Tienes que leer a los rusos; por Alma Karla Sandoval

Alma Karla Sandoval rememora las visitas al departamento de Elena Garro un poco antes de que la autora de ‘Los recuerdos del porvenir’ muriera.

Elena Garro con su hija Helena Paz

“Contar lo de Elena Garro”, dice la nota que evade. La persigue ese sol de mediodía un viernes de junio hace más de dos décadas. No puede escribir un libro por encargo. Se atrasó desde hace dos meses. Ahora recuerda que entonces iba sudando porque cargaba una mochila con varios libros. Preguntó en el Instituto de Cultura la dirección de cierta escritora. “Estoy haciendo mi tesis sobre ella”, pronunció la mentira con tal seguridad que le escribieron en un post-it la calle y el número. Tomó un taxi. Se bajó antes. No daba con el edificio. “Vive con su hija en un departamento”, le explicaron. El sol era un castigo o un cruce de paso. Tenía sed. Aún vive a una hora y media de Cuernavaca, la ciudad donde la autora de Los recuerdos del porvenir resistía al enfisema.

–¿Sabe dónde vive la escritora Elena Garro? –le dijo a la primera persona que pasó.

–¿La loca de los gatos?

–Ajá.

–Pues mire, no anda lejos. Doble a la derecha en la esquina que viene, en un edificio blanco con barandales negros. Suba las escaleras y donde apeste a orines, ahí es.

–Gracias.

Antes de llegar el hedor era, efectivamente, insoportable. Dos hileras de transportadoras felinas estaban acomodadas en el pasillo. Se preguntó si esos serán los dormitorios de las mascotas. Contó quince. Llegó a la puerta que tenía un mosquitero. Tocó con el puño, no habría timbre. Saludó con un “buenas tardes nervioso, agudo”. Se asomó una mujer vestida con una vieja bata rosa. Cabello corto, entre rubio y cano. Ojos grandes, ojeras violáceas. Un cigarro en la mano. La joven comentó que estaba haciendo una investigación sobre sobre la Garro.

–Es usted su hija, Elena Paz, ¿cierto?

A la mujer le gustó el respeto, ¿o la devoción?, que la estudiante profesaba, así que la dejó entrar en ese horno donde parecían cocinarse pelos de gato y volutas de humo. Era otra dimensión.

Al fondo de la sala había un sofá donde una anciana en los huesos también fumaba Benson mentolados. A su lado, dos tanques de oxígeno. Recibía aire por la tripa de plástico en los orificios de la nariz y exhalaba aire azulado por una boca de labios transparentes. Elena Garro se inquietó al escuchar las voces. La muchacha se acercó con miedo, muy nerviosa. La narradora la estudió con los ojos apagados. La hija le dijo que era una estudiante con muchos deseos de conocerla. Lo que siguió fue una charla algo difícil. Madre e hija se quejaban: “Esto es una crujía, el calor nos mata”, repitieron. Y sí, ambas se parecerían las brujas de Macbeth y sí, Carlos Fuentes tenía razón: eran gemelares esas dos Helenas que huyeron del mundo para vivir como se les pegó la gana. Pero eso no lo sabrá la joven aterrada por los gatos que la olfatearon, en particular uno enorme, blanco y negro, que se le subió en las piernas y le rascó el pantalón. “Pancho, ¡estate quieto!”, le ordenaron. Otros más ronroneaban en la estancia. “Les gustas, eso está bien”, comentó sin dejar de fumar la Garro que cuestionó a la veinteañera:

–¿Sabes quién es el príncipe idiota?

La chica respondió sacando la novela de su morral en un pase mágico, en una pirueta de las coincidencias que sellará su destino. Colocó el libro frente a la narradora a quien los ojos se le encendieron. “Es una edición barata, Elena, búscale una de las mías”, se quejó. Minutos más tarde hablaron de otros escritores rusos. Dentro de una hora, Helena Paz levantará el colchón de su cuarto para mostrar las cartas amarillas que le mandaba Ernst Jünger. Cada rincón del departamento estaba sucio. Había dos pequeñas manchas de sangre en las sábanas color rosa de la cama. La hija de Paz leyó algunas cartas. La Garro cerró los ojos, “tienes que leer a los rusos”, insistió. La joven no sabía si preguntarle por Adolfo Bioy Casares. Tragó saliva. Le respondieron que hace por vendieron toda esa correspondencia. Informaron que no tienen suficiente dinero, que Octavio no les pasaba, que lo de lo del gobierno apenas si era suficiente para atender sus enfermedades con especialistas. Males por los que ese par tomaban medicamentos cada hora. Eran visibles los frascos en la mesa de centro, en la del comedor, en el alféizar de las ventanas. También encendedores. Fuego y aullidos. Palabras con erres que aún arrastraban un poco con ese dejo francés que también se abría como tulipán en la voz de Julio Cortázar. El tiempo transcurrió en un ambiente húmedo anunciando la tormenta que cayó por la noche, vaya bautismo, vaya purificación. Aquella fue la primera de varias conversaciones. La estudiante salió de ahí con la garganta rasposa, con más sed y sucia de pelambre felino, pero hechizada de por vida. Entendió que debía seguir leyendo a los rusos para aprender a mentir con más solvencia, es decir, aprender a forjarse una literatura sin la literatura que se lee de tercera o cuarta mano: una forma de estar en el mundo donde las palabras dicen más que las palabras porque les crece algo relampagueante entre las raíces. La estudiante se ha graduado sin saberlo esa tarde. A finales de los noventa del siglo XX aún no se leía ni se reconocía a Elena Garro como ahora, pero la joven la frecuentó hasta el final. Pocos meses más tarde, con herencia siberiana entre las manos, subrayó el futuro en un libro: Cartas del verano de 1926 donde dos rusos le escriben cartas a Rainer Maria Rilke. La joven quería responderles, inventar su propia novela. La literatura, cuando también es lumbre, se vuelve promesa que se cumple más allá de la competencia con los muertos.

Directora General Revista Gafe.info

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.