Una semana, una poeta | Chantal Maillard
La poesía de Chantal Maillard es un ejercicio radical de conciencia. En ella, el cuerpo piensa y la razón siente. Su escritura, atravesada por la filosofía, el pensamiento indio y una intensa experiencia interior, convierte el lenguaje en territorio de indagación y límite. Leerla no es solo comprender: es atravesar.

Fotografía de Chantal Maillard difundida en medios culturales. Uso con fines culturales y educativos. Por Martina Chenowitz - Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=134063553
Breve semblanza biográfica
Chantal Maillard nació en Bruselas en 1951 y reside en Málaga desde los doce años. En 1969 adoptó la nacionalidad española y comenzó a escribir en castellano. Estudió Filosofía y Psicología, se doctoró en Filosofía y obtuvo una beca postdoctoral para estudiar Filosofía y Religiones Indias en la Banaras Hindu University. Desde 1987 ha viajado repetidamente a la India, combinando esas estancias con su labor docente como profesora titular de Estética y Teoría de las Artes en la Universidad de Málaga.
Ha desarrollado una intensa actividad crítica y ensayística, difundiendo el pensamiento indio y promoviendo una estética intercultural. También ha traducido a Henri Michaux y ha colaborado en proyectos interdisciplinares con artistas plásticos, escénicos y músicos.
En 2004 recibió el Premio Nacional de Poesía por Matar a Platón; en 2007, el Premio de la Crítica de poesía castellana y el Premio Andalucía de la Crítica por Hilos. En 2023 fue reconocida con el Premio Leteo.
POEMAS
Anduve por el dorso de tu mano, confiada…
Anduve por el dorso de tu mano, confiada,
como quien anda en las colinas
seguro de que el viento existe,
de que la tierra es firme,
de la repetición eterna de las cosas.
Mas de repente tembló el universo:
llevaste la mano a tus labios
y bostezando abriste la noche
como una gruta cálida.
Llevabas diez mil siglos despertando
y el fuego ardía impaciente en tu boca.
De «Hainuwele» 1990
Deseé alguna vez que un poeta me amase…
Deseé alguna vez que un poeta me amase
Ahora duelen sus poemas en mi cuerpo‚
algo de mí que en él se reconoce hasta quebrar la imagen
de todo lo que fui.
Ahora deseo que me amase tanto que dejara de amarme
y sus palabras fuesen nieve
que el sol de junio fundiese entre mis pechos‚
allí donde su aliento insiste en acallar
esta tristeza antigua que siempre me acompaña.
De «Semillas para un cuerpo» 1988
El cansancio
El cansancio. De nuevo, el
cansancio. El esfuerzo por
sobrevivir. Reiterado
Observar las nubes.
Dentro.
Barrer.
Dentro.
Elegir quedar.
Toda nube
lleva una trayectoria. Asumir
la trayectoria. Imposible
barrer todo siempre. Está el
cansancio.
Aunque también el de
las trayectorias. De ver pasar las nubes.
También ese cansancio.
Entonces,
por un momento, ahora.
Sin voluntad. Y casi está bien.
Hasta pensar el estar bien y convertirlo
en nube. En trayectoria.
De «Hilos» 2007
Heme aquí raíz…
Heme aquí raíz,
savia de impulsos ascendentes,
madre aún,
posible siempre,
anticipada gestación
de un porvenir intruso,
intrusa de un presente
que desestima
el valor de nacer
a sí mismo de nuevo.
Heme aquí clavando
mis ojos
de savia encarcelada
en los troncos vacíos de los árboles
muertos,
heme aquí creyendo,
queriendo creer
en la impostura de las ruinas,
en el candor del desastre,
el valor de lo opaco,
la calidez del humo en los rescoldos.
Heme aquí,
heme aquí,
he aquí que me atrevo
a creer en las ruinas.
¡Me atrevo a creer en las ruinas
De «Conjuros» 2001
Intermedio
Entre una imagen tuya
y otra imagen de ti
el mundo queda detenido.
En suspenso. Y mi vida
es ese pájaro pegado al cable
de alta tensión,
después de la descarga.
De «Lógica borrosa» 2002
La otra orilla
Algún día, cuando el aire pese como tierra sedienta sobre los cuerpos desnudos,
tal vez alcance a ser la voz de aquel peregrino que enmudeció o el agua que,
gota a gota, resbala por su pecho. Él nunca estuvo en la otra orilla pues sabe
que allí los dioses duermen en el polvo. Y sabe que cuando un hombre por azar
se duerme en la otra orilla -ese lugar que siempre ocupó la mirada-
ellos se despiertan y se contemplan en él. Si ese hombre, entonces, se despierta,
se convierte en espejo y estalla con el sol.
De «La otra orilla» 1990
No existe el infinito…
No existe el infinito:
el infinito es la sorpresa de los límites.
Alguien constata su impotencia
y luego la prolonga más allá de la imagen, en la idea,
y nace el infinito.
El infinito es el dolor
de la razón que asalta nuestro cuerpo.
No existe el infinito, pero sí el instante:
abierto, atemporal, intenso, dilatado, sólido;
en él un gesto se hace eterno.
Un gesto es un trayecto y una trayectoria,
un estuario, un delta de cuerpos que confluyen,
más que trayecto un punto, un estallido,
un gesto no es inicio ni término de nada,
no hay voluntad en el gesto, sino impacto;
un gesto no se hace: acontece.
Y cuando algo acontece no hay escapatoria:
toda mirada tiene lugar en el destello,
toda voz es un signo, toda palabra forma
parte del mismo texto.
De «Matar a Platón» 2004
Su gran conocimiento de los límites…
Su gran conocimiento de los límites
hace que guste de dormir
justo en el borde de las cosas: el lugar que separa
la superficie del jarrón y el aire
que lo envuelve, la luz y la pantalla que la expande,
el deseo y el cuerpo que acaricia,
la distancia que media entre la voz
y la palabra o el suspiro. Quienes
ahí la rozan aprenden, unos el miedo, los otros
la indiferencia. En cambio
en mí se crece el amor que le tengo
con tal fuerza
que en esa ambigua consistencia
del objeto entregado a su no-ser-sí-mismo
quiero verter mis brazos en torrente
y enredarme la piel, des-componerme
en la disolución perpetua que confirma su ser.
Pero, apenas intuye mi intención,
se anticipa, burlando el gesto en sus inicios:
tanteo la incipiente claridad y la encuentro,
bien despierta, en el centro de las cosas.
De «Poemas a mi muerte» 1994
Y ahora…
Y ahora, cuando estamos a punto de acabar,
tal vez usted pueda decirme
por qué se queda a oscuras la ciudad
cuando el sol cae oblicuo
como una lanza,
y es verano.
De «Matar a Platón» 2004

