Una Semana, Un Poeta: Rubén Bonifaz Nuño
Explora la vida y obra de Rubén Bonifaz Nuño, poeta mexicano y traductor de clásicos. Conoce su biografía, poemas destacados y un análisis de su poética amorosa y simbólica en Una Semana, Un Poeta.

Por Kantzakata - Trabajo propio Dominio público, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=16093552
Biografía
Rubén Bonifaz Nuño nació en Córdoba, Veracruz, el 12 de noviembre de 1923, y falleció en Ciudad de México el 31 de enero de 2013. Poeta, ensayista, traductor y académico, fue una de las figuras centrales de la poesía mexicana del siglo XX.
Licenciado en Derecho y doctor en Letras Clásicas por la UNAM, dedicó gran parte de su vida a la investigación y la traducción de textos clásicos, además de ejercer como docente. Ocupó cargos relevantes como Director General de Publicaciones de la UNAM y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua (de la que renunció en 1996).
Bonifaz Nuño también tradujo a autores como Lucrecio, Catulo, Virgilio, Horacio, Ovidio y Homero, dejando versiones admiradas por su belleza y rigor.
Reconocido con premios como el Premio Internacional Alfonso Reyes y la Medalla de Oro de Bellas Artes, su poesía explora el amor, el erotismo, la espiritualidad y la permanencia de la tradición clásica en la sensibilidad moderna.
A tu puerta llamé. No estabas…
A tu puerta llamé. No estabas.
Aspas de viaje te arrancaron.
¿Quién volverá cuando regreses?
Viento sin recuerdos, en la noche
se envuelve de inútiles presagios.
Dicen que la vida prosigue.
Entre nieves remotas, luces
que desconozco, abro los brazos
-lazarillos a ciegas-; busco.
Desde aquí, junto a la oreja sorda
amo en secreto, y enmudezco.
Dicen que la vida no perdona.
A tu puerta llego, y sin mirarte,
maravillado te contemplo.
¿Regresaste, vives, te escondiste?
Frente a tu casa silenciosa
-pienso que estás-, no llamo. Espero.
Y pasa la vida, y se detiene.
Área sonante
Área sonante, ovario
de la noche carnal; abrevadero
insistente y monótono en la arena
del oído terrestre.
Y tocar, hacia dentro, el oleaje
como aquel remotísimo, asilado
en lo vacío de las conchas. Urna,
seda contigua que despliega
en hileras cayendo, una por una,
golpes de espuma deslazada.
Concha de labios húmedos, saliva
en los labios inmensos.
Y yo mismo,
¿qué escalofrío soy, qué gobernado,
-como presa de un águila- deleite?
Y tú desnuda, la que viene,
la desnuda en los bordes de su boca.
Por lo demás, hay cosas
que se comprenden fácilmente:
los relámpagos duros del galope,
los lechos consagrados, la ablandada
mano de las entrañas a rebato,
y un sabor permanente de estar vivos.
Ahora y en lo próximo, corales
tras la puerta sombría; lengua súbita
abre y señala claustros al incesto
de la boca y la oreja, complicadas
en el secreto. Paso de cantiles,
garganta de campana en que te escucho,
latiendo, hacerte y deshacerte.
Y es el vino violeta de tu sangre,
y es tu extensión de leche, y tu sin término
río desenredándose que vuelve
en mí sobre sí mismo, desatando,
regresado de sonoras honduras,
de inconsumibles fondos admitido.
Hora ritual de los cuerpos atentos;
ceremonial donde salvado,
como el hueso en la fruta, me reúno;
como el que no ha nacido,
como en agua materna, respirando
sonido respirado, en el deleite
de oírte sumergido. Está sonando
tu corazón. Ahora está sonando.
Ahora y en lo oscuro. Y llovedizas
plumas innumerables se desgarran,
y sal y tinta, construidas
de muy adentro, en olas enrojecen.
Y la unión era lícita, sellada
con las arras solemnes del naufragio.
Haz que yo pueda ser, amor, la escala…
Haz que yo pueda ser, amor, la escala
en que sus pies se apoyan, el torrente
de luz para su sed, o, suavemente,
el cauce en que su vida se resbala.
Sólo soy un espejo para el ala
de un ángel dividido, que así siente
que le soy necesario, y dulcemente
a mi dolor su claridad iguala.
Y eso es todo, amor: sólo un reflejo.
No escala, luz ni cauce, en que pudiera
subir, brillar, o transcurrir ligera.
Únicamente el sueño de un espejo
mudo a veces, y opaco, en donde anida
la imagen solitaria de su vida.
Igual que el licor entre las alas…
Igual que el licor entre las alas
del cántaro, pesa entre tus hombros
mi corazón; tras tus costillas.
Gozo del río que no pasa,
del ramaje en paz, encandecido
hoja por hoja, y reparado.
El presente, ingrávido de años
idos y por venir, clarea
en traje de augurios conquistables.
Licor entre alas navegante,
barco dichoso, joya eterna
en llameante engarce de olas.
Tú das la vista a mis pupilas ciegas…
Tú das la vista a mis pupilas ciegas
y a mi voz la ternura que te nombra;
amor, cuánta amargura, cuánta sombra
se destruye en la luz en que me anegas.
En hoces claras a mi pecho llegas
y la esperanza al corazón asombra,
por ti la mano del olvido escombra
los restos tristes del dolor que siegas.
Por ti vencido, el peso de la angustia
inútilmente ya su fuerza mustia
contra tus simples luces abre inerte.
Amor, ardiente lámpara en la oscura
soledad, segador de la amargura.
Está lejano el miedo de perderte.

