Una semana, un poeta: Carlos Barral

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Carlos Barral, figura central de la Generación del 50, combina en su poesía la profundidad de la experiencia biográfica y civil, reflejando en sus versos la complejidad del hombre urbano y la introspección de una vida dedicada a las letras.

Foto: Elisa Cabot | Wikipedia

Foto: Elisa Cabot | Wikipedia


CARLOS BARRAL

Biografía

(Barcelona, 1928-1989)
Escritor y editor español. Como poeta, la suya es, junto a la de Jaime Gil de Biedma y José Agustín Goytisolo, una de las figuras centrales de la Generación del 50. Tras concluir sus estudios de derecho ingresó en el entramado de una industria patriarcal dedicada a las artes gráficas donde formó, con la colaboración del filólogo catalán Joan Petit, una pequeña editorial por la que inicialmente nadie apostaba. Sin embargo, en pocos años, Seix Barral llegó a ser una de las más prestigiosas de España y la de mayor proyección internacional.

Creó el premio Biblioteca Breve, que dio a conocer a escritores como Mario Vargas Llosa y Guillermo Cabrera Infante, y, en colaboración con doce editores europeos, el Prix International de Littérature y el Prix Formentor, otorgados ambos entre 1960 y 1967. A partir de 1969 fundó Barral Editores y creó el premio Barral de Novela.

En poesía, se dio a conocer con Las aguas reiteradas (1952), conjunto de sus primeros poemas. Metropolitano (1957) es un extenso poema unitario que aborda una visión global del hombre urbano.

Su poesía surge a partir de motivos de su experiencia biográfica y civil: Diecinueve figuras de mi historia civil (1961), Usuras (1965) e Informe personal sobre el alba (1970), luego recopilados en el volumen Usuras y figuraciones (1975), su obra poética casi completa. Años después apareció su último poemario: Lecciones de cosas (1986). Mención especial merece su traducción de los Sonetos a Orfeo de Rainer Maria Rilke.

Es autor, asimismo, de la novela Penúltimos castigos (1983) y de los libros de viaje en catalán Catalunya des del mar (1982) y Catalunya a vol d’ocell (1985). Senador socialista durante los últimos años de su vida, su trabajo político contribuyó a valorar los derechos del escritor y del traductor, así como los intereses del mundo del libro en general.

Fuente: https://www.biografiasyvidas.com/biografia/b/barral_carlos.htm

POEMAS

A veces

A veces cuando era
temprano todavía para verte
o cuando la ventana
se abría a la distancia y al sonido
de tanto hierro puesto y tanta arena
que cruje a tierra extraña en los caminos
remoto a la esperanza
me volvía a aquel sitio en que dejamos
las soledades juntas y las voces.

Te hallaba limitada
de corazón disperso y de alegría
por todos los costados y flotando
en la noche segura y abundante
que nunca se consuma.

Sin embargo a lo lejos
tan pronto me acogías con los nombres
de las cosas comunes, en sigilo
sentía que tu isla no estaba ya a mi alcance.

Entonces por entero
reincorporado al límite del cuerpo
volvía a la certeza de la espera.

Baño de doméstica

Entonces arrojaba
piedrecillas al agua jabonosa,
veía disolverse
la violada rúbrica de espuma,
bogar las islas y juntarse, envueltas
en un olor cordial o como un tibio
recuerdo de su risa.

¿Cuántas veces pudo ocurrir
lo que parece ahora tan extraño?
Debió de ser en tardes señaladas,
a la hora del sol,
cuando sestea la disciplina.

En seguida volvía
crujiendo en su uniforme almidonado
y miraba muy seria al habitante
que aún le sonreía
del otro lado de la tela metálica.

Vaciaba el barreño
sobre la grava del jardín.

Burbujas
en la velluda piel de los geranios…

Su espléndido desnudo,
al que las ramas rendían homenaje,
admitiré que sea
nada más que un recuerdo esteticista.
Pero me gustaría ser más joven
para poder imaginar
(pensando en la inminencia de otra cosa)
que era el vigor del pueblo soberano.

Exterior del gato

Ser el gato,
hacer un esfuerzo y ser el gato
transitorio del alba y en la cumbre
del mundo transitado, y presumible.

Ser por fuera del gato todo el gato posible
después del atigrado resplandor de la noche
última y la pasmada contracción felina.
Comenzar en el zinc al borde de las uñas,
en el cielo que escurre el canalón vacío
y en la flor espectral que crece entre las rejas.

El gato que despierta paso a paso las viejas
miserables espaldas de fábrica baldada
y el aire algodonoso de las ramas al suelo
y la tierra afeitada del muro hasta el camino
y hasta el bidón sonoro que su peso estremece.

Ser gato por fuera y tan cabal. Parece
que el mundo quepa dentro de esta pausa ondulada
precisa como un astro, que te llama
y a quien no negarás el pararte desnuda
donde nadie hubiera imaginado

aurora sobre el muro desconchado,
alba rosada sobre el gris de un gato,
con las puntas nocturnas de los pechos
apuntando a esos hombres cavilosos
que llegan tan despacio, pisando en las afueras.

Porque conocía el nombre de los peces…

Porque conocía el nombre de los peces,
aún de los más raros,
y el de los caladeros, y las señas
de las lejanas rocas submarinas,
me dejaban revolver en las cestas,
tocarlos uno a uno, sopesarlos,
y comentaban conmigo abiertamente
las sutiles cuestiones del oficio.
Porque entendía de nudos y de velas
y del modo de armar los aparejos,
me llevaban con ellos muchas veces;
me regalaban el quehacer de un hombre.
Sentía con orgullo
enrojecérseme las manos al contacto del cáñamo,
impregnarme
un fuerte hedor a brea y a pescado.
Sabía casi todo de aquella vida simple,
de aquel azar diario y primitivo.

Sólo que aquella ciencia era lujosa.
No supieron contarme
o no pude entender cómo era aquello
en los días peores, las amargas
semanas de paciencia,
cuando el viento del norte
roe las entrañas y se harta la pupila
de escudriñar los cielos,
en los días confusos,
cuando el mar de borrosos contornos
es sólo como un cascote de vidrio
semienterrado en el fango,
un desagradable incidente o una trampa
para los que pasan corriendo
ciegos bajo la lluvia.

Ternura de tigre

La lengua sobre todo, afectuosa,
áspera y cortesana en el saludo.

Las zarpas de abrazar, con qué cuidado,
o de impetrar afecto, o daño, a quien lo doma.

La caricia con uñas, el pecho boca arriba
para mostrar el corazón cautivo.

La piel toda entregada, la voz ronca
retozando en su jaula de colmillos,
y los ojos enormes, de algas, sonriendo
a la muerte inmediata
a que fue sentenciado.

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