Una suerte de química del error, de Antonio Arroyo Silva

Entonces, la poesía es un error que garantiza la existencia del hombre en el mundo, así como la del mundo mismo. Un error frente a la infalibilidad de la maquinaria de la razón.

Dice el ensayista francés Maurice Blanchot que el poeta concibe el lenguaje no como un sistema de expresión útil y cómodo, intermediario para el que desea comprender y ser comprendido, sino como una potencia de transformación y creación, nacida para formar enigmas más que para aclararlos. Entonces, la poesía es un error que garantiza la existencia del hombre en el mundo, así como la del mundo mismo. Un error frente a la infalibilidad de la maquinaria de la razón.

A través del lenguaje denotativo con que se pretende amoldar unos conceptos estereotipados a una realidad mucho más amplia de la que se refleja asumimos el control externo de nuestra conciencia. Pero esa realidad plagada no solo de luces y sombras donde la mayoría de las preguntas que siempre se ha planteado el ser humano sobre la vida, la muerte, su trascendencia o inmanencia quedan en un misterio sin resolver, a la que ni ideologías ni credos han sabido dar respuestas. El poeta sabe que lo importante no es la meta sino el camino, no llegar a la luz final, sino su andadura por caminos y sendas que se bifurcan, caídas al abismo. La meta, si acaso, es esta incertidumbre, esa sabiduría que hace que no desistamos ante tales retos sin solución, sin utilidad. Por eso la poesía es un error y el poema es la química de ese error. Un error necesario – diría el poeta César Antonio Molina –, para que el poeta se mantenga en su barricada creativa. No se concibe una creación genuina sin este espíritu crítico del que vengo hablándoles. Caso contrario, la poesía deja de ser tal y se transforma en una caja de resonancias, como la serpiente que empieza a devorar su propia cola.

Se dice que no hay nada nuevo bajo el sol. Cada paisaje, cada sentimiento, cada matiz es diferente a los ojos de cada persona y, en este caso, de cada poeta. Esto lo hablábamos hace unos días  mi amiga la poeta Isa Guerra y el que les escribe. No es más que una manera de certificar lo arriba expuesto. Pero si tomamos ese paisaje, ese sentimiento y lo encerramos en aquellos moldes a los que están acostumbrados los lectores, entonces no hemos escrito poesía.

Por otra parte, la poesía, como una sinfonía, se basa en hilar minúsculas imperfecciones o errores para lograr lo sublime de lo perfecto. No se puede partir de una supuesta perfección para lograr el poema.

De ahí que el poeta y el gafe siempre han de encontrarse en los límites de las afirmaciones generales y en las creencias en el azar (lo de Mallarmé era otra cosa). Es más, el poeta es gafe, porque ante su presencia las cosas no salen como debían haber salido, sino al revés, para mayor gloria de la humanidad emergente.

Un gran descubrimiento de la poesía moderna fue darle al lector la facultad de ser el poeta de la otra orilla de la página, el que deconstruye el poema y crea de alguna manera su propio poema. Y esto no es posible si recurrimos a estereotipos y descuidamos la forma, el ritmo y todos esos recursos expresivos que constituyen el cuerpo del texto. «La sintaxis es la semántica del verso», dice el crítico Jorge Rodríguez Padrón. No se pueden alcanzar las cotas más altas a las que aspiramos – se supone— los poetas sin esta sentencia. El poema que se queda a medio camino no llega a ser poema. Y para esto, más que amplios conocimientos de preceptiva literaria, hace falta una sensibilidad especial como nexo que una todos esos componentes.

Y es por estas razones por las que, siendo un gafe mayúsculo, acepté dirigir la colección de 100 plaquettes, Colección Poesía Móvil en la editorial que surgirá muy pronto llamada BGR y que conduce la poeta Beatriz Giovanna Ramírez. Queremos ser gafes y torcer ese buen camino – dicen— de estos llamados poetas que invaden las redes. ¿Por qué no invadirla de gafes y, de paso, de buena poesía.

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