Una semana, una poeta: Carmen Conde

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¡Celebramos a Carmen Conde en «Una semana, una poeta»! Descubre a esta pionera de la poesía española, primera mujer en ingresar en la Real Academia Española. Conoce su rica trayectoria literaria y su valiente voz feminista que ha dejado una huella imborrable en la literatura.

Verano 2024 (5)

Imagen tomada de https://biografiacorta.net/carmen-conde/

BIOGRAFÍA

Cartagena (Murcia), 1907 – Majadahonda (Madrid), 1996

     Carmen Conde nace el 15 de agosto en Cartagena, donde transcurre la primera etapa de su vida, exceptuando el período 1914-1920, cuando se traslada con su familia a Melilla durante seis años, tras la quiebra del negocio paterno.

     De vuelta ya en su ciudad natal, Carmen publica sus primeras poesías en las revistas Ley, y el Diario Poético de Juan Ramón Jiménez, quien le dedicó estas palabras: «Me ha sido usted sumamente simpática por sus cartas y poemas… Es verdad que yo no escribo a casi nadie… ¿Qué ha hecho usted para que yo mire hacia Cartagena sonriendo?»

     Unos años después, aprueba unas oposiciones y comienza a trabajar en la Sociedad Española de Construcción Naval (actual Izar) como Auxiliar en la Sala de Delineación, mientras publica sus primeros artículos en la prensa local.

Trayectoria poética

     Con 19 años, Carmen comienza sus estudios de Magisterio en la Escuela Normal de Murcia, y un año después, empieza su relación con el poeta Antonio Oliver Belmás, quien le ayuda a encauzar su rumbo poético. En 1929, la escritora cartagenera publica su primera obra, Brocal.

     La boda entre ambos escritores se celebra el 5 de diciembre de 1931. Poco antes conoce al poeta Miguel Hernández y edita su segundo libro, Tiempo cenital. La pareja también sufrió algún momento especialmente difícil, como cuando nació muerta su única hija, en 1933.

     La escritora cartagenera funda en 1933 la revista Presencia, el mismo año que conoce a Gabriela Mistral (Premio Nobel de Literatura en 1945). Ese mismo año, el poeta Miguel Hernández acude como invitado a la Universidad Popular de Cartagena, fundada un par de años antes por Antonio Oliver.

     En 1934 publica Júbilos, prologado por Gabriela Mistral e ilustrado por Norah Borges, hermana del escritor Jorge Luis Borges. Además, continúa su colaboración con periódicos nacionales, como El Sol. Cuando estalla la guerra civil acompaña por varias ciudades andaluzas a su marido, que se había unido al Ejército Republicano y trabajaba en la Emisora Radio Frente Popular número 2. Poco después regresa a Cartagena y hacia el final de la guerra, se instala en Valencia. Allí pudo seguir cursos en la Facultad de Letras y aprobar oposiciones a Bibliotecas, aunque no llegó a ejercer.

     Cuando la guerra termina, Carmen se instala en Madrid con su madre en casa de unos amigos, y prosigue su labor literaria utilizando dos seudónimos para publicar sus obras: Florentina del Mar y Magdalena Noguera. En diciembre de 1945, Carmen Conde y Antonio Oliver se reencuentran en Madrid y es el inicio de un largo período en el que no cesan de publicar trabajos.

     Una vez reunido el matrimonio de escritores en Madrid (y vecinos de Vicente Aleixandre), se ocupan en impartir cursos a extranjeros y dar conferencias. Además, Carmen monta una asesoría literaria de la Editorial Alhambra y colabora en las secciones Bibliográfica del CSIC y la de Publicaciones de la Universidad de Madrid.

     En 1953 recibe el Premio Elisenda del Moncada por Las oscuras raíces. Un año después, el Premio Nacional Simón Bolívar de Siena por Vivientes de los siglos; y en el año 1967, el Premio Nacional de Literatura, en su modalidad de poesía por su antología Obra poética (1929-1966).

     Los reconocimientos a su trayectoria literaria se suceden, pero en 1968 recibe uno de los golpes más duros de su vida: su marido, Antonio Oliver, fallece a los 65 años. Dos años más tarde, por expreso deseo del poeta, Carmen se ocupa de promocionar la edición de sus obras completas.

     Será en 1978 cuando la Real Academia Española la nombra Académica de número, ocupando el sillón «K» desde el 28 de enero de 1979, cuando pronuncia su discurso de ingreso en la Academia, Poesía ante el tiempo y la inmortalidad, que fue contestado por Guillermo Díaz-Plaja. Para ella significó un gran reconocimiento profesional, ya que era la primera mujer española que ingresaba en la Academia.

     A principios de los 80 Carmen continúa recibiendo premios, asistiendo a homenajes y conferencias e incluso escribiendo, a pesar de que aparecen los primeros síntomas de la enfermedad que le causó la muerte: el Alzheimer. La última etapa de su vida transcurre en una residencia de Majadahonda (Madrid), donde, en septiembre de 1992, redacta su testamento, en el que cede su legado, todos los bienes del matrimonio, al Ayuntamiento de Cartagena. Allí, en la ciudad que le vio crecer, se guarda toda su biblioteca y otros bienes, en el museo que lleva su nombre.

     Fallece el 8 de enero de 1996.

