Una semana, una poeta: María Elvira Lacaci
Recordamos a María Elvira Lacaci (1916–1997), primera mujer en ganar el Premio Adonáis, poeta de voz espiritual, honda y humanamente luminosa.

Retrato de María Elvira Lacaci. Fuente: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
MARÍA ELVIRA LACACI
María Elvira Lacaci Morris (Ferrol, 1916 – Madrid, 1997).
Las inquietudes literarias de su juventud en Galicia eclosionan con su traslado a Madrid en 1953. En las dos décadas siguientes y hasta su retiro voluntario en los años setenta, Lacaci se relaciona con los círculos literarios de la capital, especialmente con Vicente Aleixandre, que la apoya siempre. Participa en publicaciones periódicas generales y otras especializadas. Su obra gozó una recepción favorable en el contexto histórico de la España de posguerra y de ahí la inclusión en prestigiosas antologías nacionales y compilaciones extranjeras.
A las décadas de los 50 y 60 corresponde la mayor parte de la producción literaria lacaciana, que discurre por dos vertientes: la poesía grave y la literatura infantil; esta última integra, a su vez, cuentos y poemas.
En 1957 Elvira Lacaci publica Humana voz en Ediciones Rialp, como prerrogativa por haber recibido el Premio Adonáis en 1956 —fue la primera mujer en obtenerlo—.
En 1962 y 1963 Lacaci publica un par de libros que reforzarán las dos líneas capitales de su poética: Sonido de Dios y Al este de la ciudad.
En el flanco poético de la literatura infantil cultivada por Elvira Lacaci se alinea Molinillo de papel.
En la producción narrativa de Elvira Lacaci destaca el libro de cuentos titulado El rey Baltasar. En 1966 Lacaci publica la colección de diez cuentos titulada Tom y Jim.
Fuente: https://www.cervantesvirtual.com/portales/maria_elvira_lacaci/semblanza/
POEMAS
A la poesía
Me siento vagabunda de las Letras.
Quiero comer mi pan con el mendigo.
Beber vino de todos.
Tomar el sol
tendida
sobre la hierba húmeda.
Tener una guitarra
con cuerdas de latidos, entregados.
Tocarla por los pueblos.
Que los hombres –de colores distintos–
bailen al son de ella
con sus modales
toscos
y su verdad sencilla
a flor de labio.
Canta
Y me pesó tu dedo
lo mismo que un gran manto
de hierro
que pendiera
de mis desnudos hombros.
Y me pesó tu dedo
cuando me señalaste el corazón -esta mañana-,
mientras el aire,
el aire enrarecido de mi alcoba,
volteaba un sonido:
CantaY quise huir. Temí. Me encogí hasta el abismo
de la angustia,
porque pesaba mucho tu palabra:
CantaDéjame como siempre
volar por la palabra. Libre. Suelta.
Que yo te cantaré como hasta ahora.
Pero no vuelvas a decirme:
CantaCon tacones altos
Y yo llevaba un gorro
muy moderno. Parecía
una extraña cazuela.
Unos tacones leves y muy altos.
Un abrigo atrevido.
Unos guantes y un bolso de color avellana.
Los labios y los ojos pintarrajeados.
No debía de ir mal.
Las mujeres
volvían la cabeza
para mirar la hechura del abrigo.
Los hombres…
Pero yo,
bajo la piel y aquella vestidura de comparsa,
llevaba otro ropaje de un tejido muy denso. Era de angustia.
Y añoré
mi pelo suelto, mis zapatos bajos,
mi abrigo deportivo,
mi tez morena, solamente el agua.
Tú me veías, Dios. Y cómo hablamos.
Yo te decía
que estaba muy ridícula con todo aquello.
Tú dijiste que sí.
Y compartiste
el tan amargo leve movimiento
de mis labios oblicuos.
El espejo ovalado
Un espejo ovalado.
Un radiador pequeño de calefacción.
Mis manos calentándose.
Mis ojos
se clavaron en él.
Un rostro, que no reconocí,
me miraba
paralíticamente avejentado.
Afloraba
a los oscuros ojos de aquel rostro
un profundo dolor
que venía de adentro. Que era oscuro y tenaz.
Cristalizó.
Y, en forma de agua amarga,
resbaló
hasta la piel de mis zapatos húmedos.
Un caos
de innumerables dardos afilados
castigó mis sentidos.
Con las manos abiertas golpeé la pared
de ambos lados del espejo ovalado.
¡Dios es bueno!
Me asusté de mi grito.
Los dueños de la casa al otro lado…
Acerqué mis oídos al tabique azotado.
La radio transmitía un estridente mambo.
Respiré sosegada. Me arrojé sobre el lecho.
Y miré largo rato
los fantasmas
que la humedad
había dibujado sobre las paredes.
La palabra
Yo te quiero sencilla. Acaso pobre.
A veces,
vas a brotarme de organdí vestida (sin querer
me florece el lenguaje de otros seres).
Con amor te desnudo.
Quedas como mi carne.
Como mi corazón y sus latidos.
A menudo,
igual que los pequeños
ante una tienda de juguetería,
pego la cara
a las brillantes lunas
donde se venden las palabras bellas.
Las admiro.
A otros les sientan bien. Si me las colocara…
Las aparto al momento
porque a mí no me sientan.
Y de nuevo voy cogiendo brazados de palabras
entre la hierba fresca
y bajo el cielo.
Ropa tendida
Ha cesado la nieve, la pertinaz llovizna de estos días.
El sol
se extiende larga y perezosamente
sobre las negras charcas del suburbio.
El cielo luce azul. El aire es fuerte
y sacude
los miles de banderas, de banderas de paz,
que en cada esquina, cada rincón, pared de casa ajena,
han colocado todos los vecinos.
Los vecinos que habitan
bajo un techo menor
que una sábana abierta y extendida.
Vida prestada
Señor,
esta vida prestada
que sostengo
a fuerza de dolor
hecho ya aliento,
aliento que me pesa
estancado remanso
que no fluye
ni se renueva con cada latido-
es como las demás. También prestada.
Pero a mí
me dejaste pendiendo
la etiqueta,
el marchamo que dice a todas horas
-porque un viento en el alma lo remueve-:
«Que no me pertenece.»
Y se posan
mis tan oscuros y tristones ojos
sobre toda planta que en la tierra crece
y sobre todo ser humano
que a la vida
se entrega totalmente. Apasionado.
Con asombro los miro,
porque a ellos
les arrancaste un día la etiqueta.
La etiqueta que a mí,
angustiosamente,
me baila sin cesar. Frente a los ojos.

