«The shadows», 1 relato de Iván Cabrera Cartaya

1 relato del escritor Iván Cabrera Cartaya en exclusiva para Gafe.info

Creo que, por entonces, si no recuerdo mal, no nos enterábamos de nada. Aquella tarde también estábamos huyendo a algún parque para no ir a casa ni a clase, y hacía ya frío en el aire rosado del atardecer. Estaban por encenderse las farolas o quizá ya lo habían hecho. Ansioso y nervioso por estar con ella, me puse a aparentar una calma mentirosa, llena de grietas mal pegadas, una calma parecida a un jarrón roto; pero demasiado querido para tirarlo. Estábamos fumando y yo a punto de ofrecerme a abrazarla cuando se me anticipó para hablarme de la casa, una casa de su familia, vacía, en reformas, y a donde podíamos ir para estar más tranquilos. La brisa me refrescó la cabeza. La noche estaba empezando a crecer detrás de los tallos de las flores y en los ojos de los gatos.

            Le dije que sí, por supuesto, y caminamos rápido hasta la parada de guaguas. Nos sentamos juntos, tan juntos que respiré su olor hasta que me dolió el pecho, como si lo bebiera, como si quisiera emborracharme de ese olor, de su risa, y de cada cosa que tuviera que ver con Bárbara. Cuando llegamos todo estaba silencioso y deshabitado, así que era cierto. Entramos en la casa, que parecía hablarnos al oído desde cada espejo y cada puerta. Alguien, a veces, pasaba con un perro por fuera y, desde las ventanas inmensas y pesadas, de viejas maderas, podía verse el mar bajo el acantilado rugiendo de pena como una fiera malherida. Fue entonces que oí a alguien en la calle diciendo: qué morena estás o qué pronto se hace de noche ahora. Una vulgaridad parecida.

            Y sí, de repente la luz se había empobrecido mucho. Bárbara tenía desperdigadas muchas cosas allí y las acaricié con los ojos antes de tocarlas. Mientras daba vueltas y bebía una copa de vino de su padre en aquel cuarto alongado sobre el mar, oí su risa fugaz por el pasillo y vi algo de la melena rubia que salía de una habitación para entrar en otra, semidesnuda. Dijo que iba a darse una ducha rápida y que pusiera un disco. Eran discos viejos, grandes, en los que hay que jugar con la pickup del gramófono y ser preciso para dar con el comienzo. Eran música y sentimientos ajenos, de otros, que ella y yo usurpábamos como en un juego: Frank Sinatra, Paul Anka, Elvis…

            Me apoyé en el alféizar de la ventana a seguir viendo el mar, rumiando, casi ajeno por un momento mientras volvía a fumar y a sorber mi copa. El ruido del agua de la ducha empezó a confundirse con el de las olas que rompían, y ambos a mojar la voz de Cliff Richard, el favorito del padre de Bárbara, cantando «We don´t talk anymore». Me puse, simplemente, a darle sorbos al vino como si hubiera bebido muchos a los dieciséis años, y a mirar la agonía del sol sepultándose detrás del horizonte, entrando en el zaguán de otro mundo, como una gran moneda amarilla que se escurría en el mar. Y entonces también oí el mar, la música, el agua de la ducha, la voz de Cliff, todo mezclándose y gritando de pronto, fingiendo un histerismo actoral, cómico, pasando de la suavidad al escándalo con un zumbido de borrachera leve, inicial en la cabeza.

            Bárbara salió blasfemando del baño, con solo una toalla alrededor del cuerpo mientras que con otra más pequeña se secaba el pelo:

            —¿Quién le habrá dicho al bobo de mi viejo que iba a hacer mal tiempo?, ¿no crees? Qué tonto, la verdad. Lee las noticias y se lo cree todo —dijo mientras yo me contuve antes de acompañarla en la burla.

            —No sé, sí, parece que está bueno. Casi podríamos ir a bañarnos.

            —No, ya es tarde. Pronto será de noche.

Estaban a mi espalda, ella y su voz; pero de pronto se pusieron entre el mar y yo. La luz del sol poniente, un poco de él, se metió en sus ojos y le daban un raro efecto amarillo-verde, verde-amarillo mientras me miraban fijamente y me sonreían con un placer propio, distinto al de la boca que siguió hablando. Se acordó de Morelia y de mis cartas clandestinas, de cuando hizo de mensajera entre nosotros meses atrás, quizá con rabia y con desdicha.

—Podríamos bajar a la terraza del bar y tomar algo. Invito yo —dije, queriendo convencer y suavizar.

