Una Semana, Una Poeta: Gertrudis Gómez de Avellaneda

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Gertrudis Gómez de Avellaneda fue una poeta que desafió su tiempo. Su poesía es apasionada y desgarradora, con una fuerte carga emocional y una notable fuerza expresiva. En sus versos se perciben el amor, el dolor, la rebeldía y la lucha por la libertad, tanto en el plano personal como en el social.

Su estilo romántico combina una musicalidad exquisita con una intensidad arrolladora. Sus temas incluyen la soledad, el amor no correspondido, la naturaleza y la lucha contra la opresión, elementos que la convierten en una de las voces más potentes de la poesía hispanoamericana.

Avellaneda no solo dejó una huella en la literatura por su talento, sino también por su actitud valiente y transgresora, desafiando las limitaciones impuestas a las mujeres en el ámbito literario y social.

Gertrudis Gómez de Avellaneda (1857), por Federico Madrazo (Museo Lázaro Galdiano, Madrid).

Gertrudis Gómez de Avellaneda (1857), por Federico Madrazo (Museo Lázaro Galdiano, Madrid).

Biografía

Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873) fue una de las grandes figuras del romanticismo hispanoamericano. Nació en Puerto Príncipe, Cuba, y su vida estuvo marcada por una intensa actividad literaria que la llevó a España, donde publicó poesía, teatro y novelas.

Desde muy joven mostró una fuerte personalidad y una independencia poco común para la época. En 1836 dejó Cuba y se trasladó a Europa, asentándose en España, donde alcanzó el reconocimiento literario con obras como Sab, una de las primeras novelas antiesclavistas, y un extenso repertorio poético que la consolidó como una de las grandes poetas de su tiempo.

A lo largo de su vida, Avellaneda desafió las convenciones sociales y luchó por el reconocimiento de las mujeres en el ámbito literario. En 1853, intentó ingresar a la Real Academia Española, pero su candidatura fue rechazada por ser mujer.

Falleció en Sevilla en 1873, dejando un legado poético que sigue vigente por su profundidad emocional, su fuerza expresiva y su mirada desafiante ante las normas de su tiempo.

POEMAS

A Él

No existe lazo ya: todo está roto:
plúgole al cielo así: ¡bendito sea¡
Amargo cáliz con placer agoto:
mi alma reposa al fin: nada desea.

Te amé, no te amo ya: piénsolo al menos:
¡nunca, si fuere error, la verdad mire!
Que tantos años de amarguras llenos
trague el olvido: el corazón respire.

Lo has destrozado sin piedad: mi orgullo
una vez y otra vez pisaste insano…
Mas nunca el labio exhalará un murmullo
para acusar tu proceder tirano.

De graves faltas vengador terrible,
dócil llenaste tu misión: ¿lo ignoras?
No era tuyo el poder que irresistible
postró ante ti mis fuerzas vencedoras.

Quísolo Dios y fue: ¡ gloria a su nombre!
Todo se terminó, recobro aliento:
¡Ángel de las venganzas!, ya eres hombre…
ni amor ni miedo al contemplarte siento.

Cayó tu cetro, se embotó tu espada…
Mas, ¡ay!, cuán triste libertad respiro…
Hice un mundo de ti, que hoy se anonada
y en honda y vasta soledad me miro.

¡Vive dichoso tú! Si en algún día
ves este adiós que te dirijo eterno,
sabe que aún tienes en el alma mía
generoso perdón, cariño tierno.


Al árbol de Guernica

Tus cuerdas de oro en vibración sonora
vuelve a agitar, ¡oh lira!,
que en este ambiente, que aromado gira,
su inercia sacudiendo abrumadora
la mente creadora,
de nuevo el fuego de entusiasmo aspira.

¡Me hallo en Guernica! Ese árbol que contemplo,
padrón es de alta gloria…
de un pueblo ilustre interesante historia…,
de augusta libertad sencillo templo,
que —al mundo dando ejemplo—
del patrio amor consagra la memoria.

Piérdese en noche de los tiempos densa
su origen venerable;
mas ¿qué siglo evocar que no nos hable
de hechos ligados a su vida inmensa,
que en sí sola condensa
la de una raza antigua e indomable?…

Se transforman doquier las sociedades;
pasan generaciones;
caducan leyes; húndense naciones…
y el árbol de las vascas libertades
a futuras edades
trasmite fiel sus santas tradiciones.

