Un momento de invierno para Robert Walser. Por Antonio Arroyo Silva

Abrimos el número de invierno de la revista GAFE. El invierno es la estación del frío; y este, el mayor temor de la humanidad. Pero, al mismo tiempo, es la mejor manera de convocar a la gente ante el fuego y de compartir ese calor tan necesario para las relaciones entre las personas.

UN MOMENTO DE INVIERNO POR ROBERT WALSER

Entro en el frío, más allá de la estación. Voy con una costra de verano sobre la piel y entro ignorando de la misa la mitad, en busca del frescor a mediodía. Conozco el ritual de las moscas durmientes, vierto el azúcar sobre el mantel por si despiertan al menos las hormigas. Pero las hormigas solo vagan por la escritura y no les atrae el dulzor de una mesa dispuesta.

Entra el frío en estas páginas de melancolía. Ese estado entre el júbilo y la extrema tristeza viene en el sonido del silencio. Simon & Garfunkel suenan en la gramola: «Hola, oscuridad, vieja amiga. Vengo a hablar contigo otra vez». Yo desconfío de la nitidez de los campos nevados, de los dioses de neón y el asentimiento de boca para afuera de los silenciosos. Salgo del frío con ustedes que suenan a dúo en la canción.

Le decía Robert Walser a su amigo Carl Seelig que las cosas cotidianas son lo bastante bellas y ricas como para poder sacar de ellas chispazos poéticos. Paseo por las calles de este invierno del brazo de una luciérnaga blanca. Llegamos a los árboles negros que se alzan de la nieve como incólumes campanarios. Nada más que una pradera, un bosque, algunas casas apacibles para estar contento. He ahí una nueva forma de escritura que me ha llevado a este sanatorio psiquiátrico de Herisau en el cantón de Appenzell Ausserrhoden. Escribir con los pies, sin el entendimiento. Las personas que sufren visitan los bosques, sobre todo en invierno.

El ejercicio de la memoria es inútil para alguien sin atributos. Ser nadie—decía—, pero absolutamente nadie en la blancura del llano. Un cero a la izquierda: tener que ser excede los límites de mis fuerzas. Abdico del individuo que soy, me quedo en el extrañamiento desaforado y me rindo a la obediencia de la multitud para ser nadie. Para estar en las antípodas del todo y no ser suma sino resta. Un no yo del frío. Un gafe absoluto.

Entre los chopos, los candelabros negros de los chopos ya sin ramas que bordean el camino, olvidarse de andar. Lo firman Robert Walser & «i suoi traduttori traditori».

En algún instante del crudo invierno todos debemos buscar las reliquias sagradas de Robert Walser para ser libres.

Abrimos el número de invierno de la revista GAFE. El invierno es la estación del frío; y este, el mayor temor de la humanidad. Pero, al mismo tiempo, es la mejor manera de convocar a la gente ante el fuego y de compartir ese calor tan necesario para las relaciones entre las personas.

Lo que en principio nos parece gafe resulta que es la mejor manera de crear juntos, al socaire del calor del fuego y el calor humano. De hecho así surgieron las mejores historias que los seres humanos hayan concebido y ahí están en la bruma de la leyenda y en el fulgor de la imaginación. Al soco del frío incluso surgió el mayor instrumento de comunicación de la humanidad: el lenguaje y, con él, podemos ir más allá de la cruda realidad que nos rodea.

En Canarias no sentimos frío, sentimos pelete. Y cuando decimos que hace un viruje tremendo, eso quiere decir que la temperatura ha bajado de los 15 grados. O sea, realmente no tenemos esos inviernos rigurosos. Todo lo más, cuando nieva en el Teide o en las cumbres de nuestras islas y, entonces, el viruje baja a las medianías y a las costas.

Siempre estará la eterna literatura de Robert Walser, el que dejó su huella en la página blanca de la nieve, el primer gafe declarado de la historia del pensamiento literario que. al calor de la hoguera, nos ilumina.

Nos espera un largo invierno y un número esperemos que también largo y lleno de creatividad. No dejen de ser gafes.

Antonio Arroyo Silva

21 de diciembre de 2022

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