«El instante perfecto», por Salvador Robles Miras

Hoy, primero de octubre, es el Día Internacional de las Personas de Edad, una fecha para recordar lo importante. «El instante perfecto» es un relato del escritor Salvador Robles Miras que te invitamos a leer.

EL INSTANTE PERFECTO

Clara Arroyo, con un hatillo sobre la cabeza, camina a intervalos desde hace varias horas; ignora a dónde se dirige, sólo sabe que debe seguir hacia delante. Una fuerza misteriosa, surgida de lo más hondo de sus adentros, la impele a ello.

            Su hijo, Abel, al que en ocasiones, en un chispazo mental, logra reconocer, fue a visitarla a la residencia La edad dorada a las nueve y media de la mañana, y, aprovechando el sol radiante de primavera, se empeñó en sacarla a pasear por el jardín. Clara aceptó a regañadientes, no sin antes reunir en un hatillo sus pertenencias personales más valiosas: un sobre amarillento en el que guarda una docena de fotos, un broche de plata en forma de tulipán, un ejemplar de la Biblia y un pintalabios. Desde  que ingresó en La edad dorada, hace catorce meses, Clara siempre lleva el atadijo sobre la cabeza o entre las manos; sin él, se niega a salir de la habitación.

            Abel, al principio, trataba de convencerla para que dejara las cosas dentro del  armario.

            -Aquí nadie te las quitará, mamá –le repetía durante los primeros días.

            Ante semejante ocurrencia, la madre miraba a su hijo con ternura, como apiadándose de su analfabetismo sentimental, al mismo tiempo que afianzaba el hatillo sobre la cabeza o lo estrujaba contra el pecho.

            Sin embargo, una mañana en la que Abel insistió más de lo habitual, en un destello de lucidez, la mujer sorprendió a su hijo con un razonamiento lógicamente irrebatible.

            -A mí sí que pueden quitarme, hijo. La muerte, a mi edad, ya no avisa, se ha cansado de hacerlo en los años anteriores. Cuando suene la hora, y puede sonar en cualquier lugar y en cualquier instante, hoy más probable que mañana, se acabó, punto final. Por eso llevo el hatillo, para sentirme acompañada cuando cruce el umbral del otro mundo.

            -¿Acompañada de objetos?

            -De recuerdos, hijo. Estas cosas son el “ábrete, Sésamo” del santuario de mi memoria. Sin ellas, me quedo desamparada, a merced del ingrato presente.

            -¿Por qué no las metes en un bolso? Te resultaría más cómodo. Podrías colgártelo del brazo y así tener las manos libres.

            -Porque prefiero envolverlas en el pañuelo de seda que me regaló tu padre días antes de que sufriera el infarto traidor. Además, aunque te parezca increíble, en cuanto siento el roce suave de la seda en mi piel, mi corazón recupera el brío de antaño.   

Tras escuchar estas palabras, el hijo, con buen criterio, no volvió a mencionar el asunto.   

Al minuto de bajar al jardín, hace unas horas, sonó el teléfono móvil de Abel. Un asunto imprevisto requería su presencia inmediata en la oficina. Se despidió  atropelladamente de su madre con un abrazo y la promesa de que volvería al cabo de dos días.

            La  anciana, después de dar las vueltas de rigor alrededor del monolito erigido en honor del fundador de la residencia, un prohombre de las finanzas, se sentó en un banco a auscultar el sonido de los árboles, y, al minuto, al ver de reojo la puerta de la verja entreabierta, espoleada por una voz surgida del corazón de su alma, salió al exterior sin que nadie se percatara de ello.

            Pronto, perdió de vista el edificio de la residencia. No era consciente de a dónde se dirigía, pero alguien dentro de ella sí parecía saberlo.

            Pasito a paso, fue alejándose del centro de la ciudad. 

            En un barrio de los arrabales, en una intersección de caminos, luego de titubear unos segundos, opta por seguir la recomendación que le hace la voz poética de la Clara Arroyo adolescente, quien, desde los confines de la memoria, recita uno de los poemas favoritos de la Clara de todos los tiempos: “Llegué a una bifurcación de caminos, y escogí el menos transitado; ahí radicó la diferencia”.

            La anciana se detiene a beber en una fuente natural de la que mana un chorro de agua fresca y cristalina. Un peregrino del Camino de Santiago que se halla sentado en la hierba dando buena cuenta de un bocadillo regado con vino de Jumilla, le ofrece un plátano y un ‘sandwich’ de queso manchego recién curado. Clara sólo le hinca el diente al plátano; el emparedado, tras envolverlo en una servilleta de papel, lo guarda en el hatillo.  

            -Eche un trago, señora.

             -Si lo hiciera, me quedaría varada en el polvo del camino.

            -¿A dónde se dirige?

            Clara está a punto de confesar al desconocido que huye de una ciudad inhóspita y extraña, pero, cuando va a abrir la boca, se le olvida lo que iba a decir.

            -Adonde mis pies me lleven –responde por fin, recordando fugazmente el título de la última película que vio en el cine con su amado Jacinto.

            -Entonces, va en la dirección correcta.

            Al poco de reanudar la marcha, la anciana desemboca en otro cruce de carreteras. El canto de sirena de sus reminiscencias le insta a tomar la que conduce al pueblo de Los Álamos.         

Un kilómetro más adelante,  se sienta en un mojón a comer el pan con queso del peregrino. Mientras mastica con la mirada enredada en la vegetación que bordea el asfalto y el oído absorto en el gorjeo de los pájaros, la música de los dioses, el olor a naturaleza despierta un eco en su memoria: “Pronto, Clara, muy pronto”.

            Al atardecer,  extenuada, con las plantas de los pies salpicadas de ampollas, la mujer desemboca en una calle flanqueada de casas de planta baja cuya visión reanima instantáneamente su moribundo cerebro. Unas cuantas neuronas, sorteando precipicios y pozos sin fondo, a punto están de fundirse en un inolvidable recuerdo. Lo impide el grito extemporáneo de una lugareña que pronuncia su nombre desde una ventana:

            -¡Clara!

            Sin girar la cabeza, la anciana continúa su forzada marcha apremiada por otra voz mucho más familiar y entrañable. Al doblar la esquina de la calle, sus ojos, súbitamente engrandecidos, se dan de bruces contra una cancela de rejas encajada en un muro remozado de un blanco cegador.

            “Adelante, Clara”, la arenga una voz inconfundible. ¡La voz!

            No se lo piensa dos veces. A unos metros, sus pies se detienen frente a una lápida cuyo epitafio provoca un respingo en el corazón de la mujer: “Aquí yace un hombre de fortuna. Clara iluminó su vida”

           Después de releer el texto media docena de veces, embargada por la emoción, en un formidable esfuerzo, se prosterna frente a la lápida. La memoria, enternecida por las lágrimas que brotan de los ojos de la mujer, le regala las estampas primaverales de una boda: la de Jacinto Pacheco y Clara Arroyo. La novia se deja caer sobre el mármol de la tumba, con el hatillo abrazado contra el pecho, y, al minuto, se duerme acunada por los sueños de una luna de miel, la suya. El instante perfecto.

Salvador Robles Miras

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