Una semana, un poeta | Constantino Cavafis

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La poesía de Constantino Cavafis transformó la historia, el deseo y la memoria en una de las voces más singulares de la literatura universal. Desde Alejandría, construyó una obra breve y profunda que sigue dialogando con el lector contemporáneo por su lucidez, su ironía y su inconfundible humanidad.

Ilustración editorial creada con inteligencia artificial para la sección Una semana, un poeta de la Revista GAFE. Inspirada en el universo literario de Constantino Cavafis y en la ciudad de Alejandría. No representa un retrato documental del autor.

Ilustración editorial creada con inteligencia artificial para la sección Una semana, un poeta de la Revista GAFE. Inspirada en el universo literario de Constantino Cavafis y en la ciudad de Alejandría. No representa un retrato documental del autor.

Constantino Cavafis

Hay poetas cuya obra trasciende el tiempo porque nunca deja de interpelar al ser humano. Constantino Cavafis (Alejandría, 1863-1933) pertenece a esa estirpe de escritores cuya voz continúa iluminando el presente con la misma intensidad con la que fue escrita.

Nacido en Alejandría, ciudad que marcaría de forma indeleble su imaginario literario, vivió también en Inglaterra y Constantinopla antes de regresar definitivamente a Egipto. Su experiencia cosmopolita, unida a su profundo conocimiento del mundo clásico y de la historia helenística, dio lugar a una obra de extraordinaria originalidad.

Cavafis publicó muy poco en vida y revisó sus poemas con un rigor casi obsesivo. El conjunto de su producción reconocida apenas supera el centenar y medio de composiciones, pero cada una de ellas refleja una depuración formal que lo sitúa entre los grandes renovadores de la poesía moderna.

Su universo poético transita tres grandes territorios: la historia, la reflexión filosófica y el deseo. En sus versos conviven emperadores derrotados, ciudades legendarias, jóvenes de belleza efímera, la memoria del amor y la conciencia del paso del tiempo. Alejandría deja de ser únicamente un lugar para convertirse en una metáfora de la identidad, la pérdida y la permanencia.

La poesía de Cavafis evita el exceso retórico. Habla con una aparente serenidad que esconde una intensa profundidad moral. Sus poemas invitan a aceptar la condición humana con dignidad, incluso cuando el fracaso, el deseo o la nostalgia forman parte inevitable del camino.

Esta semana, la Revista GAFE propone un recorrido por una selección de sus poemas, una invitación a descubrir —o volver a leer— a uno de los autores imprescindibles de la literatura universal.


POEMAS

A la entrada del café

Algo que dijeron al lado mío
dirigió mi atención a la entrada del café.
Y vi el hermoso cuerpo que parecía
como si el Amor lo hubiese forjado con su más consumada experiencia
plasmando sus armoniosas formas con alegría,
elevando esculturalmente la estatura;
plasmando con emoción el rostro
y dejando a través del tacto de sus manos
un sentimiento en la frente, en los ojos, y en los labios.

Versión de Miguel Castillo Didier


Candelabro

En una pieza vacía y pequeña, sólo cuatro paredes,
y cubiertas por telas íntegramente verdes,
está encendido un hermoso candelabro y arde:
y en cada llama suya se abrasa
una pasión lasciva, un impulso lascivo.

En la pequeña pieza, que brilla iluminada
por el fuego vigoroso del candelabro,
no es en absoluto usual esta luz que brota.
Para cuerpos sin audacia no está hecha
la voluptuosidad de este calor.

Versión de Miguel Castillo Didier


Cuanto puedas…

Cuanto puedas
Si imposible es hacer tu vida como quieres,
por lo menos esfuérzate
cuanto puedas en esto: no la envilezcas nunca
por contacto excesivo
con el mundo que agita movedizas palabras.

No la envilezcas nunca
en el tráfago inútil
o en el necio vacío
de los rostros diarios
y al cabo te resulte un huésped importuno.

