Una instantánea es como una lágrima de Dios, por Diego Niño

Reseña de la novela El hombre de la cámara mágica de Pedro Badrán. Literatura Random House. 2015. 232 páginas

El hombre de la cámara mágica explora el aura de los espacios: la arena que se filtra en el piso de madera, la marca de labial en un vaso de agua, el tizne en las paredes, la mochila colgada detrás de la puerta, la cama destendida después de una noche de pesadillas, el ventilador oxidado, la marca que deja la puerta en el piso de madera. Esas huellas que dejamos en nuestro tránsito por el planeta. Huellas que se multiplican en un hotel en el que se hospedan hippies, turistas, malabaristas, excursiones de colegios, abogados venidos a menos, guionistas y artistas de todos los calibres y pelambres.

Entre los visitantes del hotel está Tony Lafont, un hombre que no es hombre sino un conjunto de fotografías: “Yo soy yo y mis instantáneas; todo el universo cabe en un hotel y todo el hotel cabe en una Polaroid”. Tony nos advierte que no estamos frente a un hotel sino a la representación del universo en el que los planetas se deslizan bajo la puerta y las galaxias reposan en las maletas. Aunque puede que se trate de un universo más casero, menos sideral: la Colombia de los años setenta, que es como si se dijera de la Colombia de cualquier época, porque este país está empantanado desde antes de que los españoles pisaran estas tierras agrestes.

Incluso puede que se trate de la Colombia de los asesinatos: “Habitación 204 a las cinco y veinte de la tarde: hace más de cuatro años, en esta pieza, mataron a un huésped llamado Gerardo Ortiz, sindicalista santandereano de 45 años, gordo, calvo y bigotudo. Ortiz venía huyendo desde Barrancabermeja […] El hombre que lo mató fue directo a su habitación, luego de que Terry Bolaños le indicara el número. La puerta estaba abierta. Los primeros tres tiros fueron consecutivos. El cuarto demoró un poco más, como si el asesino se hubiera tomado su tiempo para rematarlo”.

La atmósfera se compacta, pero no pierde luminosidad gracias a que la prosa de Pedro Badrán es luz que se trepa al muro con Maribel Delgado. El objetivo es que la densidad sea otro elemento de la metáfora del hotel que representa a la Colombia de presidentes cuyos apellidos se repiten a través de la historia. El hotel es el país y los huéspedes somos nosotros, los soñadores, los desorientados, los perdidos. El hotel es el país devorado por la pernicia y la intransigencia: “Este hotel tenía que acabarse, sólo que hay agonías demasiado largas, se van a un extra inning que se prolonga y se prolonga, y lo peor es que el juego ya no tiene ninguna emoción, uno se aburre, bosteza con más sueño que hambre. Esas cosas no suceden de un día para otro, son así, como una enfermedad en la que el paciente ni se mejora ni se muere”.

Diego Niño

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