Cuando habló de Morelia, las recordé a las dos o recordé que jugaban a básquet juntas y, en los vestuarios, por supuesto, ellas se cruzarían mojadas y desnudas, visiblemente cansadas por el esfuerzo del partido, harían bromas que yo no conocería nunca. La imaginación me excitó.

—Claro, podemos ir. Quizá aparezca ella —dijo ladeando un poco el rostro para ponerlo frente a las montañas que bajan hasta el acantilado y la carretera que se desliza sobre la playa igual que una cinta negra (como el disco viejo que seguía girando), ondulada, sobre la que tantos jóvenes ebrios y alegres habían dado un salto definitivo al paraíso o al infierno. Sus palabras me dolieron, eran como un puñal.

—No sé de qué hablas —dije, sin saber defenderme.

—Sí, sí lo sabes; pero prefieres mentir. No te queda otra que mentir y engañar.

La belleza crecida e inesperada de la tarde, la dulzura inquieta de estar con ella, todo comenzó a echarse a perder y a morir, a agonizar como la luz detrás del mar. El sol y yo éramos el mismo animal moribundo.

—Bueno, en realidad yo…

—Tú nada. ¿Quieres probarme a mí también? Claro, no te bastó con ellas dos.

—¿Dos? ¿De qué hablas?

—De nada, para ti debe ser nada o casi nada. Espero que quieras a alguna, que te quedes con alguna, que alguna te sirva.

¿Querer, quedar, servir? Entendí que ignoraba esos verbos, que nunca supe lo que significaban. No hacía falta mucho más para que el corazón se desbordara y muriese, para que todo verdor se ajara repentino o fuese quemado de pronto. Me acerqué a ella, obediente, y me mostró un fajo de fotos que había hecho en secreto: las pruebas de un delito ante el que no pude ni negar ni excusarme.

—Ya ves qué claro está todo. Vamos, ahora te vas, pero te acompañaré para estar segura. No quiero que te quedes dando vueltas por ahí.

El maravilloso aroma de Bárbara se hizo turbio, ácido. Ya era de noche y esperábamos un taxi para mí junto a un jardín de adelfas rosadas donde corrían perros, gatos y se ennegrecían las orquídeas.

—Bueno, ahora estaría bien si me dieras todo el dinero que llevas encima. Te voy a perdonar el taxi, y espero que me consigas más para la próxima semana.

Le di las pocas monedas que tenía. Pensé con un sufrimiento inútil de dónde sacaría más para que nadie supiera, para que su padre y Morelia y los padres de Morelia no supieran. La miré, suave y blanca, los ojos verdes anochecidos y la melena rubia, rizada, cayendo bajo la noche como una pequeña cascada de sol, moviéndose un poco en la brisa, recién lavada, y la sonrisa encantadora de nuevo, blanca y fría como una nieve breve y detenida. Así estuve en una eternidad fugaz, en la parcela más sucia del desconsuelo, adorándola pese al chantaje y la culpa, pese a la traición, sabiendo que mi amor y mi deseo por ella eran mayores que la vergüenza, el remordimiento y la amenaza.

—No tengo más. No sé cómo voy a poder conseguirte más para tan pronto.

—Bueno, está bien. Por ahora me conformo y seguro que te las arreglarás. Parece que se te da bien salirte con la tuya.

Deseé que algo o alguien me matase, que ocurriera una catástrofe que lo borrara todo para siempre, cada minuciosa e inconmensurable cosa de este mundo, y me tragara la tierra; pero junto a ella, pese a que ahora me odiaba con un asco y una desesperación más grandes que el cuerpo dorado y menudo, formado ante mis ojos para acrecentar la melancolía y la tristeza. No ocurrió nada de eso sino algo mucho peor: nada, absolutamente nada. Sólo se agigantaron las sombras, se fueron haciendo graves, aplicadas. Creció la sed, una sed no física, la sequedad dentro de mí, el desierto en el alma que es el cuerpo, y ese cuerpo era yo.

—Bueno, como quieras. Intentaré…

—Harás mucho más o ya sabes lo que pasará.

El taxi no venía, pero la misma guagua en la que habíamos llegado solo unas horas antes y cuyo trayecto cruzaba en media hora todos los círculos del infierno, con su viejo chófer calvo, requemado, apareció repentina tras la curva. Y yo me iba, yo nunca debí estar allí.

—Anda, vete ya. Ahí mismo —dijo empujándome un poco y alzando la mano para detenerla.

Tragué todas las lágrimas de mi vida: las lloradas y las que aún no había dejado correr. Antes de subirme y aceptar, antes de que ella sellara su humillación, corrí hacia el vehículo convencido, con frenético alivio, sin que hubiese parado, y me tiré bajo las ruedas.

Iván Cabrera Cartaya

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