Una semana, un poeta: Félix de Azúa
Hoy exploramos la vida y obra de Félix de Azúa, destacado poeta y narrador español. Descubre su papel en la generación de los novísimos y su influencia en la poesía contemporánea. No te pierdas sus conmovedores poemas y su trayectoria literaria.

Fotografía de Félix de Azúa. Derechos a quien correspondan. https://www.biografiasyvidas.com/biografia/a/azua.htm
(Barcelona, 1944) Escritor español que inició su trayectoria como poeta, vinculado a la denominada generación de los novísimos. De amplia y sólida formación intelectual, Félix de Azúa cursó estudios de filosofía en Barcelona y de periodismo y ciencias políticas en Madrid. Profesor en las universidades de Oxford y de San Sebastián, enseñó posteriormente teoría de la estética en la Universidad de Barcelona. Sus artículos en la prensa, principalmente en La Vanguardia y El País, le granjearon el aprecio de crítica y público: en ellos, un Azúa cáustico, provocador y sincero fustiga con lucidez y sarcasmo las diversas lacras de la sociedad.
Como poeta, Félix de Azúa participó en el movimiento de ruptura y de renovación de la lírica castellana que se produjo en España a fines de los años sesenta. Junto con Leopoldo María Panero, Pere Gimferrer, Manuel Vázquez Montalbán y Ana María Moix, entre otros, formó parte del grupo de poetas que la intuición del crítico José María Castellet reunió en su célebre antología Nueve novísimos (1970), y que se caracterizaba por su rechazo de la estética de la generación precedente.
La nueva corriente poética, a la que por afinidad y edad podrían también acogerse autores como Luis Antonio de Villena, Félix Grande, Antonio Colinas o José Miguel Ullán, se distinguía por su esteticismo declarado y su sensibilidad hacia nuevos ámbitos, por una concepción más libre, lúdica y no ideológica de la poesía, manifestando un gusto elitista por autores o espacios extranjeros, por la metáfora y por las nuevas mitologías o modernas realidades cotidianas que han creado los medios de comunicación de masas. Su obra poética, al principio difícil y muy formalista, está compuesta por Cepo para nutria (1968), El velo en el rostro de Agamenón (1870), Edgar en Stephane (1971), Lengua de cal (1972), Pasar y siete canciones (1978) y Siete poemas de la farra (1983).
En su narrativa ha desarrollado un estilo muy depurado, preciso en cuanto a la descripción de escenarios, situaciones y personajes. Su novela Las lecciones de Jena (1972) afronta el tema del desdoblamiento interior y del conflicto entre reflexión y acción, teoría y destino, polaridad personificada por figuras del mundo original de la familia, desposeídas de culpabilidad. El verdadero protagonista de la novela es un lenguaje que juega eficazmente los tonos irónicos y que apenas distingue entre el narrador, el diálogo de los personajes y el monólogo interior del protagonista. En esta voluntad de renovación del estilo narrativo se percibe una sensibilidad especial hacia la cultura del romanticismo alemán, así como la influencia de la ruptura que produjeron las primeras novelas de Juan Benet en la narrativa española y de algunos autores que dio a conocer el «Boom» de la literatura hispanoamericana de los años 60, como Juan Rulfo o Juan Carlos Onetti.
Las lecciones suspendidas (1978) y Última lección (1981) prolongan y profundizan con ironía y rigor intelectual la búsqueda estilística del autor. Sin embargo, con Mansura (1984), Félix de Azúa inició un cambio en su trayectoria. Con esta versión de la crónica medieval de Joinville, en la cual se relatan los acontecimientos de una imaginaria cruzada de catalanes en la Tierra Santa del siglo XIII, Félix de Azúa vuelve a una narrativa más tradicional. El texto, con un estilo más fluido que el de sus trabajos precedentes, propone cuestiones como el sentido de la originalidad y de la verosimilitud, del héroe y de la acción, de la guerra y del regreso.
A esa novela le siguió otra que, hasta la fecha, está considerada como su obra más rica y lograda: Historia de un idiota contada por él mismo o el contenido de la felicidad (1986), en la cual la «historia» no es otra que la radical negación de cualquier felicidad anhelada o prometida, en un mundo cruel y mezquino. La novela es intencionadamente provocadora y a veces divertida; escrita, como dice su personaje, sin intención alguna o, al menos, no con la de componer un tratado ni de profundizar en ningún campo. A la narración sigue un epílogo de Francesc Arroyo titulado «De cómo ser infeliz tras haber leído este libro», en el que intenta convencer al lector de que la novela no es autobiográfica, y de que los personajes y cierta empresa editorial son imaginarios, cosa que resulta creíble sólo a medias.
Poco después publicó Diario de un hombre humillado (1987), relato de la banal intimidad de un tipo insignificante con el que obtuvo el premio Herralde de novela. Le siguieron Cambio de bandera (1991) y Demasiadas preguntas (1994). Completa el ciclo su novela Momentos decisivos (2000), narración coral que refleja la vida de cuatro generaciones en Cataluña.
