Una semana, un poeta, dedicada a Eladio Cabañero

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Esta semana, en Una semana, un poeta, recordamos a Eladio Cabañero (Tomelloso, 1930 – 2000), poeta manchego cuya obra unió el mundo rural y la emoción urbana con una voz de hondura humana y social. De formación autodidacta, trabajó en la Biblioteca Nacional y fue redactor jefe de La Estafeta Literaria. Entre sus libros más destacados figuran Desde el sol y la anchura, Una señal de amor y Marisa sabía y otros poemas. Su poesía, cercana y sincera, sigue siendo una de las más queridas del panorama español del siglo XX.

Eladio Cabañero

Eladio Cabañero Fotografía tomada de BIng, con fines culturales.


ELADIO CABAÑERO

Biografía


Eladio Cabañero nació en Tomelloso, Ciudad Real, el 6 de diciembre del año 1930. Durante su niñez y primera juventud trabajó en el campo y en la albañilería, junto a muchos de los protagonistas de sus poemas. De formación autodidacta, tras haber publicado su primer libro de poemas llegó a Madrid en 1956. Estuvo empleado en la Biblioteca Nacional durante doce años y diez en la editorial Taurus. Fue redactor Jefe de la Estafeta Literaria y de Nueva Estafeta hasta su desaparición. Ha colaborado en diarios, revistas, radio, y otras publicaciones, así como jurado en diversos premios literarios nacionales.
Impulsor desde sus orígenes del Concurso literario «Fiesta de las Letras Ciudad de Tomelloso», el Premio de Poesía de este Certamen, de ámbito nacional, lleva su nombre.
El 24 de Febrero de 2000 el pleno del Ayuntamiento de su ciudad natal, acuerda concederle la Medalla de Oro de la ciudad, así como dedicarle la 50ª edición «Fiesta de las Letras Ciudad de Tomelloso»
Murió el 22 de Julio de 2000, descansando para siempre en Tomelloso, la ciudad que tanto quiso.


PREMIOS


Entre los más importantes que ha obtenido podemos señalar el «Juventud» por el poema El Pan; el «Gabriel Miró» por el Soneto del Mar; el accésit al «Premio Adonais» con el libro Una señal de amor; el «Nacional de Literatura» por el libro Marisa Sabia y el «Premio de la Critica» del año 1970, otorgado al conjunto de su obra poética recogida bajo el título Poesía, 1956-1970.


OBRAS


Desde el sol y la anchura, Una señal de amor, Recordatorio, Marisa Sabia y otros poemas.
Publicó varios artículos en la prensa y los ensayos Sobre Poesía, 1963 y Sobre el Paisaje Manchego, 1968.
En el año 2002, el Ayuntamiento de Tomelloso con la colaboración de la Excma. Diputación de Ciudad Real, publicó la obra Poesía reunida integrada por toda la obra del autor.

Fuente: https://www.tomelloso.es/articulos/eladio-cabanero

POEMAS

Bien sabes tú que hay alguien que se encarga…

Bien sabes tú que hay alguien que se encarga
de empozar ríos y amargar los mares,
alguien que punza y mezcla en los cantares
el brillo horrible, el ¡ay! de una descarga.

Así nos van las cosas… A la larga
el amor se retira a los lugares
donde el tiempo a la nada erige altares
y la vida a la tuera más amarga.

Sólo los vencedores del olvido,
los que no besan nunca, los que callan
entre puertas del llanto y de la muerte

ellos tan sólo aguantan encendido
su corazón, mientras que a mí me estallan
las venas en relámpagos, sin verte.

Marisa Sabia y otros poemas, 1963


Carta

 A ti, allá en nuestro pueblo

Por el aire los pájaros tan sólo
van,
por el día las nubes siguen
remando cielo, lentas, como brazos abriéndose,
pero una carta vive en las cenizas
y en el escombro liso de los ojos.

Pienso en papeles blancos, dóciles,
busco claras palabras que decirte
en los oídos
ahora que un viento breve se enredará en tus manos,
manos que se reposan en las cosas
que tocas como el golpe de la nieve,
los manejables nombres:
carta de amor, manzana,
vaso de agua cerca de los labios, cosas
que amas y bendices
sus más felices formas allá lejos.

