Todos los mares llevan a Virginia; por Alma Karla Sandoval

Este 25 de enero, Virginia Woolf cumpliría años. En esta entrega, Alma Karla Sandoval envía un cuento que es una carta apócrifa del suicidio de la inolvidable escritora inglesa.

Esta es la carta que no encontrarás, Leonard, dejé una donde te digo que sólo pude ser feliz a tu lado. Así debía ser para honrar tu compasión, tu fuerza ante las voces que ya no podía dejar de escuchar o las visitas del mismo arlequín que veo por las mañanas en el pasillo de la biblioteca. Sí, querido, debía decirte algo más bello que una frase con la cinta de la gratitud antes de tomar la decisión, de negarme un nuevo otoño con castañas y hojas de oros tristes, ambivalentes, para la nieve de enero. Tenía que ser cortés en aquellas frases, escribir para tu calma. Mi realidad es otra. Cada segundo trae consigo un poco de mal. El tiempo no es bueno y la vida que él nos arranca con todo y sus días luminosos, nunca nos compensa. Ay, Leonard, fuiste necio. Ayer te vi llorar porque hace mucho que no quiero recibir a nadie ni comer normalmente. Pero por la tarde me reconfortó ver la mirada de la enfermera Loise que ha venido a cuidarme y consolarte con sus finas maneras. Si te postraras ante sus ojos de venado tal vez serías feliz.

Mira, tú si lograste darme un trago de esa bebida dulce que es la dicha. En cambio, yo te hice probar todos los venenos de lo que llaman mi locura y que no es otra cosa más que una sucesión de tropiezos mentales que nunca pude alejar. Lo diré con más elegancia, lo que no pude apartar fue una secuencia despavorida de aves negras siempre sobre el cielo de nuestra casa. Soñaba mucho con ellas y en varias ocasiones me desperté para abrazarte antes de que me atacaran. Ahora vienen por mí y no duermo, Leonard, no podría con esta lucidez total. Como siempre estoy escribiendo junto a la ventana y las parvadas se acercan. Calculo que para la tarde ya estarán aquí, contigo, porque habré de impedirles que me lleven si me acurruco en el río. Me gusta pensar en el canto de las aguas como una tumba que corre, que no permanece escondiendo en su entraña unos cuantos huesos que tampoco quise. El agua es como yo, nunca la misma, rápida o lenta según el ímpetu del mar. No te pido perdón, aunque entenderás en este documento que me apena mucho no poder envejecer acariciando tus arrugas o lanzando monedas a fuentes mágicas. Yo no soy un ser afortunado. Siempre estuve atada a una condena ardiente, al miedo a la verdad, igual que mi madre. Nací con hilos negros por venas. Así que es cierto lo que muchos te han dicho, no se puede perder el tiempo tratando de regresar a este mundo a una mujer extrajera ahí en tu realidad. Tenían razón esos cocodrilos que hay en tu familia. Tampoco mintieron los espantapájaros llamados críticos.

Estarás bien, Leonard, como el recuerdo opaco que será esta fecha y las flores que estén a la par de mi apellido en algunos cuadernos. Esta mañana, convencida de lo que haré, estoy en paz. Deberías verme así y abrazarme, despedirme contento, pero no es tu naturaleza. Para mí siempre tuviste eternidad y detesto esa palabra. Un beso limpio, aunque algo salpicado de llanto al recordar tu boca en la primera vacación, cuando te quise. Si por casualidad encuentras esta página, convéncete de que escuchaba a los pájaros cantar en griego. Debía marcharme.

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