El roque y los muchachos, de Nicolás Melini

Nicolás Melini nos presenta un relato de su nuevo libro «De Talón», Ediciones Franz, col. Moderna, Madrid, 2021.

El roque y los muchachos

Jugábamos en la carretera. Los niños por la curva arriba y abajo, junto a los coches que ascendían, la guagua que descendía, los trailers (así los llamábamos) que transportaban el material para la construcción de los telescopios. No sabíamos muy bien dónde los construían: en lo alto de la isla, aunque el lugar tuviese un nombre que sí conocíamos. Tendríamos cuatro o cinco años —no más— cuando se anunció el inicio de las obras. Mirábamos los grandes camiones torcerse con dificultad en la curva cerrada delante de casa y nos preguntábamos por su contenido, tratábamos de adivinar qué eran o para qué servían aquellos gigantescos módulos o las largas varas cubiertas por sofisticados protectores. Aprendimos la palabra telescopio y astrofísico y astrónomo, y mirábamos las estrellas con ingenuidad, sin comprender nada. En el Lomo Machado las casas seguían, entre dos barrancos, precisamente la línea del “lomo” —una casa detrás de otra a lo largo de las sinuosidades de la carretera—, y se alongaban sobre las terrazas plantadas de plataneras, superpuestas ladera abajo hasta interrumpirse en algún punto antes de alcanzar el fondo del barranco. Por la carretera de Las Nieves ascendían las piezas del astrofísico en ciernes, así como la ambulancia, camino del Hospital Virgen de las Nieves, y por la carretera descendían los camiones cargados de piñas de plátano para las empaquetadoras y el puerto. Las Nieves, carretera de Las Nieves, Hospital Virgen de Las Nieves, la iglesia de Las Nieves y, por fin, al final del trayecto de los camiones —pequeña variación—, el Pico de La Nieve (2239 m. s. n. m.), a tan solo unos kilómetros del Roque de los Muchachos. Los lugares suelen ser así de “endogámicos” con sus nombres, y nosotros éramos unos muchachos que jugaban en la carretera, al borde de la carretera, como si no hubiese el menor peligro. El paso de los camiones tan pesados pronto hizo necesario que los operarios del Cabildo rehicieran el asfalto. Nosotros nos entreteníamos mirando el espectacular chorro de piche negro y caliente, un chorro en triángulo que se adhería humeante a las capas anteriores de piedras y alquitrán. Luego, pasaba la apisonadora (una apisonadora en acción es un gran juguete que mirar), los operarios tendían un manto de grava, y, finalmente, con el rodar de los coches arriba y abajo, la grava acababa en los bordes de la carretera, lugar de peligro para el derrape de nuestras bicicletas y de nosotros mismos cuando llegábamos corriendo. En el centro, la carretera ascendía brillante, más negra, y la grava acumulada en el exterior de las curvas nos ofrecía algún que otro entretenimiento, por muy absurdo o arbitrario que pudiera parecer: aburridos, hacíamos dibujos con una rama o con cualquier palo en los montones de grava; jugábamos al boliche en ellos aunque los coches nos pasaran a un metro y nosotros nos encontrásemos en cuclillas en el borde de la carretera; le dábamos una patada de rabia al montón, por gusto, deshaciendo la armonía de su curvado y dispersando miles de granos por la superficie gris o blanca del cemento de la entrada de las casas. Si matábamos algún lagarto, su cadáver podía acabar en el centro de la carretera, espachurrado por aquellos camiones: alguno de nosotros había querido experimentar la sensación del aplastamiento de un cuerpo bajo una de aquellas ruedas gigantes, había dispuesto el cuerpo del lagarto listo, caput, justo allí por donde solían pasar las ruedas, y los chicos, todos, juntos, habíamos esperado con suspense el primer camión, a ver si, efectivamente, sus ruedas recorrían la trayectoria que deseábamos. Y, si lo hacían, por fin, corríamos a comprobar el destripado resultado, normalmente una lámina roja con la forma de una hoja seca que se hubiese guardado entre las páginas de algún libro, pero con reminiscencias de lagarto visto en planta. Era como ver dibujos animados, pero en serio. Otras veces, el animal muerto era una rata que durante la noche se había visto deslumbrada por los faros de un coche al cruzar la carretera, o una paloma descendida al oscuro para su desaparición bajo las ruedas de los vehículos, uno tras otro pasándoles por encima hasta que no quedaba ni rastro del animal. La vida y la muerte pasaban así ante nuestros ojos. Y nosotros éramos como una de aquellas fotos de niños divirtiéndose en las calles de Nueva York que luego he visto tantas veces, solo que aquello no era Nueva York, sino una islita atlántica y africana, y las autoridades mundiales se habían puesto de acuerdo para fabricar telescopios lo más cerca del cielo que fuera posible. Y como el ascenso de los pesados camiones hacia el astrofísico venidero era muy frecuente, de vez en cuando, los operarios del Cabildo se veían obligados a empichar la carretera de nuevo, y, piche sobre piche, la carretera se elevó sobre los laterales, creando un absurdo escalón entre la carretera y la entrada de nuestras casas. Nuestras rodillas sangraron muchas veces y aún hoy conservan las cicatrices redondas de las piedritas de grava y de la rugosa superficie de la carretera y de la agreste terminación de esta en los escalones de piche y piedra a la entrada o a la salida, según se mirara: justo allí donde, con demasiada frecuencia, llegaba nuestra carrera antes de entrar o comenzaba nuestra carrera al salir de las casas. Y ese era nuestro universo, el lagarto y el piche y la ventana por la que mamá y la azotea donde el perro y la guagua que sube o baja y la bicicleta y los palos de la carpintería y el sonido de la máquina del “fondo” aplicado a la chapa en el taller de coches de la curva de abajo, y las copas de las plataneras recortadas contra la ladera de un barranco lejanísimo y las copas de las plataneras recortadas contra el mar a la altura del horizonte y el barco de Pinillos o el de Transmediterránea que arribaba a la isla o se marchaba de la isla y el helicóptero de ICONA que sobrevolaba el barrio hacia la montaña desde allá arriba viendo solo barrancos barrancos habitados, surcados por carreteras como aquella y por casas autofabricadas como las nuestras. 

Era divertido el universo nuestro y sus constelaciones. Los detalles del mundo vistos desde la poca estatura de nuestros cuerpos esmirriados: sabíamos que lo que estaban fabricando aquí arriba era importante, pero nunca jugamos a observar las estrellas. Ni siquiera jugamos “a los astronautas” o algo parecido. Y, sin embargo, el modo en que explorábamos todo alrededor, hasta hacerlo nuestro, era como se explora más allá en estos telescopios. También el escritor trata de ver allí donde el mundo se hace difuso, un poco más allá de donde comúnmente alcanzamos. Así que supongo que a eso nos dedicamos toda la vida; de niños, los astrónomos y los escritores.

Nicolás Melini.

De Talón, Ediciones Franz, col. Moderna, Madrid, 2021.

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