Una semana, un poeta | Ricardo Carballo Calero
Ricardo Carballo Calero fue una de las figuras fundamentales del pensamiento y la literatura gallega del siglo XX. Poeta, lingüista, ensayista y maestro de generaciones, su obra poética dialoga con la tradición, la historia y la conciencia del tiempo. Leerlo hoy es acercarse a una escritura donde identidad, memoria y reflexión se funden en una voz sobria y profunda.

Ricardo Carballo Calero Por Desconocido - Centro Virtual Cervantes, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=50708127
Breve semblanza biográfica
Ricardo Carballo Calero nació en Ferrol (A Coruña) el 30 de octubre de 1910 y falleció en Santiago de Compostela el 25 de marzo de 1990. Licenciado en Derecho y en Filosofía y Letras por la Universidad de Santiago de Compostela, fue Doctor por la Universidad de Madrid. Miembro numerario de la Real Academia Gallega, fue el primer catedrático de Lingüística y Literatura Gallega de la Universidad de Santiago y está considerado el gran pensador del reintegracionismo.
En 1931 participó en la creación del Partido Galeguista y contribuyó al anteproyecto de Estatuto de Galicia. La sublevación de 1936 lo sorprendió en Madrid; tras la guerra fue condenado a doce años de prisión por separatismo y recluido en Jaén. En 1941 obtuvo la libertad provisional y regresó a Ferrol.
Paralelamente a su labor docente desarrolló una intensa actividad investigadora, iniciada con su tesis Aportaciones a la literatura gallega contemporánea (1955), premiada con mención extraordinaria. En 1963 publicó la fundamental Historia da literatura galega contemporánea. Fue miembro de la Real Academia Gallega desde 1958 y desempeñó una amplia labor editorial de los clásicos. En 1987 obtuvo el Premio de la Crítica de narrativa gallega por Scórpio.
Su legado permanece vivo en Galicia a través de instituciones culturales, centros educativos y certámenes que llevan su nombre.
POEMAS
Al lado del pozo de la vida
Al lado del pozo de la vida escrutas las aguas oscuras:
acechas tendiendo los oídos ansiosos a la piedra que tiras,
dura y pesada pregunta que inquieta la verdad del fondo
húmeda tierra de fango que los pies con que pisas ansían.
Al lado del pozo de la vida buscas en ella la verdad.
Pero la verdad y la vida son una, y están sobre la tierra.
Taladran, sedientos, los ojos sólo aguas y arcillas estériles.
Pasa, entre tanto: la hermosa, como una mujer en silencio.
Podrías besarla sino intentaras oírla;
a su talle han de ceñirse, han de besar sus labios
sin preguntarle su nombre, que, púdica, niega al amante,
o que, tal vez, ella ignora, la casta de la flor venturosa.
De tu pregunta hoz, en el heno se oxide y more
-harta de segar aires- que es lecho de amor para el prudente.
No rinden labios de moza más dulces las mieles del beso
porque murmullen un nombre al ruego del amante importuno.
De «Entre el verde y el azul»
Alto nombre
Nombre de suave lienzo y blanco lino,
paisaje donde nevó rosas heladas,
primavera cuajada en amor joven.
Cuántas huidas, cuántos escalofríos
entre tú y yo levantaron nuestro puente.
Puente de plata o tela de araña, dulce,
donde al amanecer la niebla se columpia.
Mi vida es un acercarse a la tuya.
Al morder la primera fruta de oro,
el zumo por los labios resbalaba.
Era la pasión como una novia antigua.
Nombre de limpio vidrio y aire tamizado,
en soledad arrodillada encendido,
de campana en campana por los campos vuelas.
Como un animal sagrado vagabas;
alto zumbido de otoños olvidados
bajo tus pies, arcángel de los pies blancos.
Esparciendo luz y oliendo a flor,
Planeas sobre mí, ángel en ruinas.
¿Qué brisa, qué amor, qué pena deshojada,
qué fuente dorada o qué cristal de estrella
sueña tus sueños cuando estoy dormido?
Al latirte el corazón de viento,
florezco bajo tus alas desnudas.
De «Angel de tierra»
Elegía veneciana
Me podéis borrar del Libro de Oro,
mis compatricios.
Hace tiempo que no pienso si el Turco sube o baja,
y mis buques están anclados en el muelle.
No me tienta ocultar mi calva
bajo la tiara de dogo.
Un cuerno y un ropaje largo no me preservarían
de los arañazos de tantos senadores.
Que otro celebre sus nupcias con el mar.
La boca de esa esposa es demasiado amarga.
Me prefiero soltero, libre de tal belleza,
que derriba cuando quiere y traiciona a sus hombres.
