Reseña de Arena- s, el nuevo poemario de Carmen Paloma Martínez
Arena-S, de Carmen Paloma Martínez, es una obra esencial que eleva la poesía a un manifiesto espiritual, ecológico y filosófico. A través de una voz profética y ancestral, el poemario nos enfrenta al colapso de la civilización moderna, a la desconexión con la naturaleza y al olvido de nuestra misión humana. Dividido en bloques simbólicos como Arena – Agua, Desierto – Fuego o Polvo, el libro nos guía por un viaje de conciencia, crítica y revelación. Su estilo libre, sus imágenes poderosas y su profundidad metafísica convierten cada poema en una llamada urgente: escuchar a la Tierra antes de que el silencio sea definitivo.

Carmen Paloma Martínez. Fotografía cedida para esta reseña. Derechos de autor según corresponda.
Es este un libro capital en la obra de la poeta Carmen Paloma. Repleto de profundas, certeras y ancestrales visiones, la voz que clama en el desierto emerge de cada verso y es la voz del mundo, de la tierra que interpela a la humanidad, que le cuestiona y le obliga a plantearse quién es, hacia qué deriva se dirige, alejándose de su divino origen, en qué consiste exactamente la decadencia de nuestra civilización. Son las dunas, la arena, el agua, el núcleo, los que hablan, los que erigen un espejo frente a la civilización con la sabiduría que encierra nuestro planeta; una sabiduría profética, cósmica, mística, filosófica, antropológica.
El libro arranca con estos versos:
En mis noches persigo sueños.
Mas
tal vez la puerta no se abra en billones de años
Y acaba con estos otros:
En mis noches persigo sueños…
El más persistente se repite:
sueño con una ≪Nueva Humanidad≫
Entre este primer poema y este último, el alegato se va desarrollando y traza un recorrido semejante a la órbita de la tierra alrededor del sol. Ese sol supone la sabiduría con que el planeta advierte al ser humano, la palabra, la conciencia que ella encierra, que señala más allá de las simples vestiduras. La conciencia planetaria sueña y anhela una nueva era sabiendo que el momento aún no ha llegado, que aún han de transcurrir millones de años para que ese deseo de una nueva humanidad se realice.
El libro se divide en seis bloques que corresponden a las distintas fases del discurso. Tenemos: Arena – Agua, Desierto – Fuego, Ceguera, Desasosiego, Expolio y Polvo. Es como una caja de Pandora. Al abrir sus páginas, lo primero que nos encontramos son los elementos que, cual huracán, comienzan a salir en forma de versos. De este modo cobran vida la lengua, la boca, la palabra. Se colocan frente a nosotros y nos arrebatan escupiendo, sin tapujos, su hiriente, rasposa verdad. Se alzan la arena y el agua en forma de tormentas a veces; otras veces con una voz cálida, envolvente, sinuosa. El desierto enuncia la manera en la que aterrizó nuestra civilización. Habla de una infancia teñida de rosa. Los dedos de la arena nos perciben viniendo del vacío y, a pesar de tantas humanidades anteriores, no pudo advertir cuánta calamidad traíamos. Así oscila el péndulo que intoxica y destiñe lunas, empeñados como estamos únicamente en cronometrar el tiempo, en perseguir instantes, haciendo sucumbir la memoria del pasado, camuflando todo el dolor que portamos en nuestro ADN.
Presenta aquí la dicotomía entre tecnología y naturaleza que ha derivado en una sociedad tecnocrática al quedarnos en lo superficial, en lo efímero, olvidando nuestra ancestral misión. El ser humano frente a su monstruo social, que deposita su historia y su conocimiento en soportes externos; la marca de lo digital borrando nuestra identidad, edificando al engendro de los tiempos actuales. No aprendemos, dice en dos de sus versos:
No existe sutura que pueda eludir
El desplome
Para luego preguntar:
¿Acaso olvidaste que todos somos muertos?
