Spleen de una epifanía, por Antonio Arroyo Silva

Antonio Arroyo Silva nos ofrece una manera diferente de mirar y pensar la Epifanía.

I

La noche de Reyes me quedo hasta las tantas de la madrugada, no porque quiera sorprender a alguien in fraganti. Yo qué sé: a un camello, a un rey de Oriente, a un paje, la misma magia que dicen emana de esta noche…No. Me quedo hasta las tantas mirando el resplandor de las estrellas, aun cuando la calima anegue el cielo. A veces, la bóveda parece una geoda de cristales titilantes. Esa luz que me viene, en la oscuridad, a los ojos desde años luz ha dejado de brillar—dicen— hace miles de años. De igual manera, el brillo de los pensamientos de este vigilante de la noche quizás llegue tan lejos mucho después de ser pensados o escritos para encender un rescoldo en la infinitud.

En la noche de Reyes no pienso en los regalos. Los hijos ya crecieron y dejaron en mí los regalos y al niño que había en ellos. Los regalos que envolví con paciencia y poca maestría durante años y años: tanta ilusión envuelta en papel brillante y cinta adhesiva. El niño que espera—ahora múltiple—para envolver el mundo en celofán para los nietos del futuro.

Quizás alguien nos esté mirando desde un punto a mil años luz de distancia y este sea el espejo donde nunca llegará esa mirada. Tal vez el intento sea en ambas direcciones:

— «Buenas noches, ya no estás; pero no importa».

— «Buenas noches, ya no estoy, pero te abrazo».   

II

Lluvia durante todo el día, goterones caen mientras el automóvil se pierde entre la bruma que empieza a difuminar el verdor del paisaje. No hay nada que temer. Se conduce despacio por el deslizamiento que producen las vías comarcales que acaban de recibir el primer aceite del cielo. El limpiaparabrisas está funcionando a tope y el cuerpo de los viajeros comienza a sentir ese sopor que produce el frío y, al mismo tiempo, el ensimismamiento ante tanta belleza inhóspita que llama desde el fondo del barranco y desde la altura de la cumbre. El cielo no está en lo alto, pero cae de golpe. Se siente crepitar contra la carrocería del auto.

Esta epifanía que no es otra cosa sino una simple manifestación de apego a una realidad última: la del cuerpo y el espíritu, sin temor por buscar la belleza en el instante de lluvia y enunciación. Quiero que tú, lector, tengas un entendimiento profundo de lo que digan tus instantes. Pero todo cambia según el lado de donde se esté. Yo, a este lado del poema conduciendo un automóvil. Tú allá atrás, al fondo, en un punto que no capta mi espejo retrovisor. Nos entendemos en la delgada línea que nos une.

Hoy es día de Reyes, regalo mirra.

III

Han pasado los días de Navidad de este y de mis años anteriores. Siempre lo último envuelve lo anterior, sobre todo en su monotonía. La monotonía es dulce en su superficie. Su raíz tiene dientes de rata que muerden y soplan para que nadie sienta la mordida. Siempre llegar al mismo punto de salida en el espacio y el tiempo. Así la monotonía.

Este año las figuras del Belén se quedaron en el cuarto de la azotea, lo mismo que las luces y el árbol artificial. ¡Tantas cosas debieron quedarse ahí! Sobre todo, aquellas que nunca tuvieron que estar ocupando nuestros días ni nuestros pensamientos. Eso sí, junto a los tarecos navideños y los libros abandonados permanece un poeta que soñaba desde esa altura de la casa. No le importaba ni el frío ni la lluvia ni el viento. A pesar de que hace años bajó de ahí y ahora se solaza en el calor del hogar donde sus poemas brillan cada vez con más intensidad en el resplandor de la chimenea, algo queda allí arriba de él. Durante esas noches sumidas de melancolía oímos el eco de sus pasos de antaño y las flores crecen como nunca. Mañana ya no esperaremos de nuevo doce meses para encontrar la tristeza de los relojes sin manecillas. Mañana empiezan los días del frío.

Antonio Arroyo Silva

Columnista

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