Tú, Fóscari; tú, Dándolo; tú, Loredano, me mirais
sin duda con el horror con que a un hermano perdido.
Quizá tengo sangre de algún Otelo ignorado,
y mi tono no es originario de Aquilea.
No me retratarán Bellini ni Tiziano;
oscuro moriré, pobre gallo olvidado.
Pero veo al mar royendo las piedras de Venecia,
y encuentro triste el carnaval de la vieja Serenísima.
De «Avalón»
En lo alto del bosque está mi eremitorio…
En lo alto del bosque está mi eremitorio.
Llegaste cuando el cielo de otoño auguraba nieve.
Un camino perdido te conducirá a mí.
El invierno nevó fuera mientras dentro
calentaba el gozoso verano.
Quedaste prisionera.
La nieve borró los caminos.
No sabrías regresar.
Te tendré a mi lado mientras el invierno reine.
Sé que te marcharás en la primavera,
cuando el deshielo abra de nuevo las veredas.
Pero tengo la esperanza de que no te veré marchar
Soy ya muy viejo,
y moriré antes de que puedas cruzar el umbral.
Me cerrarás los ojos con tus suaves manos.
Y cuando el sol endurezca la tierra,
te irás sobre tus pies ligeros como las horas.
Pero yo no te veré marchar,
durmiendo para siempre con los ojos cerrados,
soñando que aún estás, que estas siempre
cerca de mí, en lo alto del bosque,
en mi eremitorio, mientras fuera
cae, día tras día, año tras año,
vida tras vida, eternamente, la nieve,
que borró los caminos y te impide partir.
De «Venusberg»
Maniquí negra
Un sol nocturno bruñó con su óleo tus largas piernas.
Donde el hueso se junta a la piel, brilla con blancura de acero.
Tu risa de granizo repica en el pandero de la luna,
que exhala la música tejida por la dulzura de tus pies.
Cisne sombrío que resbala por las teclas de un lago dormido.
Hogueras de tinieblas, mujer de humo y sueño, que brotas
con el misterio enrollado a tu regazo, boa de ondulantes anillos;
con el amor ceñido a tus caderas, velo de tibio rugir;
con el paraíso echado sobre tus ropas, estola de florido fuego.
Tu madre aúlla en la selva -nidos de muertos en los árboles-
mientras caen las granadas alrededor de su choza.
Tu hermana grita en el asfalto -las pancartas caídas, los perros-
mientras los gases lacrimógenos hinchan sus párpados.
Tu prima de la manigua¹ agita los pechos locos
mientras canta la rumba de ronca voz.
tu cuñada de la sabana estremece la grupa
picada por el tábano del tam-tam.
Todas son estruendo y relámpago, cohetes de amor y dolor.
Pero tú sólo resbalas en silencio, das vuelta y te mueves
con líquido avanzar,
lujosísimo tulipán para la fiesta del dorado jardín.
¹Terreno de la isla de Cuba cubierto de maleza.
De «Salterio de Fingoi»
Mujer dormida
¿Dormida? ¿Hecha cuajado río o luna?
¿Fuera de ti, pálida voz de la tierra?
¿Labio de mármol que oscuro anhelo calla?
No oso acercar manos que tiemblan
a la desnuda y yerma saudade de tu cuerpo.
Bajo las pestañas no sé qué cabalgadas;
qué perfecci6n de bosques y senderos;
qué bueyes con cuernos de laurel adornados
con pardas muchachas en los lomos florecidas.
O nada, o sólo el negro sueño, olvido;
dos profundos pozos sin eco y sin llegada,
tu frente sin huella un mar de nieve,
el corazón como una estrella acostumbrada.
Y el blanco amor que te cubre, nube,
granizo es ya, que te conserva, nítida,
como una paloma posada más allá del arrullo.
Lejos de ti; amarte, verte de lejos;
la cabellera, mortaja de tu sueño.
En soledad, sin hombres y sin dioses.
Grises peñascos; mazorcas huecas; hiedra.
De «Anillos de agua»
Un cabello de ángel
Un cabello de ángel
colgando del cielo,
si no es la espada de Damocles,
es soga para el espíritu,
gemido equilibrista,
que, en él agarrado,
puede mecerse sobre la tierra
y creer que es la araña de un hilo
arrancado de su propio cerebro,
cordón umbilical que lo vincula
a su nido que está en el azul.
Pero no sabemos
qué es el norte, qué es el sur,
el cenit y la nada,
la vida y la muerte,
la tierra y el cielo,
cuál es el metro que lleva al paraíso
y qué aeronave nos conduce al infierno.
De «Poemas colgados de un cabello»