Presagia así el desvanecimiento, que vagaremos por una eternidad desconocida y que nuestra razón será engullida por el chacal; el urogallo, sin embargo, continuará su danza en espiral. Nos encontramos ante otra dicotomía: la de razón-hombre y animal-intuición. Las estructuras humanas, asentadas en la razón, han alcanzado su acabose, mas la naturaleza permanecerá, los seres inocentes del aire proseguirán su vuelo. Para cuando regreses, dice el poema, el tigre lo habrá engullido todo. Las ciudades se habrán desplomado por la llegada de grandes tormentas, por la caída del sol, de la luz. Ya solo quedará la negrura perenne. Gárgolas chapoteando en aguas residuales, esa imagen terrorífica de lo que fue nuestra civilización mancillada por nosotros mismos. Despoblaste la tierra / de su junco, dice. Suben los mares y aparecen las arenas movedizas y, a pesar de ello, la humanidad sigue soñando con las fortificaciones, con la delimitación de territorios, con pretender elevar muros que sean infranqueables, pero es la tierra la que nos posee. Cae la lluvia. Desprenderse de la corteza es el símbolo de la liberación del hombre. Lo cíclico del tiempo. Nuestra misión espiritual: la transmutación alquímica del ser.
En el poema, Esquirlas…, se nos coloca frente a la siguiente cuestión:
¡Si cada átomo testificara lo irrebatible!
[…]
El intento de calibrar la palabra
y un ejército saciado de nubarrones
Comienza el poema nombrando materiales diversos con que se han modelado, en antiguas culturas, las estatuillas de los espíritus benefactores y se pregunta si cada átomo testificara lo irrebatible, aunque a la vez lo cuestiona afirmando que, en muchas ocasiones, solo han sido pantallas publicitarias. Nos habla del hambre de espiritualidad que ha evidenciado la humanidad desde sus orígenes y del verbo como guarida: lenguaje y palabra como salvación. Para renacer habrá que Abrir la boca / y engullir arena, en clara referencia al texto sagrado que afirma que del polvo venimos y al polvo regresaremos, eso sí, no sin antes Nutrir al maligno / Extinguir-te. Es esta otra afirmación contundente de que tierra y humanidad van de la mano; pues arribamos a este planeta y ya él, perdida la fe en sus criaturas, ha dejado de escucharnos.
En Perforado / un boquete en la grieta del / hambre, se nos muestran las hambrunas, la forma en la que se acabarán secando las cosechas y cómo la humanidad continúa sin verlo, cegada por lo mediático y dice: ¿La verdad? / Creo que hace tiempo que dejas-te de utilizar la palabra. Otra vez el lenguaje, clave fundamental para abrir las conciencias. Pero la humanidad volverá a ser niño, niña, que juega construyendo castillos en la arena, un retorno a esa playa de la infancia. Los ojos de los niños son los soles de la nueva conciencia. Los versos aseguran lo siguiente:
Y un niño
-con su inocencia intacta
y unos ojos como soles que respiran ante lo real-
se empeña:
Construir
De-construir
Hacer
Deshacer
Porque al final es el inocente el guardián del secreto, el que atesora las bases de nuestra cultura.
En Desierto-Fuego, se nos presagia el azote de un fuerte temporal de arena, de un viento rojo y pregunta si estamos preparados para reconstruir la matriz, para ser unos desahuciados. Presenciamos escenas de la humanidad nómada en tierras del Sahara. La necesidad de atravesar el desierto para liberarse. También de vadear el lenguaje. El lenguaje como desierto. Nos encontramos ante la analogía de cómo debemos trascender lo material para redimirnos. Un pueblo entero desaparece y las arenas nos preguntan si hemos abandonado nuestro credo, advirtiendo de este modo la erupción de los volcanes:
Viento negro
Plagado de cenizas y añicos de roca volcánica
Túnel negro
Negro como la noche más noche
-Aquella en que ciertos astros duermen
Ojos de Saturno-
El volcán se eleva y se traga nuestras creaciones, tal y como narra el mito de Saturno, mostrándonos lo ínfimos que somos frente a la naturaleza y al poder del tiempo y de la muerte. Tras la demolición no quedará más que oscuridad y silencio. Al fin y al cabo / Eráis la misma criatura cautiva habitándome, dice en otro poema, dos versos de una belleza sublime que creo que resumen todo lo que encierra esta segunda parte del libro.
El poema En los desiertos de Siria, nos enfrenta a la vergüenza de la guerra, de los parias, del éxodo de los pueblos y de cómo, el resto del mundo voltea la cabeza, pendiente de la IA, lavándose la conciencia con la ayuda humanitaria, durmiendo en almohadas de plumas. Finalmente dice: Vivir de espaldas al espejo.
A continuación, nos adentrarnos en la sección de Ceguera, para leer versos tan hermosos como estos:
¿No ves el avance de las dunas
-solapada taimadamente-
en avalancha de muerte para invadir-te?
