«Más allá de la rosa y el libro»; por Alma Karla Sandoval

Alma Karla Sandoval piensa en el libro más allá de las rosas, de otros libros, en medio de las fiestas para venderlo más y mejor.

“Yo quería escribir la canción más bonita del mundo”, se queja Joaquín Sabina. Pues bien, durante días y días yo estuve pensando en esta columna sobre Sant Jordi o el Día Internacional del Libro, creyendo que algo genial se me iba a ocurrir. Y no, más allá de las rosas, de las novedades en las mesas de las librerías, de las firmas de autores, de los festivales, los encuentros, las lecturas, quedé agotada. Pero eso sí, soñando con el libro, gravitando en torno a él. Digo soñando porque es un objeto de amor que nos sujeta (con lo que eso implica simbólicamente) a la engañosa idea de que si no leemos no podemos respirar. Hay quienes, no conformes con resignarse a que nunca habremos de devorar todas y cada una de las bibliotecas de este mundo, se atreven a escribir como si eso fuera más importante, pero bueno, amamos los libros y por eso tratamos de corresponder con los nuestros. La mayoría de las veces no es necesario. Es mejor leer porque perdemos menos tiempo y aprendemos a escribir mejor, sin ínfulas, impostaciones, sin marrullerías. El ombligo que tenemos es uno. Afuera podemos descubrir todos los del universo.

     Defender al libro por el libro es una causa preciosa, pero olvidamos que también es mercancía. Lo han llamado el mejor invento de la humanidad, de acuerdo. Su magia se sostiene porque sirve para leer y eso sí que cuenta, más allá si el libro es de yeso, papel o madera. El soporte resulta un accidente de la historia. Si idolatramos el envase arriesgamos su delicado contenido, de por sí unos cuantos párrafos indiferentes o difusos, nos expulsan de él. Además, si sostenemos que un libro lo es por su portada, lomo, páginas y porque puede ir conmigo a todas partes, nos cerramos a la posibilidad de que un libro sea un camaleón, una quimera, un refugio invisible, pero también una bomba atómica al interior de nosotros, una botella que navegó en la red con un mensaje, un código exacto para transformar la vida que se hizo luz de ordenador, que fue un préstamo o un hurto, un PDF. Un verdadero lector no discrimina.

     De ese romanticismo no hablan los apocalípticos de Umberto Eco, los que siguen pensando o leyendo aferrados al ayer. Los integrados parecemos marineros libres que no somos ricos ni pertenecemos a las cortes de la fama o los best sellers, así que no podemos comprar todo lo que quisiéramos y como detectives vamos tras las pistas de algunos libros descatalogados, esas rebeldes obras maestras que no valoró el mercado. Nosotros entendemos que la lectura en verdad es un derecho más allá de las condiciones poco democráticas que desgraciadamente desde hace varios siglos han signado la condición profana de las bibliotecas. Sabemos que los príncipes las quemaban por obligación o divertimiento de igual modo que los emperadores incas mataban a toda la descendencia del régimen derrocado para evitar que alguien contara cómo fue ese gobierno. A los criados se les cortaba la lengua.

    En Fahrenheit 451, a falta de libros, la gente recurre a la memoria en uno de los finales más bellos e inspirados de la literatura. Esos y esas mismas personas que se escandalizan frente el libro electrónico, que lo niegan, citan la novela de Bradbury y recordándola se llenan la boca de miel en sus conferencias. Olvidan que ahí no hay libro de papel, ese artefacto cosido con palabras impresas, que el soporte es un verbo: recordar. Tal vez cierto apóstol tenía razón, en el principio…

     Por ende, que el mundo lea lo salado, lo dulce, lo que arde, lo que sana, lo más crudo o bien hervido, lo que enseña, lo que excita, lo que aburre, lo alegre, lo imposible. Que el mundo lea en la cocina, los andenes, los hospitales, las peluquerías, el baño, la cama, el comedor; en el metro, en los autobuses, los trenes, los aviones, los parques, las cafeterías, las salas de espera, los gimnasios. Que el mundo lea en la piel, las nubes, la tierra, el agua, el pastel de cumpleaños, las galletas chinas, las pancartas, los espectaculares, los envases de champú, las botellas, las sopas de letritas ácidas; en la arena, en el lodo, en los vidrios de los ventanales, los troncos de los álamos, los muros, las banderas de corsarios o bien blancas, los cuadernos, el celular o las computadoras. Que el mundo lea y salga a recomendar, a defender lo que ha leído porque ha sido multiplicado en dramatis personae, quiero decir, trastornado, sacudido, cuestionado, entretenido, transformado, excomulgado, desterrado. Que se lea aquí y ahora, pero también con el recuerdo que relee, que espanta soledad, silencio y muerte. Ojalá eso ocurra a la menor provocación porque nos permite cruzar duelos, desear otro par de vidas: una donde se escribe, otra donde se lee. Eso quiero para cualquier persona de este mundo, para cualquier lector maravillado. No me importa si el soporte cambia o si el libro usa un disfraz.

Alma Karla Sandoval

Doctora en Literatura, periodista, ensayista y poeta mexicana. Columnista de Gafe.info escribe la columna «Libros, cuartos y cuerpas». Dirige la Colección de Poesía Contemporánea «Lo que ellas nombran», Editora BGR.

Obtuvo las becas del FOECA y del FONCA en 1999 y 2001. En 2010 fue galardonada con la Beca de Creadores e Intérpretes con trayectoria del PECDA para escribir un libro de cuentos. Ganadora del Premio Nacional de Periodismo AMMPE, en 2011, y los Juegos Florales de Cuernavaca, Morelos, en 2012. En 2013 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano, el Premio Nacional de Narrativa Dolores Castro en 2015 y los primeros Juegos Florales de Tepic, Nayarit. Se le concedió nuevamente la beca del PECDA para Creadores con Trayectoria en 2018. Seleccionada internacional para la residencia de Artes y Humanidades, Faber, en Cataluña. Obtuvo el Premio al Mérito Periodístico en crónica 2019, del Premio Nacional de Poesía María Elena Solórzano 2019, del Premio Gran Mujer de México 2020 por su defensa de los derechos humanos y su libro Necroescritura de los días muy vivos, resultó ganador de la convocatoria de obra inédita 2019. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores desde 2020. Su obra ha sido traducida al inglés, francés, portugués y ruso.

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