Siempre inmutables son, bajo este cielo,
costumbres, ley, idioma…
¡Las invencibles águilas de Roma
aquí abatieron su atrevido vuelo,
y aquí luctuoso velo
cubrió la media luna de Mahoma!

Nunca abrigaron mercenarias greyes
las ramas seculares,
que a Vizcaya cobijan tutelares;
y a cuya sombra poderosos reyes
democráticas leyes
juraban ante jueces populares.

¡Salve, roble inmortal! Cuando te nombra
respetuoso mi acento,
y en ti se fija ufano el pensamiento,
me parece crecer bajo tu sombra,
y en tu florida alfombra
con lícita altivez la planta asiento.

¡Salve! ¡La humana dignidad se encumbra
en esta tierra noble
que tú proteges, perdurable roble,
que el sol sereno de Vizcaya alumbra,
y do el Cosnoaga inmoble
llega a tus pies en colosal penumbra!

¿En dónde hallar un corazón tan frío,
que a tu aspecto no lata,
sintiendo que se enciende y se dilata?
¿Quién de tu nombre ignora el poderío,
o en su desdén impío,
tu vejez santa con amor no acata?

Allá desde el retiro silencioso
donde del hombre huía
—al par que sus derechos defendía—,
del de Ginebra pensador fogoso,
con vuelo poderoso,
llegaba a ti la inquieta fantasía;

y arrebatado en entusiasmo ardiente
—pues nunca helarlo pudo
de injusta suerte el ímpetu sañudo—,
postró a tu austera majestad la frente
y en página elocuente
supo dejarte un inmortal saludo.

La Convención Francesa, de su seno
ve a un tribuno afamado,
levantarse de súbito, inspirado,
a bendecirte, de emociones lleno…
Y del aplauso al trueno
retiembla al punto el artesón dorado.

Lo antigua que es la libertad proclamas…
—¡Tú eres su monumento!—
Por eso cuando agita raudo viento
la secular belleza de tus ramas,
pienso que en mí derramas
de aquel genio divino el ígneo aliento.

Cual signo suyo mi alma te venera,
y cuando aquí me humillo
de tu vejez ante el eterno brillo,
recuerdo, roble augusto, que doquiera
que el numen sacro impera,
un árbol es su símbolo sencillo.

Mas, ¡ah, silencio!… El sol desaparece
tras la cumbre vecina,
que va envolviendo pálida neblina…
se enluta el cielo…, el aire se adormece…
tu sombra crece y crece…
¡Y sola aquí tu majestad domina!


Soledad del alma

La flor delicada, que apenas existe una aurora,
tal vez largo tiempo al ambiente le deja
su olor…
Mas, ¡ay!, que del alma las flores, que un día
atesora
muriendo marchitas no dejan perfume en
redor.

La luz esplendente del astro fecundo del día
se apaga, y sus huellas aún forman hermoso
arrebol…
mas ¡ay!, cuando el alma le llega la noche
sombría,
que guarda el fuego sagrado
que ha sido su sol?

Se rompe, gastada, la cuerda del arpa
armoniosa,
a aún su eco difunde en los aires
fugaz vibración…
Mas todo es silencio profundo, de muerte
espantosa,
si dan un pecho amante el postrero tristísimo
son…

Mas nada, ni noche, ni aurora, ni tarde
indecisa
cambian del alma desierta la lúgubre faz…
A ella no llegan crepúsculo, aroma ni brisa…;
a ella no brindan las sombras
ensueños de paz.

Vista los campos de flores
gentil primavera,
doren las mieses los besos
del cielo estival,
pámpanos ornen de otoño la faz
placentera,
lance el invierno brumoso su aliento
glacial,
siempre perdidas, vagando en su estéril desierto,
siempre abrumadas de peso de
vil nulidad,
gimen las almas do el fuego de amor
está muerto…
Nada hay que pueble o anime
su gran soledad.



Suplicio de amor

¡Feliz quien junto a ti por ti suspira,
quien oye el eco de tu voz sonora,
quien el halago de tu risa adora
y el blando aroma de tu aliento aspira!

Ventura tanta, que envidioso admira
el querubín que en el empíreo mora,
el alma turba, el corazón devora,
y el torpe acento, al expresarla, expira.

Ante mis ojos desaparece el mundo
y por mis venas circular ligero
el fuego siento del amor profundo.

Trémula, en vano resistirte quiero.
De ardiente llanto mi mejilla inundo.
¡Delirio, gozo, te bendigo y muero!

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