Asesor editorial y crítico de la cultura y de la política cultural, otra faceta importante de su labor es la de ensayista, terreno en el que ha llegado a dar libros tan singulares como La paradoja del primitivo (1983, dedicado a la figura de Diderot) y Baudelaire y el artista de la vida moderna (1991), autores en los que halla los fundamentos del arte contemporáneo y de la estética moderna. Deben también destacarse las recopilaciones de artículos El aprendizaje de la decepción (1996) y Lecturas compulsivas (1998), esta última dedicada a sus autores favoritos.
Fuente:Fernández, Tomás y Tamaro, Elena. «Biografia de Félix de Azúa». En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea [Internet]. Barcelona, España, 2004.
Disponible en:https://www.biografiasyvidas.com/biografia/a/azua.htm
POEMAS
Ahora es mi turno, cuando cierro los ojos…
Ahora es mi turno, cuando cierro los ojos
y me olvido de ti, de tu salvaje higuera y tus higos salvajes,
cuando tu carne, como un libro de cuentos, resplandece en la noche
a la luz de un hogar mediterráneo;
y me dejo cegar por el brillo solar de la memoria
mientras mi cuerpo entero se quema en un chispazo.
Ahora infantiles yemas te descubren, y entre las llamas muertas
rescato el viejo yugo, los utensilios viejos y las viejas guirnaldas
del buey, de la cebada y de la Pascua de Resurrección.
Es mi turno, no el tuyo. Te levanto en mis palmas
como se exponen los recién nacidos
a las nubes plomizas, irritadas
como vacas repletas que atronan el establo
los campos secos, el pozo, la uva amarga.
Pero tú, hecha una niña, también tientas las ubres, y arqueada
jadeas entre brasas; es mi turno y tú danzas
resonando perpleja y sonriente,
átomo, brizna, astilla de una combustión
que no puedo pensar sin sentirme infinito.
Tus yemas y tu sonrisa atónita me invitan al incendio…
pero me venden luego por la espalda como cosa fútil,
como ese azar minúsculo, gratuito
que te alcanza las nubes y se empeña en durar.
Y mientras tú contratas con terribles clientes
a los que yo sólo conozco por el nombre,
y cuyas sombras, mantos, miradas esquinadas,
me hacen alzar la sábana aterrado;
hundido al fin, hundido,
olvidado por fin, perdido y solo, cobijado en mí mismo,
puedo gritar, gritar hasta romper el techo y por la grieta ver
la esplendorosa faz sin ojos y sin boca
que me agarra del cuello y me disuelve en risas,
fuego de azufre, espanto y aroma de castaños.
Así suspenso ni crucificado…
Así suspenso ni crucificado
ni en fúnebre meditación ni en cruz
ni en sepultura
suspendido
en perpetuo descenso
la figura está inmóvil tras ochocientos años.
Crueles escultores y conversos
que acudían y un mísero ladrón
le mantienen en perpetua agonía.
Mil años de madera
lo contienen a medio caminar
del fracaso y del triunfo:
ni cadáver ni resucitado,
más allá de los hombres
sin llegar a los dioses.
Yo no sé qué esperamos los unos de los otros…
Yo no sé qué esperamos los unos de los otros,
ni la razón para tener a mi mano como un fiel aliado.
Nada puedo esperar de una mano
capaz de señalar al justo y al perverso
o escribir poemas en las habitaciones
de un verano impregnado de vino y sal y sangre.
Sólo, quizá,
recordar otra gente
que ahora se arrastra entre pájaros muertos
y vivir seriamente un calendario
cuyas mentiras apenas disimulan
lo efímero de su numeración.
Silencio…
Silencio
el recuerdo un estruendo
Inuchos vasos de agua no hacen olas
la sed es un estruendo
allí va Maritornes
muchas que van
no hacen una palabra
tener es un estruendo
la voz no es mía
muchos míos no hacen un yo
el estruendo de un yo
no ensordece más que a su poseedor.
Romance tecnócrata
Silbando su tonada hacia la izquierda
con el tren bajo las nalgas de melocotón
el pecho atravesado todavía por una dentadura
y desdén de la pierna por la media de nylon
camino de la ventilación de un asunto amoroso
se lanza al mar y pide dos horchatas
brindando con el aire «¡salud salud!»
se acerca entonces el bruñido atleta
«sé lo que pasa y que tu weltanschauung
la voluntariedad, quiero decir;
él en cambio -plagiando a Scott Fitzgerald-,
es escolástico hasta en la compra de tabaco».
Ella grita con júbilo y sonríe
por la noche y en íntima fusión los dos orines
cantan a dúo:
-«Nada tan claro como las ciencias del espíritu
nada tan taylorista como la psiquiatría «.
Taparrabos
power
El oro tiene tantos significados
cuando tu mano pueblan los anillos
o perforando el labio
el largo clavo dobla las comisuras
¿qué peso lo transforma?
El color hace la piel más negra
porque peso y color son para ti lo mismo
un peso blando un color puro
hacen la máquina para los sacrificios
dan la orden de que se inicie el rito.
Cargados de oro pues
lamidos por serpientes, cubilete de los significados
convertidos en sacerdotes de aquella religión.