Fuente: https://www.regmurcia.com/servlet/s.Sl?sit=c,371,m,1448&r=ReP-1537-DETALLE_REPORTAJESPADRE 

POEMAS

Adolescencia

En el Alba de su vida el deseo
le surgió en su boca la sonrisa
por hallarse ante el amor.

Era niña que vivía hasta en sueños
su ardor, y la sangre palpitaba
al hallarse con su amor.

Sin el Alba ni en la Tarde
ella un día preguntó:
Si posible era guardar
aquel su primer amor.

Amor



                    Ofrecimiento.

Acércate.
Junto a la noche te espero.
Nádame.

Fuentes profundas y frías
avivan mi corriente.

Mira qué puras son mis charcas.
¡Qué gozo el de mi yelo!

Confusión



Ahora empezarás, mi vida,
a no dejarme vivir.
A que los días y sus noches sólo sean
el ahogo feroz de tu encuentro.
De tu incorporación a mí,
de tu revestimiento de mí.
A que mi sangre no sepa detenerse sola,
y se arroje a la tuya, a ti,
con la furiosa alegría de amarte,
del éxtasis de saberse tuya;
y de la angustia,
del tremendo milagro oscuro
¡que es pertenecerte!

Ahora sí; ahora.
Cuando no me busca nadie, ni yo busco.
Porque tu voz llena de altos ecos la tierra,
y tu olor los jardines más sombríos,
y de tu pecho caen las campanas de mis deseos
de ti, de mí que por ti me recobro
y aprendo, vida mía, alma mía, amor,
que es verdad que soy de carne,
que es verdad que duelo,
y gozo, y sufro, y grito
porque soy tuya.

¡Momento agotado del mundo,
éste en que te sé lejos de mí!

Apúralo todo, regresa a nuestro abismo
y déjame en ti sumida,
fuerza que se te dio sin lágrimas
de rebeldía; aunque con llanto de violencia
por verse tuya,
yo que no era de nadie,
¡ni siquiera mía nunca!,
esclava tuya, entregada tuya, amante.

El universo tiene ojos



Nos miran;
nos ven, nos están viendo, nos miran
múltiples ojos invisibles que conocemos de antiguo,
desde todos los rincones del mundo. Los sentimos
fijos, movedizos, esclavos y esclavizantes.
Y, a veces, nos asfixian.

Querríamos gritar, gritamos cuando los clavos
de las interminables vigías acosan y extenúan.
Cumplen su misión de mirarnos y de vemos;
pero quisiéramos meter los dedos entre sus párpados.

Para que vieran,
para que viéramos frente a frente,
pestañas contra pestañas, soslayando el aliento
denso de inquietudes, de temores y de ansias,
la absoluta visión que todos perseguimos.

¡Ah, si los sorprendiéramos, concretos,
coincidiendo en la fluida superficie del espejo!

Nos mirarán eternamente,
lo sabemos.
Y andaremos reunidos, sin hallarnos como mortales
en tomo a la misma criatura intacta
que rechaza a los ojos que ha creado.
¿Para qué, si no vamos a verla, aunque nos ciegue,
hizo aquellos y estos innumerables ojos?

Hallazgo

Desnuda y adherida a tu desnudez.
Mis pechos como hielos recién cortados,
en el agua plana de tu pecho.
Mis hombros abiertos bajo tus hombros.
Y tú, flotante en mi desnudez.

Alzaré los brazos y sostendré tu aire.
Podrás desceñir mi sueño
porque el cielo descansará en mi frente.
Afluentes de tus ríos serán mis ríos.
Navegaremos juntos, tú serás mi vela,
y yo te llevaré por mares escondidos.

¡Qué suprema efusión de geografías!
Tus manos sobre mis manos.
Tus ojos, aves de mi árbol,
en la yerba de mi cabeza.

Voy ausentándome de mí…



Voy ausentándome de mí.
Poco a poco, el lastre de ensueño cede
su sitio a la realidad doble
que es mi vida en transcurso.
¡otro ser dentro de mi carne
fragua su carne, su piel,
su corazón diminuto, mi estrella!

Asisto a la escisión silenciosa
con pasmo anhelante, con gozo
nuevo de verme en otros ojos míos,
de mis ojos hechos,
de mi sangre coloreados,
¡ay!, de toda cuanta soy.

Día por día el latido
es golpe que me recuerda, urgente,
valor que no tengo,
heroísmo que nunca soñé.

Y temo por el que estoy creando
en convenido misterio
dentro de mi soledad sin orillas
cerca de mi corazón, su estrella.

Yo no te pregunto adónde me llevas…

Yo no te pregunto adónde me llevas.
Ni por qué.
Ni para qué.
¿Tú quieres caminar?, pues yo te sigo.

Llevo luceros, luceros, en la mano derecha. Y llevo estrellas,
estrellas, en la mano izquierda.
Dime, hombre de todas las noches de luna, ¿qué mano va a
besarme?

¿Por qué me has quitado tus manos, tanto y tan bien como
acariciaban mi frente?
Para que me quisieras otra vez, te regalaría un collar de
islas, un sistema nervioso de horizontes.
¡Me abriría, para ti, todas las mañanas en tus labios!

Yo soy más fuerte que tú, porque me apoyo en ti.

¡Asómate a mí, que soy una torre!
¡Asómate a mí: soy aquella palmera de tu huerto, que latía
                                                                             contigo!
¡Echa al aire mis campanas y mis palmas!
Yo soy tu panorama.

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