«Señorita Brígida», un cuento de José Hugo Fernández

«Señorita Brígida», un cuento de José Hugo Fernández, del libro «Nanas para dormir a los bobos».

SEÑORITA BRÍGIDA

Aquí no hay espejos. Los doctores ordenaron retirarlos. Es por ella. Demasiados problemas. Cada vez que veía a alguien con un espejo, se alborotaba el avispero. Los odia. La sacan de quicio. Encima de su cabecera hay una fotografía ampliada de cuando tenía diecinueve años, es su espejo, el único que tolera. Mira la foto. Se mira como fue hace más de medio siglo. Y entonces, sólo entonces, abre la bocaza para sonreír. Ay, qué horror. Una cueva. Labios secos, rugosos. Embadurnados a la buena de Dios. Negrura con los bordes rojo tinto. Luego aquella desolación de las encías. Se cuenta que hubo un tiempo en que solía campear por su respeto entre las damas más distinguidas de La Habana. Y entre las más bonitas. Pero cayó presa. La acusaron, creo, de traición a la patria. Por no denunciar a su padre, que era un político o un esbirro al servicio de la dictadura anterior. Los guardias rebeldes lo buscaban. Y ella lo mantuvo oculto. Por lo cual le cayó encima una condena de veinte años. Interrogatorios. Torturas. Violaciones. Es lo que se comenta. Que fue su pan de cada día en la cárcel. A mí no me lo crean. Allá las malas lenguas. Lo que sí sé es que por su culpa los doctores tienen prohibida la existencia de espejos y de almanaques en este pabellón. No prohíben que le digamos señora. Pero nadie se atreve a dirigirse a ella sino llamándole señorita Brígida. Y más nos vale. Porque ahí donde la ven, pasando por la sonriente damisela, ella puede ser muy agresiva. Y luego la fuerza que se gasta. A su edad. No me explico de dónde la saca. Ni quiero saberlo. Dios me ampare. Prefiero conservar la distancia. Y al igual que yo, casi todos los demás. O todos, menos Elías No. Su enamorado. O su siervo. Porque ya que aguanta con alegre mansedumbre todos los pescozones que ella le propina, también podría decirse que es el esclavo en esa relación en la que ella hace de emperatriz. Elías No –pregunta la emperatriz-, ¿te gusta este color para mis labios? A lo que el siervo responde con un no rotundo. ¿Estoy linda, Elías?, pregunta la emperatriz. Y el siervo contesta: no. En fin, son sus tejemanejes cotidianos. Siempre breves. Pues concluyen tan pronto como Elías No saca de sus cabales a la señorita Brígida. Elías, ¿no es verdad que mi cara y mi cuerpo son exactos a los de Ava Gardner? Ah, ¿no? Pues, arranca y vete, Elías No. Piérdete de mi vista antes de que te instale una zapatería en el fondillo. Claro que en este caso podría ser que a ella no le falte razón. Porque así no se puede cortejar a nadie. Menos a una señorita. Pero al mismo tiempo creo que también le caben sus razones al cortejador. No por lo que responde. Ni aun porque aquello que responde no sea quizá lo que desearía responder. Si la memoria no me falla, aunque suele fallarme, fue el griego Demóstenes quien sostuvo que es propio de un buen ciudadano preferir las palabras que salvan a las palabras que agradan. Pero griegos a un lado, el hecho es que Elías no parece tener alternativas. Le resulta imposible responder que sí. Si pudiera hacerlo, no le llamaríamos como le llamamos. Pobre tipo. Sólo el diablo sabe durante cuánto tiempo se vería obligado a responder que no ante sus verdugos. Deben haberle borrado el monosílabo sí del disco duro. Y qué remedio. Si es que siendo inocente, como cuentan las malas lenguas, tenía que negarlo todo. Por inútil que fuera. Entonces sólo a la señorita Brígida se le ocurriría a estas alturas exigirle un sí a Elías No.

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