2 microrrelatos de Olivia Falcón

No le gustaba que, en ciertas ocasiones, la miraran como si fuera un espécimen exótico.

Abrió el sobre y sacó la foto. Ese es el hombre que tienes que matar.

Me llamo Magdalena, tengo 18 años, vivo una vida acomodada y feliz en el norte de Chicago. Mi mamá es médico y mi papá es el jefe de policía del distrito en el que vivo. Mis días son los típicos de mi edad,- la preparación para elegir universidad, mis amigos, las fiestas, Josh, mi novio-. Nada parecía enturbiar mi idílica existencia hasta que apareció aquella maldita carta en mi taquilla del Instituto.
Mis compañeras y yo dimos por finalizados los ensayos para el coro de voces blancas, así que, cada una se dirigió a los vestuarios para recoger sus cosas e irnos a casa. Abrí la taquilla, como siempre; no noté nada extraño. Al tirar de la bufanda, un sobre se cayó al suelo – no le presté atención-, simplemente lo guardé en la carpeta y cerré. Hasta aquí todo muy bien.
La pesadilla comenzó al llegar a casa. Subí, de dos en dos, las escaleras hacía mi habitación, tenía que cambiarme porque Josh me había enviado un wasap: -“Dentro de media hora en la Biblioteca”-. Entré en el cuarto tirando, de cualquier manera, la carpeta sobre la cama; entonces sí que lo vi. Allí estaba, abierto con algo que sobresalía de su interior. Lo cojo y termino de sacar lo que, a simple vista, parecía una foto normal de Josh,- sonreí-. Seguí mirando, dentro, por si me había dejado alguna nota escrita,- eso era muy típico en él. La había, pero no con las palabras que esperaba. La nota decía: “Este es el hombre que tienes que matar”.
No acudí a la cita.
Han pasado treinta años, vivo en un apartamento rodeada de mis plantas y Houdini, el gato que aparece y desaparece como el mago. He vuelto a abrir el diario de mi juventud; Josh se ha plantado en mi puerta; pidiendo explicaciones.

Diferente

Almudena es una chica de dieciséis años. Muy aplicada en los estudios y una hija cariñosa.
Ella tiene suerte, – eso piensa-. Fue adoptada cuando contaba dos años. Sus padres, unos andaluces, algo ya mayores, lograron rescatarla de aquel inmundo orfanato. Vivieron toda una odisea de burocracia y viajes antes de tenerla en sus brazos. Almudena es Sevilla, la única característica que la diferencia es su origen asiático.
Eso en lugar de resultarle un problema le acarrea la admiración de los adolescentes del sexo contrario, e incluso la envidia del suyo. Pero a veces, para ella, es un incordio. Por aquello de las etiquetas.
No le gustaba que, en ciertas ocasiones, la miraran como si fuera un espécimen exótico.

Olivia Falcón
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