Versión de José Ángel Valente


Deseos

Como hermosos cuerpos que murieron jóvenes
y fueron sepultados, con lágrimas, en rico mausoleo,
coronados de rosas y con jazmines en los pies,
así son los deseos que pasaron sin realización;
sin que ninguno sobreviviera una noche
de sensual deleite o una mañana de plenilunio

Versión de Eduardo López


El dios abandona a Antonio

Cuando, de pronto, a media noche oigas
pasar una invisible compañía
con exquisitas músicas y voces,
no lamentes en vano tu fortuna
que cede al fin, tus obras fracasadas,
los ilusorios planes de tu vida.
Como dispuesto de hace tiempo, como valiente, dile
adiós a Alejandría que se aleja.
Y sobre todo no te engañes: en ningún caso pienses
que es un sueño tal vez o que miente tu oído.
A tan vana esperanza no desciendas.
Como dispuesto de hace tiempo, como valiente, como
quien digno ha sido de tal ciudad, acércate
a la ventana. Y ten firmeza. Oye
con emoción, mas nunca
con el lamento y quejas del cobarde,
goza por vez final los sones,
la música exquisita de la tropa divina,
despide a Alejandría que así pierdes.

Versión de José Ángel Valente


En el puerto

Joven, de veintiocho años, en un barco de Tinos
llegó Emes a este puerto sirio,
con el propósito de aprender perfumería.
Pero en la travesía se enfermó. Y apenas
desembarcó, murió. Su entierro, muy pobre,
se hizo aquí. Pocas horas antes de morir algo
susurró sobre un «hogar», sobre «padres muy ancianos».
Pero quiénes eran ellos nadie lo supo,
ni cuál su patria en el vasto mundo panhelénico.
Mejor. Porque así mientras
yace muerto en este puerto,
siempre tendrán sus padres la esperanza de que está vivo.

Versión de Miguel Castillo Didier



En un viejo libro de hace casi cien años…

En un viejo libro de hace casi cien años,
entre las hojas olvidada,
encontré una acuarela sin firma.
Ha de haber sido obra de un poderoso artista
Llevaba como título: «Imagen del amor».
En un viejo libro

-Del amor extremadamente sensual, sería más preciso.

Porque era manifiesto al contemplarla
(en nada se ocultaba la intención del artista)
que al amor ejercido sanamente, dijéramos,
al amor más o menos permitido,
el joven del dibujo
no fuera destinado: con sus profundos ojos pardos
y la sutil belleza de su rostro,
la absorbente belleza de lo anómalo,
sus labios ideales
que entregan el placer a un cuerpo amado,
sus ideales miembros hechos para camas
que infames considera la ordinaria moral.

Versión de José Ángel Valente


Grises

Mirando un ópalo casi gris
recordé unos hermosos ojos grises
que había visto hará unos veinte años…

Nos amamos un mes.
Marchó después a Esmirna, creo,
a trabajar allí y no nos vimos más.

Se habrán empañado -si vive- aquellos ojos;
ajado estará aquel rostro hermoso…

Guárdalos tú, memoria mía, como eran.
Y cuanto de mi amor puedas, memoria,
cuanto puedas, tráemelo de nuevo
esta noche.

Versión de Pedro Bádenas de la Peña


He ido (otra versión)

No tengo ligaduras;
me abandoné del todo.
He ido en la noche iluminada
hacia goces que eran mitad reales
mitad elaborados por mi espíritu.
Y he bebido un vino fuerte
como beben aquellos
que se entregan valerosamente al placer.

Versión de Pedro Bádenas de la Peña


Los Dioses Abandonan a Antonio

Cuando de pronto, a medianoche, oigas
pasar el tropel invisible, las voces cristalinas,
la música embriagadora de sus coros,
sabrás que la Fortuna te abandona, que la esperanza
cae, que toda una vida de deseos
se deshace en humo. ¡Ah, no sufras
por algo que ya excede el desengaño!
Como un hombre desde hace tiempo preparado,
Saluda con valor a Alejandría que se marcha.
Y no te engañes, no digas
que era un sueño, que tus oídos te confunden,
quedan las súplicas y las lamentaciones para los cobardes,
deja volar las vanas esperanzas,
y como un hombre desde hace tiempo preparado,
deliberadamente, con un orgullo y una resignación
dignos de ti y de la ciudad
asómate a la ventana abierta
para beber, más allá del desengaño,
la última embriaguez de ese tropel divino,
y saluda, saluda a Alejandría que se marcha.

Versión de Aurora Bernárdez


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