Una Semana, Una Poeta: Almudena Guzmán
La poesía de Almudena Guzmán es un espejo íntimo de la cotidianidad emocional. Con un lenguaje accesible, directo y cargado de imágenes sensoriales, su obra trata el amor, el desamor, el deseo, la memoria y los gestos mínimos con una voz profundamente femenina, irónica y lírica.
Su mundo poético se construye desde lo cercano: un balcón, una taza, una chaqueta de angorina, una noche de lluvia. Pero también desde el temblor del cuerpo, la nostalgia del amor perdido y la potencia de lo que no se dice.

https://www.abc.es/cultura/libros/abcm-almudena-guzman-poesia-necesaria-201106200000_noticia.html | Foto: Ignacio Gil
Biografía
Almudena Guzmán (Navacerrada, Madrid, 1964) es poeta, periodista y filóloga. Doctora en Filología Hispánica con una tesis sobre Quevedo, ha colaborado como articulista en ABC y su suplemento cultural, al tiempo que ha desarrollado una intensa trayectoria poética desde muy joven.
Su obra ha sido premiada con importantes reconocimientos: accésit del Premio Puerta del Sol (1981), Premio Altair (1984), accésit del Premio Hiperión (1986), Premio Ciudad de Melilla (1988) y Premio Internacional Claudio Rodríguez por El príncipe rojo (2006).
Su poesía, de tono amoroso, sensual y cotidiano, destaca por un estilo libre y coloquial, plagado de imágenes sutilmente surrealistas y una voz íntima que observa lo afectivo con ironía, ternura y lucidez.
POEMAS
Ahora es el ritmo del invierno…
Ahora es el ritmo del invierno
quien me clava sus ojos entre las uñas
y el cielo.
Lo demás poco importa.
Solo aquellos pasos absorbiendo mi cuello de niebla
al borde bellísimo de sus sirenas y abismos.
Cogí el vestido que tanto le gusta…
Cogí el vestido que tanto le gusta
a mi amigo
cogí el vestido y volaron mariposas
y lo enredé en mi pecho
con tres deseos de hiedra.
(A las velas del barco blanco
que no me olviden,
al pájaro que no me cante en la rama
de la flor del dolor
y al agua que mi amigo me llame
cuando lo lave.)
Desnudo en sombra
Volverse a enamorar.
Besar una piel que sabe distinto,
no encontrar puntos de referencia
que indiquen el momento justo,
la caricia perfecta,
la mano compañera.
Retornar a un cuerpo nuevo
sin los huecos del anterior,
no poder palpar una nuca excitada,
una espalda con escalofríos conocidos.
Qué pobre se queda el intento de amar igual a la primera vez.
Cómo pesa una boca tan sabida,
tan llena de humo compartido
ante la desconocida tan poco explorada, tan miedosa.
Cuánto cuesta abandonarte, lavarme de tu olor,
quitarme las huellas de tu peso,
desdoblarme en otra Almudena
y comenzar a hacer mía una figura
de la calle que me asusta y que ¿quiero?
poseer, pero… tú, ahí estás tú,
traspasando con tu desnudo mi sombra,
consolándome pesaroso de mi dolor al terminar,
tu sonrisa y tu cigarrillo,
ese brazo moreno rodeando mi cintura
y llevándome a un lecho desordenado…
y tus manos de violinista
volando y enredándose en mis senos.
Entonces el beso conocía el norte y el sur…
Entonces el beso conocía el norte y el sur,
el este y el oeste de toda cartografía
como si antes de labio en medio de la lluvia
hubiera sido rosa de los vientos
o brújula del corsario de los siete mares.
Nada estaba preparado
-dormían las leyendas su sueño abisal-
y sin embargo no cabía margen alguno de error:
cada noche atracaba en su alborada,
cada zozobra en su bahía,
cada deseo en su rompeolas.
Así era el amor,
volver a casa
con la red llena de certidumbres
nunca un naufragio en alta muerte
silenciosa
como ahora.
Leo lo que escribí de ti y de mí…
Leo lo que escribí de ti y de mí
en esos días de tanta lluvia,
con Bach y los naranjos
de contertulios ante el fuego
y los catarros, las pupas,
las mutuas manías,
advirtiéndonos de aquella bomba colgada
del tiesto de las glicinas
que oscilaba sobre nuestras cabezas
sin llegar a caer,
contenida por el Atlante de la risa
y el lujo inaudito
de poder ignorarnos,
de tener tiempos muertos,
de no abundar en preguntas y respuestas
cuando había tanto que disfrutar del silencio.
Desde entonces hasta ahora
los atlantes se nos han vuelto anémicos
y quién sabe si ésos fueron y serán nuestros últimos días de lluvia,
pero,
de todas formas,
me sigue gustando leer lo que escribí de ti y de mí,
en especial lo de tu imagen con bufanda
volviendo de comprar la leche y el pan,
y la mía con sonrisa y pijama de osos pandas
saludándote desde el balcón.
Nada
Nada.
No pegaba nada con tanta lluvia,
esa chaqueta de angorina rosa y botones de nácar
que él me regaló.
Tampoco encendimos una velita al apóstol,
porque un niño a nuestro lado acababa de darse un cabezazo
tremendo contra la pila bautismal,
y que hubo que consolarlo hasta que llegaron sus padres.
El museo nos desilusionó.
Yo me puse rara y él venga a mirar al cielo,
y al final un paseo dudosamente conciliador por los
soportales
-basta que a mí me hicieran gracia los punkies, para que
a él lo escandalizasen-,
después de mi vaso de leche y su maniática ginebra
«MG con Schweppes de naranja, por favor».
Ah,
se me olvidaba contaros
que el frío fue la nota predominante del día
y que la noche, a pesar de todo, la pasamos juntos.
Espalda contra espalda.
Una mujer de ron y esmalte negro…
1
Una mujer de ron y esmalte negro,
flequillo y vagina cosmopolitas,
me abre sus piernas tras los cristales del mueble.
Es la niebla
2
Veladamente,
descorriendo pestillos,
ha llegado hasta mi cuarto
una pantera translúcida con la piel de diamante
que me morderá la nuca cuando menos lo espere.
Es el deseo.
Soy un racimo de uvas…
Soy un racimo de uvas
y aguanto como puedo
este oleaje creciente de mi boca
aguijoneándome al sol.
Hasta que estallo.

