«Reflection»; por Antonio Arroyo Silva

Y hablando de dietas, el enyesque de este mes se hace difuso.

Y hablando de dietas, el enyesque de este mes se hace difuso. Vamos a picar las neuronas, a ver si esta vez alimentan el cuerpo con sus miles de resultados y diversificaciones. Hay desequilibrio vitamínico, el menú  está descompensado, se inclina la balanza siempre a favor de la olla del otro. Hay trampa o cartón, alguien desde la sombra está echando un contrapeso para que este galimatías caiga en saco roto. Pero resulta que hasta el caldo del fondo está crudo y un hilillo le queda en la comisura de los labios a la duda. En cambio, todo es luz alrededor. O acaso en Minos quieren que todo sea brillo y ponen su empeño en la consecución de tal fin. Como si escribieran un soneto definitivo, ocultando los pasos a dar según la fórmula mágica del gran Petrarca, donde dos ideas se contraponen y entran en crisis para lograr la síntesis. Engels y Marx fueron eminentes petrarquistas, espero que Menéndez Pidal no me lea este tremendo dislate. Me expongo a que se levante de nuevo sobre su tumba con la enorme tijera y vuelva a recortar el lenguaje donde jamás se ponía el sol. Con razón tuvimos que encontrar la desolación para mirar las estrellas.

Decía que si alguien ayuda a un amigo y este no le premia su esfuerzo al menos con un «gracias», queda, aun sin quererlo, un resquicio de rencor, o acaso un resquemor soterrado por las filosofías educacionales, que aumenta cuando aquel se ve en una necesidad y este se desentiende. Entonces surge la rabia, el odio y hasta las posturas violentas. En fin, el agredido o, más bien, el dejado de la mano, el ignorado, no espera otra cosa que una suerte de justicia divina que le abra los ojos al ingrato ahora su oponente. Un día viene la violencia, el deseo de sangre ajena y la palabra enemigo. Por supuesto, todo esto va a parar a la hoguera de las vanidades.

«Parece un juego, como si alguien pusiera las piezas sobre el tablero de ajedrez. La partida acaba cuando uno de ellos se mira al espejo y no ve a nadie reflejado».

Cosas y cosas que nada son aquí. Drumond de Andrade puede dormir tranquilo o bailar la samba con esta humareda. No crean que es humor lo que inspiró este incendio, fue el humo de la expiración por la nariz de alguien que escribe sin edad, sin pasado. Tremenda imbecilidad. Aquí nadie se ha bajado del tiempo. No es caballo, ni tren, ni automóvil. Siquiera una escalera mecánica que sube hasta los paraísos de las rebajas de los grandes almacenes. El tiempo no es una metáfora, es una cucaracha que sobrevive a los megatones de quien la alimenta. El tiempo se baja de nosotros y se ríe de los que dicen amar la vida sin vivirla. Sonríe a las cosas negadas, a los que afirman negarlas cuando realmente no existen, y en el fondo creen lo contrario. Ah, esa partida de ajedrez de los que no llenan el vacío y no vacían lo pleno… Todas las piezas, blancas, al mismo lado del tablero. Nunca se ganan la partida, nunca se pierden. Se inflan en la plenitud de no ser más que un no tiempo. Y no ríen, solo les preocupa no molestar al que no conocen ni quieren conocer. Al rey negro que gesticula a este lado de la pantalla y se cruza los dedos antes de apagar la película. Los átomos, dormidos en los últimos pixeles, no saben que alguien los aguarda desde la oscuridad de su blanca humareda.

Pero no es la pena ni la rabia lo que incita a escribir sobre una esencia apenas perceptible y tan desoladora… Es el páramo. Esa parte que se oculta detrás de los muros encalados.

Visto así de frente desde la ventana, hay una línea que separa claramente el cielo de la tierra. El azul ceniciento del cielo del amarillo pardusco de terrero donde las palmeras son de otro país y la yerba se esconde bajo los pies de la sombra, esos que arrastran la vida bajo las suelas y que pasan como un film sin concluir. Ni siquiera el guirre viene ya a picotear en la carnaza que se quedó en la orilla cuando el mar sube al barranco a buscar su melena de espuma. La que enterró el deseo bajo el tarajal que tiene un corazón burilado en el tronco.

No es el ser humano la plaga que asola el bosque, es la conciencia de plaga lo que asola su amor. No es la locura, sino ignorarla y sentirse iluminado, entonces, por el faro que más brille allá en la lejanía, y no ver lo cercano, no ver las raíces, la copa de las secuoyas, ni el fulgor de las estrellas tiempo ha extinguido en el origen de su llama.

Ay ese laberinto que traza la soberbia en los jardines de la mentira. Súbanse a su ventana, Caballeros Iluminados, y vean aquello que abandonaron debajo de los setos. No hablen, no justifiquen, no expliquen la vida como sumos sacerdotes de la nada. Échense al abismo como pájaros libres de la jaula de sí. Hay ángeles debajo. No teme la caída el carozo sobre el asfalto, sino al grano que vuelve a recordar el hambre.

Un espejismo. Acaso todos los oasis lo sean y estén en otra parte los lugares donde saciar la sed. Tal vez muy adentro, donde el ansia de llegar al agua se cruza con una Penélope que desteje la realidad y la hace arena.

No entiendo nada de lo que digo, no hay objeto de decir.

«Usar los hilos de distintas madejas supone tejer y destejer, tejernos y destejernos cuando nos enredamos y tenemos que cortar el cordel para poder salir de nuestra propia asfixia».

No hay equilibrio, siempre alguien dentro de ti que increpa cuando halagas o que ríe cuando sientes que todo alrededor es un inmenso erial para plantar tu alegría o una selva insondable donde la pena florece sin la luz del sol.

Antonio Arroyo Silva

La palabra devagar.

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