Una Semana, Un Poeta: Mihai Beniuc
Mihai Beniuc (1907-1988) fue un poeta, dramaturgo y publicista rumano, conocido por su compromiso cívico y social. En esta entrega de Una Semana, Un Poeta, exploramos su vida, destacamos algunos de sus poemas más representativos y reflexionamos sobre su contribución a la poesía socialista.

De la The National Museum of Romanian History, Attribution, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=17686735
MIHAÏ BENIUC
Biografía
Mihai Beniuc nació en 1907, en Sebiș, en la provincia de Bihor, en la entonces Transilvania austrohúngara. Además de su actividad científica como profesor en las universidades de Cluj, Sibiu y Bucarest, desarrolló una prolífica carrera como escritor, abarcando poesía, prosa, dramaturgia y publicaciones periodísticas. Su obra poética está profundamente marcada por una clara idea de responsabilidad cívica hacia la sociedad a la que pertenecía.
Su producción literaria más conocida comenzó en 1946, con la publicación del volumen Un hombre que espera el amanecer, cuyo título refleja el optimismo y el compromiso de su visión poética. Durante ese periodo, fue enviado como consejero cultural a Moscú, donde permaneció dos años. A su regreso, se estableció en Bucarest, siendo reconocido ya como una figura destacada de la poesía rumana.
En 1951, publicó el libro de versos Canto para el camarada Gh. Gheorghiu-Dej, consolidando su reputación como poeta comprometido con la ideología de su época. En los últimos años de su vida, residió en su villa del barrio de Primăverii, donde trabajó en una serie de poemas que quedaron inconclusos.
Entre sus principales libros de poesía se encuentran:
Cantos de desesperanza (1938)
Cantos nuevos (1940)
Un hombre espera el amanecer (1946)
La manzana junto al camino (1954)
El corazón del viejo Vesubio (1957)
Con una hora de adelanto (1959)
Además de su carrera literaria, Mihai Beniuc fue presidente de la Unión de Escritores y miembro de la Academia Rumana hasta su muerte, dejando un legado profundo en la literatura y la cultura de su país.
Fuente: https://rebelion.org/mihai-beniuc-poeta-socialista/
POEMAS
Antes del invierno
Este es mi tiempo, el otoñal, el último.
Ataré mi caballo del tronco de algún árbol
en el lindero de la selva oscura
y me extraviaré por los campos que huelen
a lentas flores tristes, a frases muy maduras,
a hierbas marchitadas por la helada nocturna.
Podré escuchar al grillo que intermitentemente,
solitario, afligido, guarda su violín.
Golondrinas, halcones y grullas se marcharon,
ya no hay más resplandor que el de la estrella
de la tarde, en el cielo como un lar apagado.
La alta cima, de un día a otro, estará nevada,
y yo, cerca del fuego, en mi retiro,
me pondré mi zamarra de piel, amortajando
en los recuerdos el hogar del alma.
Cual si perteneciera a la edad de la piedra,
tanto se amontonaron, con los años que pasan,
tristezas, aventuras y residuos de sueños.
Este es mi tiempo, el otoñal, el último.
El lago está más claro, pero más fría la onda.
y la hoja verde, enrojecida, gualda,
se balancea y cae como antes lo hacía.
Voluptuoso juego este de ir al descenso
en los racimos de uvas que han guardado la fuerza
y la miel de la tierra en sus granos pesados.
Se canta en los lagares y cuán hermosas son
las mujeres que hacen la vendimia riendo.
Sobre el lago azulado el viento se estremece
y un inquieto temblor se extiende por las aguas
como el que al primer beso aparece en los ojos
cuando al prender la fina cintura de la amada
se siente que el gran Eras te ha vencido.
¿Todavía el otoño tiene tales encantos
cuando ves en las cumbres la nieve deslumbrante?
¡Ah!, el otoño, el otoño es aún mucho más rico,
más denso de secretos y también más profundo,
con días cual lagartos que pasean al sol,
noches de terciopelo y brillantes estrellas
que parecen aún más altas y lejanas
de este globo terrestre, cuya pequeña barca
gira rápidamente alrededor del sol,
al tiempo que nosotros, entre tantos aromas,
somos, presos del vértigo y locos de entusiasmo,
como niños que montan caballos ‘de madera.