Llega un cometa tuyo y familiar
mientras escribo,
reluce rápido, toca mis rodillas
y tiemblo
como un parque al cumplir un nuevo otoño.
Mientras escribo ensancho la memoria,
me voy allá hasta el pueblo por el campo
con casas pequeñísimas y barbechos en fondo,
con arados allá a vista de pájaro,
-arados escribiendo a Dios derecho-
me entro por las viñas vareadas,
por patios blancos, limpios,
cubiertos con la parra y las bardillas,
entre mujeres, niños y gallinas,
carreteras que están quietas y llegan,
nubes que se despintan, sol que muere
igual que las bombillas de los pobres.

«Estoy aquí en Madrid con el otoño
y hasta que estén los ciervos de regreso
te espero;
no me atrevo a abrir puertas,
por si estás más hermosa temo verte.
¿Estás allí contándote milagros,
creyendo ver o viendo a Dios de súbito?
¿Sigues rezando
porque se estén las piedras quietas,
por la metralla nula y los cohetes
de las ferias pacíficas del pueblo,
pidiendo pan,
dando tu Padrenuestro a cada pobre
que aprendió a ser ateo y pasar hambre?
Tú estarás siempre por la luz del pueblo
mirando hacia el destino alto del humo,
al lento repetirse del aire en los tejados.
Yo estoy aquí sin ruido y sin quejarme,
sin este hermoso octubre en tus aceras
ni el horizonte aquel o de un analfabeto;
aquí estoy
viendo el viento que arrastra los papeles
humildes por las calles,
a punto de estar solo para siempre.»

Bendito sea el camino
por donde van los pájaros tan sólo,
alabada seas tú
porque sabes vivir a pecho abierto,
porque sabes estar con las espigas
con lo difícil que es mirar el trigo.
Alabada seas siempre,
lucientemente hermosa,
andando por tu casa de tareas
cantando con las manos ocupadas,
que bien estás soñándote
primera predilecta de la Virgen,
puesta en medio de muchos resplandores.

Qué hueco más profundo es la esperanza,
qué cubicado modo de quererte
estar aquí pensando:
«tengo que reunir unas palabras
para escribir lo poco que le escribo».
Termino ya, mi amiga, temo hablarte
de tantas cosas tuyas;
desde aquí
siento cómo el cartero del silencio
deja un ídolo humilde entre tus manos
hecho de la madera de algún chopo.

«Una señal de amor» 1958


Tú y yo en el pueblo…

Es todo bien sencillo. Nuestro pueblo
con sus tejados, sus barbechos surtos
en la orilla del campo, el sol colgante,
la torre de la iglesia, nuestras casas,
ya estaban desde siempre por lo visto.
Todos estaban antes, ¡qué sencillo!
Nuestros padres, los suyos, los parientes,
aquí estaban; las viñas daban fruto
al cobijo del llano, hacia septiembre;
explotaban de rojas las sandías
y los membrillos lo aromaban todo
mientras el vino nuevo ardía en las cuevas,
en las tinajas roncas y en los cántaros,
y no habíamos nacido, compañera.

Nunca se tuvo la fe suficiente
para entender a un niño. Por entonces
la vida estaba azul para nosotros.
Oh niña dulce en Tomelloso aquella,
qué tiernecito corazón el tuyo
mientras la guerra… Huelo aquellos años
como el mejor perfume. Ángel nacido
que fuiste tú, y yo el muchacho serio
que, sin saberlo, yendo por las calles
pasa frente a tu puerta y te conoce.
Ah tiempo recordable, sombra izada
como un mal sueño en nuestra juventud,
¿todo ha sido verdad? Qué gran sospecha
nuestra vida pasada allá en el pueblo:
sus fiestas de guardar, sus romerías;
las ferias de septiembre (cuando llevan
los viñeros, los pobres, a sus hijos
Con los zapatos nuevos, que no pueden
andar, ilusionados…); los inviernos
con nieve y con amigos que regresan ;
el pueblo con gramberros por las calles,
gamberros como hermanos, cariñosos,
bromistas del petardo y de los dichos
gordos y hasta poéticos a veces.

Puestos a recordar, hemos venido
de visita a este mundo insatisfecho.
En las tardes del pueblo, sueño que urde
la lejanía en soledad del mundo,
hemos amado tanto en otros seres,
en años, quizá siglos, tantas veces
te miré ensimismado, emocionado,
que hoy ya no es necesario, compañera,
amor mal recobrado, que te diga
cuánto te quise en nuestro pueblo, a solas.

Recordatorio, 1961


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