Y añade que No existe el azar / Eres el ladrón de tu conciencia / El hacedor de tu propio destino / ¿Aún no lo ves?
Plantea en esta parte del poemario la decadencia de las instituciones espirituales con esa imagen tan potente de catedrales que gotean humedad. A pesar de que todo le nombra, el espíritu continúa ausente. Porque no basta con el afán de nombrar mientras la intolerancia siga cimentando las religiones. Y dice en otro poema donde visiona la caída de las estatuas:
Seres helados
Seres aletargados
Seres mudos
Seres corrompidos
Seres solitarios
[…]
Cabezas sonámbulas yacen boca abajo
Todo aquello que simboliza nuestra civilización: la cultura, la religión, las imágenes que veneramos, caídas boca abajo, incapaces de mirar el amor que pasa a su lado. Los siguientes versos plasman el concepto de auto ceguera que encierra esta sección del libro:
Mirar hacia dentro
(no te queda otra)
Pues…
¿Qué mirar en la marisma si no quieres ver?
En el poema Elevas tu frente / hacia el cosmos, la incapacidad de ver del ser humano, más allá de la materia, se evidencia. Aquel vergel con el que soñábamos, ahora se nos muestra como un terreno árido. Nuestra incredulidad nos paraliza. Finalmente arroja una sentencia: Has borrado tu identidad / ¡Tan lejos de los dioses como de los humanos! Esta desconexión con lo espiritual nos convierte en sujetos individualistas, esclavos de la materia.
Desasosiego nos habla de la decadencia ecológica y de una civilización antojadiza y herida que sobrevive mordiendo y masticando escombros. Somos ese tumulto de criaturas inocentes, sumergidas en el pliegue de las aguas subterráneas. Aparecen los miedos atávicos, las sombras que no se quieren reconocer: En el fondo del fondo / En el zócalo de lo oscuro pernocta la luz. Las luciérnagas se marchitan y las nubes diluvian coágulos de sal, dos imágenes impactantes de esta decadencia. Y en otro de sus poemas, tras describir la hecatombe y el cataclismo, se nos plantea una de las cuestiones vertebradoras de todo el poemario: ¿Acaso no fuiste consciente del engendro?
El poema Tiznado, habla de la marca antropológica con la que venimos. Dice:
y desconoces que tu pesada carga
cifrada y esculpida en piedra
-como petroglifos- viene de muy lejos
[…]
Son los ojos de los hombres
que te preceden
desde la prehistoria
Es este el drama de la humanidad, que anhela el amor, el vibrar lúcidamente con la naturaleza a la vez que se asoma con terror al inframundo, a la certeza de su finitud. Vemos aquí al sujeto humano casi como un personaje mitológico, un semidiós, un guerrero que se alza y a la vez sucumbe. Capaz de portar la luz y brillar, pero también capaz de construirse a través de su propio engendro. Y en el poema Cuán difícil, encontramos claras referencias al mito abrahámico de la creación de Adán y Eva, y a la caída del hombre según la tradición cristiana.
En el conjunto de poemas que conforman Expolio, de nuevo la tierra nos advierte que el tiempo se agota. A pesar de arrojarnos sus hecatombes, de exhibir tanta furia y cuán inmenso es su poder, nosotros seguimos sumidos en la ignorancia, perpetrando nuestro rol de expoliadores. No, ella no morirá, afirma, en todo caso se transformará ante nuestro caos. Así, en Fantasmas a la deriva, leemos:
Es un frío añejo
el de tu envoltura y el de mi expolio
(Estribillo que se repite)
También
Se repite la tragedia del Hombre
En Vagabundo, el propio núcleo de la tierra proclama el fin de la civilización. Es el núcleo el ángel mensajero y así se reconoce en los tres últimos versos: El huso ha dejado de tejer / Tu sustancia es cóncava y frívola / ¡Es el núcleo quien te habla!
La siguiente pieza, última de esta serie, inicia de este modo:
Descendió
el ángel caído blandiendo su espada de
aniquilamiento y brasa
Se trata de una breve estampa, muy afín al texto bíblico, de lo que será el apocalipsis, incluyendo esta advertencia: ¡Desconfía del que no tiene nombre!
