Una Semana, Un Poeta: Felipe Benítez Reyes
Felipe Benítez Reyes (Rota, Cádiz, 1960) es uno de los grandes nombres de la poesía española contemporánea. Su obra, traducida a múltiples idiomas, abarca poesía, novela y ensayo. En esta entrega de GAFE exploramos su vida, destacamos algunos de sus poemas más representativos y reflexionamos sobre su estilo literario único.

De Emilio J. Rodríguez Posada - Conferencias ExiliArte, CC BY-SA 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=77115626
FELIPE BENÍTEZ REYES
Biografía
Felipe Benítez Reyes (Rota, Cádiz, 1960).
Poeta, novelista, ensayista y colaborador habitual de prensa. Ha sido director de las revistas literarias Fin de Siglo, El Libro Andaluz y Renacimiento. Es columnista del semanario Dominical. La Junta de Andalucía le otorgó la Medalla de Andalucía en 1996. El Ayuntamiento de Rota le concedió en 2001 la Medalla de Oro de la Villa. Es miembro del patronato de la Fundación Caballero Bonald. Sus libros han sido traducidos al francés, inglés, italiano y al ruso.
Ha publicado, entre otros libros los poemarios Los vanos mundos, Trama de niebla, Sombras particulares, Las identidades o Laboratorios de irrealidades.
Ha merecido, entre otros muchos, el Premio Nacional de la Crítica y el Premio Nacional de Poesía por Vidas improbables. Ha ganado en varias ocasiones en Los Premios del Tren, tanto de Cuento como de Poesía, y ha conseguido el segundo premio en los Premios del Tren de Poesía en 2003 con 11 trenes.
Entre sus novelas figuran: El novio del mundo, Tratándose de ustedes, La propiedad del paraíso, El pensamiento de los monstruos y El azar y viceversa.
Fuente: https://www.juntadeandalucia.es/cultura/caletras/autores/felipe-benitez-reyes
POEMAS
El artificio
Un punto de partida, alguna idea
transformada en un ritmo, un decorado
abstracto vagamente o bien simbólico:
el jardín arrasado, la terraza
que el otoño recubre de hojas muertas.
Quizás una estación de tren, aunque mejor
un mar abandonado:
Gaviotas en la playa, pero quién
las ve, y adónde volarán.
Y la insistencia
en la imagen simbólica
de la playa invernal: un viento bronco,
y las olas llegando como garras
a la orilla.
O el tema del jardín:
un espacio de sombra con sonido
de caracola insomne. Un escenario
propicio a la elegía.
Unas palabras
convertidas en música, que basten
para que aquí se citen gaviotas,
y barcos pesarosos en la línea
del horizonte, y trenes
que cruzan las ciudades como torres
decapitadas.
Aquí
se cita un ángel ciego y un paisaje
y un reloj pensativo.
Y aquí tiene
su lugar la mañana de oro lánguido,
la tarde y su caída
hacia un mundo invisible, la noche
con toda su leyenda de pecado y de magia.
Siempre habrá sitio aquí para la luna,
para el triunfante sol, para esas nubes
del crepúsculo desangrado: metáfora
del tiempo que camina hacia su fin.
La música de un verso es un viaje
por la memoria.
Y suena
a instrumento sombrío.
De tal modo
que siempre sus palabras van heridas
de música de muerte:
Gaviotas en la playa…
O bien ese jardín:
Todo es de nieve y sombra,
todo glacial y oscuro.
El viento arrastra un verso
tras otro, en esta soledad. Arrastra
papeles y hojas secas
y un sombrero de copa
del que alguien extrae
mágicamente un verso
final:
Una luz abatida en esta playa.
Y hay un lugar en él para la niebla,
y un cauce para el mar,
y un buque que se aleja.
En cualquier verso tiene
su veneno el suicida,
su refugio el que huye
del hielo del olvido.
Puede
cada verso nombrar desde su engaño
el engaño que alienta en cada vida:
un lugar de ficción, un espejismo,
un decorado que
se desmorona, polvoriento, si se toca.
Pero es sorprendente comprobar
que las viejas palabras ya gastadas,
la cansina retórica, la música
silenciosa del verso, en ocasiones
nos hieren en lo hondo al recordarnos
que somos la memoria
del tiempo fugitivo,
ese tiempo que huye y que refugia
-como un niño asustado de lo oscuro-
detrás de unas palabras que no son
más que un simple ejercicio de escritura.
De «Sombras particulares» 1992
Habitaciones prestadas
Era un sonar de llaves indecisas.
Un ruido profundo de ascensores;
inquietados huéspedes de aquellos edificios
de la periferia, dorados por la tarde.
Era buscar a ciegas
interruptores de luz, como quien busca
en esas bibliotecas truculentas
el secreto resorte
que conduce a la cámara privada,
al sitio inconfesable. Era el olor
de sábanas extrañas, y el olor
desconsolado de los cuartos
de huéspedes, con libros y revistas
de desecho. Era
vestirse con el frío. Salir de allí
de nuevo como extraños.
Más unidos, en fin, por una sombra.
El amor tiene ahora en el recuerdo
olor a cuartos húmedos
y el sonido furtivo de una puerta al abrirse.
El símbolo de toda nuestra vida
Hay noches que debieran ser la vida.
Intensas largas noches irreales
con el sabor amargo de lo efímero
y el sabor venenoso del pecado
-como si fuésemos más jóvenes
y aún nos fuese dado malgastar
virtud, dinero y tiempo impunemente.
Debieran ser la vida,
el símbolo de toda nuestra vida,
la memoria dorada de la juventud.
Y, como el despertar repentino de una vieja pasión,
que volviesen de nuevo aquellas noches
para herirnos de envidia
de todo cuanto fuimos y vivimos
y aún a veces nos tienta
con su procacidad.
Porque debieron ser la vida.
Y lo fueron tal vez, ya que el recuerdo
las salva y les concede el privilegio de fundirse
en una sola noche triunfal,
inolvidable, en la que el mundo
pareciera haber puesto
sus llamativas galas tentadoras
a los pies de nuestra altiva adolescencia.
Larga noche gentil, noche de nieve,
que la memoria te conserve como una gema cálida,
con brillo de bengalas de verbena,
en el cielo apagado en el que flotan
los ángeles muertos, los deseos adolescentes.
De «Los vanos mundos»

