Una orfandad de cuatro madres, por Iván Cabrera Cartaya

Como cualquiera, hijos de muchas sangres y viajes azarosos, tanto a los mejicanos como a los canarios, la historia y su dinamismo conflictivo nos impuso, tras la conquista castellana y su panoplia de cruces y espadas, madrastras fatales contra las que crecimos desconsolados y a la intemperie, huérfanos de cualquier afecto y reconocimiento: la Malinche (Malintzín, Malinalli, Tenepal o “doña Marina”) y Beatriz de Bobadilla, la intérprete náhuatl, políglota, consejera y esclava de Cortés, y “la cazadora”, la esposa de Hernán Peraza “el joven”, la posible amante de Fernando el Católico y de Cristóbal Colón…

UNA ORFANDAD DE CUATRO MADRES

por Iván Cabrera Cartaya

Como cualquiera, hijos de muchas sangres y viajes azarosos, tanto a los mejicanos como a los canarios, la historia y su dinamismo conflictivo nos impuso, tras la conquista castellana y su panoplia de cruces y espadas, madrastras fatales contra las que crecimos desconsolados y a la intemperie, huérfanos de cualquier afecto y reconocimiento: la Malinche (Malintzín, Malinalli, Tenepal o “doña Marina”) y Beatriz de Bobadilla, la intérprete náhuatl, políglota, consejera y esclava de Cortés, y “la cazadora”, la esposa de Hernán Peraza “el joven”, la posible amante de Fernando el Católico y de Cristóbal Colón… No dudo de que las anécdotas e imágenes que las crónicas nos dejaron de ellas están teñidas de un machismo ácido y muy tendencioso que ha marcado sus figuras hasta hoy, como tampoco que podríamos, al menos en Canarias, pensar en otras madres y madrastras frustradas o potenciales: desde la princesa Ico, que gracias a una esponja humedecida salió victoriosa del cuarto de humo de nuestro protomachismo o protonacionalismo neolítico, pasando por la princesa Dácil que cantó Antonio de Viana.

Esas madres, igual que los adelantados Hernán Cortés o Alonso Fernández de Lugo, son, como los del Callejón del Gato, espejos deformadores o de mucha niebla que no miramos con placer, antepasados impuestos e incorregibles que no aceptan muerte ni olvido y que se nos ponen siempre delante, en cada esquina, entre el desconcierto y el desencanto, para recordarnos que somos hijos de la derrota y la victoria, el colonialismo, la esclavitud, la violencia, la contradicción, el comercio, la incertidumbre, el remordimiento y el mar… hijos de la modernidad y no de las supersticiones y terrores medievales, sino de una tierra plana que se alza y se abraza a sí misma, haciéndose redonda, global, y donde todo comienza a circular sin fin para que nada esté ocluido ni quede incontaminado. Por eso, en ambas tierras y en un momento propicio para ello, la religión propuso a la Virgen de Guadalupe y a la de Candelaria: pureza y fe para sanar con fervores y nuevas clausuras, esta vez mentales, las arbitrariedades conductoras de la historia y sus demonios. Tal vez la verdad tenga tantos nombres como la Malinche o ni siquiera exista y sólo tengamos, como en “Rashomon” y como pensaba Nietzsche, versiones interesadas de los hechos.

¿Religión o historia? En Canarias no le hemos acuñado ningún sentido a un posible Bobadillismo, pero en México no hay nada peor que ser acusado de malinchista. Yo estoy con Rosario Castellanos y las feministas mejicanas de 1960 que interpretaban a Malinalli como víctima y no como traidora: ¿Tuvo ella en el siglo XVI el poder y la independencia para traicionar, una mujer que, siendo muy joven, fue vendida y regalada varias veces antes de caer en manos de Cortés, quien la usaría a su antojo mientras le fue útil? No sé si esa sustitución de vírgenes purísimas, idealizadas, por mujeres sacudidas por poderes imperiales y machistas ha remediado nuestro sentimiento de orfandad, ni sé si la historia, por terrible que sea, es peor madre que la fe, tan caprichosa y sangrienta y aún más inflexible que la primera. Tampoco sé si hemos dejado de ser demasiado maniqueos cuando examinamos nuestro árbol genealógico y escogemos las ramas que nos gustan más; pero operando con la frustración y la impotencia de no poder separarlas de aquellas que negamos o de las que nos avergonzamos. Sólo espero que ese rencor y su memoria de daños e injusticias no sea lo único que nos mantenga vivos y unidos. Creo que no.

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