Una semana, una poeta: Amalia Iglesias Serna

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Amalia Iglesias (Menaza, Palencia, 1962) es poeta, periodista y gestora cultural. Su escritura, profundamente lírica y con una alta carga simbólica, nos invita a una lectura íntima y comprometida con la memoria, el arte y la reflexión sobre el tiempo. Ganadora del Premio Adonáis por Un lugar para el fuego y autora de obras imprescindibles como Memorial de Amauta o Lázaro se sacude las ortigas, su voz resuena con fuerza en el panorama poético contemporáneo.

Fotografía de Amalia Iglesias

Fotografía de Amalia Iglesias: BurgosConecta (Grupo Vocento), publicada el 18 de junio de 2024. Uso con fines culturales y sin ánimo de lucro. Si el medio o la autora desean que se retire, pueden comunicarse con nosotros y atenderemos la solicitud de inmediato.


AMALIA IGLESIAS


BIOGRAFÍA


Amalia Iglesias Serna nació en Menaza, Palencia, España, en 1962. Pasó su juventud en Bilbao, donde se licenció en Filología Hispánica por la Universidad de Deusto, y posteriormente se trasladó a vivir en Madrid, donde es jefa de redacción de Revista de Libros.
Ha publicado los poemarios: Un lugar para el fuego (1985), que ganó el premio Adonais en 1984; Memorial de Amauta (1988), que obtuvo el premio Alonso de Ercilla del Gobierno Vasco en 1987; Mar en sombra (1989); Dados y dudas (1996),, y Lázaro se sacude las ortigas (2005).
Ha formado parte de las antologías: Las diosas blancas (1985), Ellas tienen la palabra (1997), Poetas de los ochenta (1988), Antología de la poesía española 1977-1995, Canción de canciones y Antes de nada, después de todo. Ha antologado Poetas en blanco y negro (2006)
Fue discípula y amiga de María Zambrano se hizo cargo la edición de Algunos lugares de la pintura de la pensadora malagueña.
En 2004 la Real Academia de Poesía de Córdoba le concedió la Medalla de Oro Don Luis de Góngora y en 2006 el premio Villa de Madrid «Francisco de Quevedo» por Lázaro se sacude las ortigas.


BIBLIOGRAFÍA


Poesía:

  • Un lugar para el fuego (1985)
  • Memorial de Amauta (1988)
  • Mar en sombra (1989)
  • Dados y dudas (1996)
  • Lázaro se sacude las ortigas (2005)

PREMIOS

  • Premio Adonais 1984
  • Premio Alonso de Ercilla del Gobierno Vasco 1987
  • Premio Villa de Madrid «Francisco de Quevedo» 2004

Fuente: https://www.escritores.org/biografias/16463-iglesias-amalia

POEMAS

Amanece en el tren. Un rumor de raíles desata
la cremallera de un paisaje. El cielo abre sus
párpados, instante en que no sabes si acabas de
partir o estás a punto de llegar. No sabes si
el mundo huye de ti o eres tú velocidad de fuga
entre sus fauces. Te abandonas al presagio de una
selva lejana, esperas el placer de su espesura.

De «Dados y dudas» 1996

Ceniza

Sólo aguas en tregua
nacidas para ser ceniza múltiple del viento.

Ya ves qué paradoja
amor, qué despropósito,

quería ser ave fénix,
amor, qué engaño,
qué fraude sustentaba mi proyecto,

quería volver como un corcel glorioso,
como un crepúsculo de llama
recurrente
y amanecer contigo en lo absoluto.

Me he muerto tan despacio como el humo
y mis alas de barro no sabían volar.

De «Un lugar para el fuego» 1985

De luna acuática y ballenas

Noche profunda de luna acuática y ballenas.

Escuchas
cómo nutre a las piedras esta luz aturdida;
el viento tiembla
-tremor de lecho sobre el lomo del mar-
entre sus lentas fauces
otras voces rozan apenas tu pozo de ansiedad,
leve murmullo.

Profunda luna de noche acuática y ballenas.

La claridad renace como una grieta en la penumbra,
tal vez desciende del otro lado
de unas manos abiertas para ti,
la densa irrealidad que tibia ondea
tu sueño más anónimo.

Y aún seguirás en la playa
a la hora en que se duerman los albatros,
predestinada a recoger eternamente la lujuria del agua
y un laberinto de algas ascendiendo a tus sienes
cuando toda la sed es muerte inaplazable.

Oyes tu desnudez,
oyes nadar más lejos su imperio ensimismado
-la luna está besando sus grandes ojos tristes-
y susurras un nombre: «Moby Dick»
con el agua en los labios,
ahora que todavía sabe a sal su piel de luna

más profunda de noche acuática y ballenas.

De «Memorial de Amauta» 1988

Desasosiego de otoño

Tampoco tienen fecha las hojas de este otoño
y acaso no es verdad que su mundo agonice.
Ni queda amargura en sus grietas
ni sus arrugas aguardan la soledad del invierno.

Es sólo levadura, madriguera,
lazada de luz cuando reposa,
cuando cierra los ojos
para buscar los nombres de lo oscuro.

Pergaminos, venas izadas,
nervios que han excavado la piel,
los profundos ríos de montaña
que se dibujan en tus manos.

No hay desembocadura en este instante
detenido en la pared de un día,
en los muros de una casa que no existe,
el limbo del soñador y sus iconos.

Caminos superpuestos,
desde el Austral al Ártico,
sólo el imán del útero en letargo,
el jirón de inquietud que te faltaba
para soñarte sin gravedad.

De «Lázaro se sacude las ortigas» 2005

Hacia los afluentes

Esta misma quietud
la reconoces,
el lecho de la luz,
esplendor del estío,
y tu pálido cauce adolescente,
la imagen aún borrosa del clamor y de la yerba.
Como un vaho transterrado
de las fiebres antiguas,
sube todo el silencio
deshojando tu cuerpo.
Este bosque de sauces
que fuera tu dominio,
es hoy el cementerio
del yo que le entregaste.
Mirando hacia esa loma
descubriste el deseo
y el principio de ser memorial abrasado.
Esta misma quietud
la reconoces,
fugaz y transitoria
la voz del epitafio;
y es todo lo que ha muerto
el ayer navegable.

De «Memorial de Amauta» 1988

Ritual de violetas

Antes de que salga el sol
llegamos a la profundidad del bosque.
Es tanto el silencio que da miedo cortarlo,
olvidamos el cuerpo que nos une a sus pliegues.

La noche quiere regresar hacia su origen,
nos desvelamos como niños cansados de soñar.
No hace frío esta mañana en el corazón,
la penumbra nos mira de un modo diferente
pero también con la serenidad de la costumbre.

Ya hemos estado aquí,
en esta ceremonia solitaria y secreta,
la misma montaña piensa en los ausentes,
algunos pájaros susurran nuestros nombres.
Su color improvisa un jardín diminuto,
asombrosa intimidad de las cosas pequeñas.
El musgo que amortigua nuestros pasos
para que no despertemos a su duende.

Ya hemos estado aquí,
en la misma ofrenda inmóvil de la escarcha.
En un tiempo de cobijo sin retorno
la luz en duermevela desdibuja los ojos.
Es humilde el tesoro que enterramos,
apenas las semillas de un destino más grande,
violeta eternidad,
escribimos con flores un edén necesario.

De «La sed del río»

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