Para acabar, hallamos el conjunto de poemas Polvo, que son escenas de después del cataclismo y que arranca con estos versos:
Mi útero
Acogerá tus cenizas
Tu huella será borrada de mi faz
Estamos ante un libro absolutamente existencialista y espiritual. También ante un alegato ecologista. Sus páginas van armando un discurso de profunda reflexión filosófica, espiritual, antropológica y crítica. Cada imagen poética huele a barro, a arena, a desierto, a duna, a lodo, a mármol, a petroglifo, a escultura, a caverna, a cieno, a arena; en definitiva, huele a humanidad. A aquellos materiales terrestres con los que nuestros ancestros, antiguas civilizaciones que nos precedieron, tallaron sus figuras, su lenguaje, su historia, su cultura; todo lo cual se coloca ahora ante nuestros ojos. La tierra, el cosmos, el devenir, lo pone ante nuestra mirada para lanzarnos las preguntas: qué estamos haciendo, enfermando, creando este monstruo que es nuestra civilización; hacia dónde nos dirigimos. La tierra, humanizada a través de la expresión poética, habla, confiriéndole sentido y significado a la conciencia universal. La poderosa voz poética que no es racional pero sí inteligible. Las enseñanzas de este libro descansan en la belleza y en la riqueza de las imágenes. La llave que abre el conocimiento encriptado radica en el propio lenguaje poético y, quien esté dispuesto a lanzarse a la experiencia de su lectura con una conciencia lúcida, liberal, analítica a la vez que sensible e intuitiva, podrá descifrarlo.
El poemario está repleto de preguntas que el planeta le hace al ser humano. Ejemplo de ello lo tenemos en el poema La herencia, donde casi todos sus versos son interrogantes. Muchas de estas preguntas comienzan con la palabra acaso. Son contundentes y totalmente representativas de nuestra sociedad actual. Cuestionan, señalan y nombran nuestras vulnerabilidades y sombras.
La obra está además plagada de conceptos filosóficos, tales como el mito de la caverna, el inconsciente colectivo de Jung con sus arquetipos, la metafísica platónica junto con la cristiana, el budismo, el taoísmo y muchos más. También de elementos religiosos y mágicos relacionados con civilizaciones ancestrales mayas, con tribus africanas, con la tradición judeocristiana, con la mitología griega y con las religiones orientales. Es de una riqueza filosófica y antropológica considerable.
En cuanto al estilo, mencionar el uso abundante de verbos en infinitivo seguidos de guion medio y de la palabra te, pronombre personal átono que corresponde a la segunda persona del singular y que indica a la persona que recibe el mensaje, delatando claramente que el contenido del libro es un mensaje canalizado que se nos está transmitiendo. Un ejemplo claro lo encontramos en los siguientes versos: Fue tan sencillo poseer-te / Angostar-te -hecho un ovillo- en una elipse.
Otro apunte estilístico pone énfasis en el uso, o más bien no uso, de signos de puntuación. También en el comienzo de versos en mayúsculas o en minúsculas indistintamente. Esa ruptura de las formas tradicionales de componer un poema que tanto puede responder a una apuesta estética, como elemento que aporta plasticidad a la obra, como a la no coacción de esa espontaneidad catártica con la que aparece el mensaje en la mente de la poeta; lo cual no influye para nada en la coherencia del discurso, ni impide su comprensión y su asimilación.
Al hablar de las influencias, no podemos dejar de nombrar a la poeta española Chantal Maillard, a la que se cita en muchas de sus páginas. Añadir que las citas en esta obra son importantes. Que no se han escogido al azar, ni mucho menos su elección es producto de un mero impulso admirativo. Son elementos claves en el libro, pues anticipan la idea de lo que nos vamos a encontrar en el poema y orientan su sentido metafísico y filosófico.
En resumen, este poemario admite dos tipos de lecturas y ambas coexisten y se retroalimentan, a saber: la lectura filosófica y espiritual, y la la del aspecto puramente lingüístico, enorme en belleza y plástica, con un uso de la palabra delicado, con metáforas sedosas, sugerentes, llenas de belleza, donde escuchamos hablar a la arena y es el propio desierto, el movimiento de sus dunas, el aire, el agua, los genios ancestrales, el transcurso del tiempo. Todo tiene una figuración hermosa y se hace oír, sin brusquedades, sinuosamente, sabiamente. Un libro que derrocha sabiduría y reflexión en cada verso y que debe leerse y releerse sin prisas y sin ataduras mentales, con los oídos bien abiertos porque, y acabo con una cita de Mateo de el Nuevo Testamento: El que tenga oídos para oír, que oiga.

