Dos pases mágicos de Olvido García Valdés; por Alma Karla Sandoval

Olvido García Valdés obtiene el reconocimiento del premio Reina Sofía por una trayectoria dedicada a la poesía de más alto nivel en España. Alma Karla Sandoval presenta dos poemas de Y todos estábamos vivos.

Publicó su primer libro en 1986. Tenía 36 años y no dos décadas como otros poetas que se estrenaban entonces. Para ella, el canon per se es problemático. Analizada con gran interés por críticos que poco lograron objetarle, su carrera comenzó “lenitivamente”, sin apuro, “restañando los silencios”, tal y como han calificado el tono de su obra que se alza con el premio Reina Sofía. Ahora, a los 72, agradece serena con una respiración que nos conduce a territorios oníricos y vigilias dudosas que liberan palabras como si fueran peces dorados de un mar negro; en otros libros son ovejas, se cuentan despacio a falta de somníferos. Olvido García Valdés posee esa voz, la de conversaciones en la penumbra, la de flores amarillas en las carreteras que se abren en sus libros para congelar trozos de instante.

         La leí porque Roberto Bolaño se deshacía en elogios al pronunciar su nombre. Por esos años estudiaba una maestría y el chileno era tema de mi tesis. Fueron necesarios casi quince años para entender que el detective salvaje imitaba a la asturiana desafiando límites entre la poesía y la prosa. Si de alguien, además de Blaise Cendrars, aprendió Bolaño a ser polifónico, a soltar diálogos sin perder la atmósfera mágica de un poema, fue de Olvido. Perdóname lector, pero estos hallazgos necesitan compartirse. Acabo de releer Y todos estábamos vivos, la obra con la que García Valdés obtiene el Premio Nacional de Poesía en España y que editó Tusquets. Recuerdo haber sacrificado otros títulos para poder llevar esos poemas. Fue una gran inversión, un objeto sobreviviente de mudanzas, países, Ítacas en decadencia. Subrayé por dentro y por fuera de los márgenes. Aprendí de memoria algunas líneas que robé a la usanza de Bolaño.

     El genio de esta autora vibra en su imaginación diversa, muy flexible. Algunos expertos celebran la respiración que es ritmo, fluidez de mar quieto pero encendido al caer la tarde: la belleza que alumbra sin quemar la piel del cielo ni quebrar lo que entrega el horizonte. Una estética de imágenes insólitas como un siete de corazones, un naipe, la voz poética encuentra tirado en el camino, un hombre que se transforma en animal amado, amapolas sonoras, jardines con ansias de convertirse en cementerios, pero siguen vivos, nos recuerda. Por ello, mejor ser una escriba de la noche, dibujar el sueño de quien tiene y no conciencia de las raíces de agua brotando en un recuerdo:

Como agua vinieron en la noche

las ovejas, pies de agua y esquilas, cada una

de lo solo y de arena; resplandecientes

y abruptos, gruñidos o quejidos horadados

al pastor, mover de brisa, de agua

de ola retirándose, un único animal, un

signo raudo y musical, fanal

de la linterna, raíl de guturales,

herrumbrosas, huecas

                                  sonoridades incisivas

se la voz. Así, aparecido, ello en la

noche del rastrojo y el monte, se retira.

      Encabalgar un poema arriesgando la unidad de significado en cada línea (lo que nos han enseñado que es un verso) para saltar al vacío de la respiración dejando libres al final artículos determinados o no, requiere de confianza suprema en lo que se siente, no en lo que se está pensando; en lo que se imagina, no en lo que se describe. Por eso Olvido García Valdés puede decir cualquier cosa en sus libros, será poesía a pesar del dramatismo o la pincelada breve de una idea como lámpara flotante:

Amarillo sobrenatural

en agosto, lo sobre

natural es del rastrojo, rastro

bajo los cerros blancos, huesos

de tallos truncos, lo

sobrenatural es la cebada

que no hay y que deja

en el campo el color; un pino

y un ciprés ponen el negro

para que dore luz y suba leve

aire al sol que ya no está; yo

estoy y lo veo por Mota

del Marqués y conduzco

deprisa y no me mato.

     No, se mata porque como ella misma ha dicho: “En poesía es mejor esconder el tesoro que encontrarlo”.

Alma Karla Sandoval

Doctora en Literatura, periodista, ensayista y poeta mexicana. Columnista de Gafe.info escribe la columna «Libros, cuartos y cuerpas». Dirige la Colección de Poesía Contemporánea «Lo que ellas nombran», Editora BGR.

Obtuvo las becas del FOECA y del FONCA en 1999 y 2001. En 2010 fue galardonada con la Beca de Creadores e Intérpretes con trayectoria del PECDA para escribir un libro de cuentos. Ganadora del Premio Nacional de Periodismo AMMPE, en 2011, y los Juegos Florales de Cuernavaca, Morelos, en 2012. En 2013 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano, el Premio Nacional de Narrativa Dolores Castro en 2015 y los primeros Juegos Florales de Tepic, Nayarit. Se le concedió nuevamente la beca del PECDA para Creadores con Trayectoria en 2018. Seleccionada internacional para la residencia de Artes y Humanidades, Faber, en Cataluña. Obtuvo el Premio al Mérito Periodístico en crónica 2019, del Premio Nacional de Poesía María Elena Solórzano 2019, del Premio Gran Mujer de México 2020 por su defensa de los derechos humanos y su libro Necroescritura de los días muy vivos, resultó ganador de la convocatoria de obra inédita 2019. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores desde 2020. Su obra ha sido traducida al inglés, francés, portugués y ruso.

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