Pronto de todos modos va a descender la noche
y hacia las casas vamos llorosos, pues los padres
-o el destino- nos tienen prohibido
dar vueltas en la feria también después de muertos.
Otoño, otoño, ay, mi estación bien amada,
cuánto, cuánto te quise, pero ya envejecí
y si en los caballitos de madera
no puedo montar más, es ciertamente signo
de que les llegó a otros el turno y la ocasión
de que el gran torbellino los lleve en su locura.
Versión de Rafael Alberti y María Teresa León
Canción de amor
Ven, canción de amor,
desde el corazón de los elementos
sobre el ala de la tormenta
con el aullido de la tempestad,
ven desde los abismos de la noche,
a caballo sobre los torbellinos
con el hervor de las aguas profundas,
que te llevan los pastores del aire
en tropeles de estrellas
ladradas por el trueno.
Ven, torbellino de fantasmas,
carro de nubes
fustigado por el relámpago
roto sobre el espinazo
de las tinieblas.
Ven, toro del crepúsculo
rasgado por el diente de la luna,
hoz surgida de las encías del celo.
Ven,
conmoción de la aurora
con la aureola del sol sobre la cabeza,
despierta
al nenúfar del lago,
la tórtola en el nido,
la voz de la fábrica en su pecho de metal,
el niño en los brazos del sueño,
desliga a los borrachos de las heces del vino,
las enamoradas de los enlazamientos de la carne,
las abejas
del calor del panal.
Ven sobre mil senderos,
nieves fundidas,
lluvias mezcladas de sol,
hierbas invasoras, esplendor de los campos,
hojas caídas,
racimos vendimiados, aplastados en el lagar,
balbuceo del mosto en los toneles,
y cristalízate de un golpe
en tres palabras
murmuradas por el hombre al oído de la amada,
envueltas en el beso,
apenas comprendidas,
frágiles y cálidas:
Estoy cerca de ti.
Versión de Rafael Alberti y María Teresa León
Van andando…
Con un paso ya lento o más apresurado,
sobre un camino pavimentado de milenios
se van los muertos, los vivos,
se van los vivos y los muertos.
A veces un vivo se detiene
para surgir como un muerto cerca de ti,
para marchar como un muerto junto a ti.
A veces los vivos están más muertos que los muertos,
a veces los muertos están más vivos que los vivos,
pero todos cantan
y los muertos más alegremente
porque no tienen ningún miedo a la muerte,
y los vivos más alto,
para darse valor antes de morir.
Los muertos van ligero, sin equipaje,
todo lo más una canción,
una palabra buena,
un hermoso recuerdo,
un pensamiento en un libro.
Los vivos por el contrario arrastran detrás de sí objetos domésticos,
un platillo de café,
pucheros, cucharas,
los libros polvorientos, más viejos o más nuevos,
sus manuscritos hasta la última hoja.
Además, algún vivo
se carga también con ideas,
con versos, con invenciones de otros,
muertos o vivos,
dándolos por suyos,
y hay quien en esta faena
se mata trabajando,
teme a los ladrones
o teme que los muertos le pongan algún pleito.
Pero los muertos hacen alegremente sonar sus esqueletos,
bajo la lluvia, el sol o la luna,
y siguen su camino
y dejan brotar como bandera
algún girón de vida.
Al frente va el abanderado
conocido como un gran porta-estandarte,
a su lado los generales,
con los mapas y las brújulas,
los gemelos y otros utensilios para buscar la cima más lejana
llamada porvenir.
Y la cima aparece -desaparece-,
se yergue y se retrae,
danza, se desploma,
unas veces alegre, otras sombría.
Y parece siempre alejarse.
En la columna están también los retrasados,
los que se paran bajo los árboles
por las manzanas, por las nueces, por los gorriones.
Pero ninguno intenta fugarse
porque detrás está sólo el pasado,
ilusiones cercadas por un cerco de ilusiones
y nadie querría extraviarse entre fantasmas
pues cada uno quiere ver con sus ojos el Porvenir.
Versión de Rafael Alberti y María Teresa León

