se inicia el segundo con “Se asomó dolorosa en tu cabeza…”. En el verso dos nos indicará algo de la enfermedad de la esposa (“y derramó la sangre en tu cerebro”)2. Esta tragedia y dolor se relacionan con los adjetivos /espantosa/ y /amargo/, en una una imprecación, una manifestación de la ira e impotencia del autor ante una realidad que le supera y devasta el alma. No es una imprecación contra la muerte, como aquella de “Oh, Muerte, muerta seas y malandante” del Arcipreste de Hita; o “No perdono a la muerte enamorada, / no perdono a la vida desatenta, / no perdono a la tierra ni a la nada”, de Miguel Hernández; sino contra el dolor y el altísimo sufrimiento humano al arrebatarle la vida (la muerte) a un ser querido. Tampoco es el mero y resignado lamento dramático de Federico García Lorca en “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”. A pesar de ello, a pesar de la evidencia, encuentra Cortines un lugar para la esperanza, “igual que aquel al clavo más ardiente / se agarra como puede ante el abismo”.

Pasa a continuación a describir los primeros síntomas del padecimiento en breves trazos, pues son necesarios estos para comprender la magnitud del dolor; y, además, porque la amada consigue superarlos al principio: “y a tus ojos volvieron sus celestes, / y a tu cuerpo calor y vida nueva”. Esto tiene la muerte cuando acecha, que hay momentos en que nos engaña y nos hace creer que estábamos ante un espejismo o ilusión.

Ese primer padecimiento no fue breve (“Fueron largas las horas de esa espera”) y la gradación de los adjetivos (“tensas, interminables, insufribles”) apuntan al sufrimiento de los que esperaban ansiosos la recuperación (“Cuánto amor en los tuyos”), a dejar atrás el ingreso hospitalario y volver a casa. Y aquí Jacobo Cortines, que ha venido utilizando el endecasílabo blanco, prefiere el verso heptasílabo, y así acelera el ritmo para mostrar esas ansias y anhelos de regreso. Veámoslo: “Cuánto amor en los tuyos. Cuántas ansias / de que a tu casa vuelvas y abandones / esas grises paredes y pasillos / donde el dolor es huésped permanente. / Tu casa te aguarda / con todos tus recuerdos, / más tuyos que míos, / más míos que tuyos…”. El regreso a casa es, a la vez, la esperanza y el refugio y la vida compartida. El hogar se llena de vida con la presencia de la esposa, sobre todo, pero del amado también, tanto que la casa acabará por adquirir una existencia propia, con su huerto y su jardín.

En la casa se detendrá el poeta, vacía sin mujer enferma, con ella en el hospital, “entre cables y tubos con calmantes”. En todo momento, Cortines habla a su mujer, dialoga con ella, le cuenta el tránsito, le habla del sufrimiento y de las esperanzas, como si la tuviera delante (de ahí la “presencia” del primer poema, que abarcará todo el ciclo de Pasos de amor). Hasta estos momentos, solo la hemos visto (solo la oiremos una vez, al final de la elegía): sus manos, sus ojos, sus labios; la hemos visto recostada en la cama; la hemos visto sonreír, transmitir serenidad en su rostro con el propósito de tranquilizar a sus seres queridos, con una mirada de cariño y de comprensión, de ánimos, cuando sus fuerzas y su breve mejoría lo permitían. Sólo ella parece consciente de la gravedad de su estado, resignada ante el “paso” definitivo y último, el de la oscuridad absoluta. De ahí que, mientras sus fuerzas lo permitan, intente llevar algo de la luz que aún le queda a quienes la rodean y la quieren.

En este monólogo dramático, hay un espacio común y compartido: frente al umbral de la casa y las habitaciones vacías, que esperan una sonrisa que destierre la impresión de la muerte, (“Y así tus ojos abres y en tus labios / se esboza una sonrisa que destierra / negros presagios de funestas horas.”), hallamos la luz y la paz del patio y el jardín, con sus quencias, magnolios, naranjos, rosales y caracolas, la palmera “que un mal viento arrancó de sus raíces”, pero que en su lugar “… crece / sin cesar crece en su lugar un árbol / venido de otra orilla…”. En esta evocación y anécdota, recuerda la voz lírica: “Tú lo plantaste cuando apenas era / una pequeña vara, pero mira, / mira cómo ha crecido en estos años…”. Estas repeticiones -/crece / y /mira /- presentan una fuerte carga expresiva-emotiva. Aprovechará este momento Cortines para animar a su mujer, convaleciente ahora en su casa, a vivir el presente con intensidad, con quienes comparte “comunión fraterna”. Lo hará mediante el uso de imperativos: goza…, disfruta…, entrégate…, goza…, descansa…, en los que llama la atención la repetición del verbo /gozar /, una variación del tópico carpe diem, en este caso, dirigido a la persona convaleciente, enferma, consciente (también él, aunque la esperanza lo engañe) del breve tiempo que se supone le espera a su mujer3.

Jacobo Cortines ilumina el espacio abierto con los colores de las plantas, le pone música el sonido de los pájaros o de las aguas del río. Hay otro espacio más allá, el de la ciudad, con sus torres y plazas “…donde tantos deseos / se hicieron realidad, fracasos otros, / pero para siempre momentos compartidos…”. Todos (la casa y sus interiores, el patio, el jardín, la ciudad) forman parte igualmente de esa “comunión fraternal”, porque son lugares que atesoran historias de vidas, repletos de emociones, deseos, de anhelos y tristezas; lugares que, al formar parte de la vida, aparecen personificados, como testigos de una historia de amor, de estos “pasos de amor”.

El poema que cierra esta primera serie es una llamada desesperada (con sus repeticiones, interrogaciones retóricas, exclamaciones e interjecciones), un grito de auxilio (“¡Ah!, ven, ven tú… ¡Ay!, ven, ven pronto… Tu presencia reclamo…), pues, sin la mujer a la que ama, la vida del poeta carecerá de sentido, “no ha de ser más que un torpe balbuceo”, termina.


1Del poema “En claridad de vida”: “La muerte / siempre será el dominio de lo oscuro, / ahora yo vivo en claridad de vida.”, Libro de ausencias, de Miquel Martí i Pol. Traducción de Marta López Vilar. Bartleby Editores, 2022.

2Interesa saber que el autor estructura el contenido de este bloque I atendiendo a la dicotomía ausencia / presencia de la amada en el espacio-marco: la casa, el jardín, el huerto, el río, la ciudad.

3En el disfrute del jardín y del huerto, en la sosegada paz de esta naturaleza domesticada, hace uso del locus amoenus.

Sergio González Quintana

Nacido en Las Palmas de Gran Canaria en 1961, Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de La Laguna en 1985. Tras aprobar las oposiciones en 1986, ha dedicado su labor profesional a la docencia de Lengua y literatura castellana en centros de secundaria y bachillerato durante 35 años. En todo este tiempo, impulsó encuentros de poesía en el último centro donde ejercía la docencia, en los que poetas invitados leían sus poemas y comentaban el proceso creador al alumnado. Ha participado con lecturas de sus textos en radios y encuentros poéticos organizados por el Iltre. Ayuntamiento de la Villa de Agaete. Colabora en Escritos a Padrón, con motivo del nacimiento del pintor galdense.

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