Una semana, una poeta dedicada a Susana March

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La poesía de Susana March nace de la experiencia íntima y del desgarro amoroso. Su voz, intensa y confesional, atraviesa el deseo, la maternidad y la identidad femenina con una claridad emocional poco común en la lírica española de posguerra. Leerla hoy es escuchar una conciencia que se nombra sin concesiones.

Fotografía de Susana March difundida en archivos y medios culturales. Uso con fines culturales y educativos.

Fotografía de Susana March difundida en archivos y medios culturales. Uso con fines culturales y educativos.


SUSANA MARCH


Susana March nació en la Plaza Real de Barcelona en 1915. Su infancia estuvo marcada por tragedias familiares y problemas de salud que condicionaron su formación, desarrollada en gran parte en el ámbito doméstico. Desde muy joven mostró una vocación literaria temprana: publicó sus primeros poemas con catorce años en revistas catalanas.

En 1938 apareció su primer poemario, Rutas. Su producción lírica continuó con títulos como La pasión desvelada (1946), Ardiente voz (1948), El viento (1951) y La tristeza (1953), este último reconocido con un accésit del Premio Adonáis. En 1959 publicó Esta mujer que soy, donde la reflexión autobiográfica y la identidad femenina ocupan un lugar central.

Paralelamente desarrolló una intensa actividad narrativa, publicando novelas y textos para jóvenes, y colaboró bajo seudónimo en revistas como Cromos. En 1963, junto a su marido Ricardo Fernández de la Reguera, emprendió la redacción de los Episodios nacionales contemporáneos para la editorial Planeta, proyecto que ocupó una década de trabajo y que supuso el abandono de su creación lírica.

Entre sus antologías destaca Los poemas del hijo (1970), donde la maternidad adquiere una dimensión simbólica y espiritual.


POEMAS

Amor


Me dolerás todavía muchas veces.
Iré apartando sueños
y tú estarás al fondo de todos mis paisajes.
Tú con tu misterio
y tu extraña victoria.
Amor, ¿quién te ha dado esa fuerza de pájaro,
esa libre arrogancia
de mirar las estrellas por encima del hombro?
¿Quién eres que destruyes
mi corazón y puedo, sin embargo, existir?
¿Se vive en la muerte? Se vive
con el alma en desorden y la carne
desmoronándose en el vacío?
Nunca te tuve miedo
y, sin embargo, ahora te rehuyo
porque eres como un dios que me hace daño
cada vez que me mira.
Abandonaré todo lo que me estorba,
todo lo que dificulta la huida
y escaparé por la noche adelante,
temerosa de ti, temerosa
de esta grandeza que intuyo,
de este fulgor, de este cielo
que palpita en tus manos abiertas.
Me dolerás todavía muchas veces
y cada vez me extasiaré en mi daño.


A un hombre


Salvar este gran abismo del sexo
y luego, todo será sencillo.
Yo podré decirte que soy feliz
o desdichada,
que amo todavía
irrealizables cosas.
Tú me dirás tus secretos de hombre,
tu orfandad ante la vida,
tu miserable grandeza.
Seremos dos hermanos,
dos amigos, dos almas
que alientan por una misma causa.
Hace tiempo que dejé la coquetería
olvidada en el rincón oscuro
y polvoriento
de mi primera, balbuciente feminidad.
¡Ahora sólo quiero que me des la mano
con la fraternal melancolía
de todos los seres que padecen el mismo destino!
No afiles, porque soy mujer,
tu desdén o tu galantería,
no me des la limosna
de tu caballerosidad insalvable y amarga.


Cada vez que levante los ojos…


Cada vez que levante los ojos
beberé toda el agua del cielo.
Su agua azul, temblorosa de pájaros,
se me irá derramando por dentro.

Y allá donde las sombras mezquinas
me despierten un mal pensamiento,
allá donde se agiten las alas
nocturnas y vagas de tristes deseos,

formará el claro río una charca
de profundo y tersísimo espejo,
zodiacales los signos en torno,
y la estrella de Sur en el centro.

Y si un día me siento agobiada
de tener tanto cielo en el pecho
me hundiré en una charca clarísima
con un rayo de sol en el cuello.

Suicida de azules riberas,
yaceré sobre un lodo arcangélico.
Un reposo de miles de años
me estará acariciando los huesos…


Deseo


Ayúdame.
Estoy
ciega.
Mi sed
me ciega.
Cúbreme.
Estoy desnuda.
Abre
las puertas
de mi reino.
Esclavo mío,
asume
tu importancia,
dame
tu ley.

Exijo
tu fuerza.
¡Ámame!

La tierra,
el viento,
el fuego,
el mar
con su oleaje….
¿Qué importa,
di,
qué importa?
Me bebo el Universo
en tus labios,
amante.


El hijo


¿Quién eras antes, dime?
¿Un ángel? ¿Un príncipe de cuento?
¿Tal vez un dios? ¿O un pájaro?
¿O un álamo esbelto?
¿Quién eras? ¿Un claro arroyo
cruzando un verde bosque de abetos?
¿El capullo de un jardín?¿ Un pedazo
de viento?
¿Quién eras antes, dime? ¿Por qué
diste a mi vida tanto deslumbramiento?
Me basta con tocarte
para que se me apacigüe el pensamiento.
Y me basta con verte
para sentirme a gusto con mi cuerpo.
¿Quién eras, dime?¡Oh mago
de mi ser descontento!
Con tu varita mágica
me vas cambiando los sueños,
me vas cambiando la vida…
¡Ya no me quejo!


Enamorada


Hiéreme. No me importa.
Duéleme en todo lo mío;
en mi sangre y mi alma,
en mi corazón y en mis pensamientos.
Dame un hondo dolor
si no puedes darme un perdurable gozo.
¡Está en mí como sea!
Mi vida va bordeando tus orillas
como un río profundo, como un río
sin nacimiento y sin muerte,
dilatado en tus márgenes, sujeto
al cauce que le des…


La pasión desvelada


Dame tu voz antigua en cuyo acento escucho
el rumor de los bosques primitivos,
el canto misterioso de los seres selváticos,
el grito de agonía
de la primera virgen violada.
Dame tu voz antigua donde yo reconozco
mi propia voz extinguida,
aquella que cantaba hace milenios
en las frondosas selvas sin historia,
aquella que sonaba en el murmullo
de las límpidas fuentes intocadas.

Yo fui una gota de agua,
o un pájaro aturdido cruzando el aire nuevo
de la aurora del mundo;
acaso un pez de oro sobre cuyas escamas
probó el sol la dorada destreza de sus rayos.
Mas era ya la misma doliente criatura
que ahora soy, consumida de sueños y tristezas,
en el ardiente caos del Paraíso,
con los ojos abiertos al secreto de Dios.

Es tu voz el puente por donde regreso,
milenios y milenios traspasando,
a mi libre existencia de agua fresca,
de verde candidez. Mi carne gime
escuchando tu voz como si oyera
la llamada lejana y misteriosa
de las tribus sin nombre. Rituales
de sangre y fuego en el brutal nocturno,
aullidos fugitivos y, en la hierba,
mi cuerpo -¿de mujer?, ¿de reptil?, ¿de insecto?-
hollado por la bárbara dulzura
de la pasión del mundo.


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