¿Poesía sexista de la desaparición en México?, dos casos: Antígona González y La muerte golpea en lunes; por Alma Karla Sandoval

Alma Karla Sandoval cuestiona la poesía de la desaparición escrita por mujeres en México, su pregunta explora el caso de dos poetas: Sara Uribe y Maricarmen Velasco.

“Algo le duele al aire”, escribía Dolores Castro en un libro que denuncia la violencia en México. A sus ochenta y tantos, esa reconocida autora la olfateó: el aire vuela/y como que canta,/pero algo le duele:/del aroma al hedor/algo le duele, esta forma plantearnos un acertijo hallaría respuestas en dos obras cuyo eje temático es la desaparición forzada en tierra azteca como un daño ya no del todo colateral, sino como duelo suspendido cuyo devenir fantológico y ventriloquía masculinizada son dos rasgos presentes en Antígona González de Sara Uribe y La muerte golpea en lunes de Maricarmen Velasco. La calidad estética de ambas obras –la segunda es el más reciente Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes–, no está a discusión, sin embargo, las líneas siguientes tienen el propósito de señalar una falencia desde lo que he llamado crítica antieditopatrical que parte de la deconstrucción de introyectos literarios signados por la voz del hombre que sí se reconoce y escucha debido a su estatus canónico, prueba de ello es la difusión y aplausos que dichos poemarios concitan sin dar lugar a dudas o cuestionamientos.

Iré directo al asunto: desde la poesía de Juan Gelman que en sus versos pone de relieve lo político, el dolor de un país que cuando duele se parece a su país (el poeta dixit), hasta el éxodo migrante que describe Balam Rodrigo con imágenes descarnadas en El libro centroamericano de los muertos (Premio Aguascalientes 2018), pasando por el multicitado poema de María Rivera “Los muertos”, la denuncia de estos tres poetas no se refiere en específico a las mujeres, no les da voz solo a ellas, sino que todos parten de una generalización efectiva y hasta justa, dirán. Explico: en Gelman se trata de quienes perdieron familiares o amigos en la dictadura militar argentina, en Balam de los migrantes centroamericanos, en Rivera de los descabezados, los mutilados, los desaparecidos en México.

Sara Uribe y Maricarmen Velasco hablan de las hermanas, de las Antígonas buscando a sus hermanos desde el trauma empapado de melancolía duelante que consigna recuerdos luminosos:

Quiero pensar que has hecho un viaje

para encontrar tu camino

de regreso

a Flor de Jamaica

seguir con los niños

el futbol de las tardes

para montar a Tabaco

cruzar el potrero

y andar por el monte

con la risa de Manuela

Es tiempo

de esquilar

No tardes

en el corral te esperan los borregos

Esa memoria de lo que la guerra ha tornado imposible es lo que Maricarmen Velasco poetiza. Por su parte, Sara Uribe recuerda:

Aprendiste tú solo a nadar. Nunca te dio miedo. Ni siquiera después de aquella vez que te caíste y abriste la frente. La sangre escurría mezclada con el agua por tu rostro cuando te regañaban. A ti parecía no importarte. Recuerdo tu mirada perdida. Estabas ahí con los puños apretados, sin quejarte de que mamá te limpiara la herida, pero al mismo tiempo estabas en otra parte.

Pareciera que en los dos poemarios se hablara de la misma persona, del mismo hermano que puede ser el de cualquiera, aunque uno trasquile borregos y otro nade en un río que se sueña porque nunca se volverá a esas aguas. Es precisamente ese modo de recordar solo con una mitad del corazón donde se origina el llamado silencio zombificado con miras a un devenir fantológico típico de los duelos suspendidos, pues al no saber si el familiar sigue con vida o no, se vuelve espectro, sombra, ausencia con nombre que persiste:

Apareces en mis noches

Hablas desde mi corazón

En la penumbra de la choza

una mano finísima me arrulla

A un lado del fuego

una mujer sin rostro

canta una nana

Si tú no estás

¿de quién son los brazos

que me arrullan?

En estos versos se encuentra un guiño a la tradición rulfiana presente en nuestra literatura, pero también en las mujeres enlutadas de Agustín Yáñez en Al filo del agua que es el líquido del llanto, el sudor de quienes buscan a sus hijos y se revela en La muerte golpea en lunes. Al interior de las páginas de Antígona González dichas apariciones se describen con estas líneas:

Somos lo que deshabita desde la memoria. Tropel. Estampida. Inmersión. Diáspora. Un agujero en el bolsillo. Un fantasma que se niega a abandonarte. Nosotros somos esa invasión. Un cuerpo hecho de murmullos. Un cuerpo que no aparece, que nadie quiere nombrar.

Aquí todos somos limbo.

Esa última frase confirma el devenir de un yo colectivo con todo y sus murmullos, palabra que aparecía en el primer título que Juan Rulfo quiso poner a Pedro Páramo. Insisto en el autor jalisciense porque tradición muchas veces quiere decir canon. Será por eso que el hablante lírico se trasviste en los poemas de las dos autoras estudiadas, ya no se trata del yo poético de “las ciegas de llanto, las que abandonan su hogar, las viudas nómadas, las sin hermano, las hijas huérfanas de este país” como menciona Velasco o las que, según Antígona González, van a San Fernando a buscar a su hermano, padre, marido, hijo (atención, en ninguna de las dos listas aparece el femenino madre, hermana, hija, amiga) sino que aquellos murmullos fantasmales se aclaran, se transforman gracias a la alquimia del lenguaje, en las voces masculinas de ausencias vivas o no:

No estoy solo

estoy solísimo con otros que sollozan

con el aliento del miedo

con el sabor a centavo

que es ausencia de Dios

ausencia de ti

mitad de mí

desde el principio

Esta ventriloquía de Maricarmen también se hace presente de manera polifónica en la obra de Sara Uribe en la siguiente conversación:

La felicidad para mí, hermanita, me dijo un día mientras me destapaba una cerveza y me servía un pedazo de carne asada, es llegar en la tarde a casa, luego de un día de pura chinga en el bisnes y echarme una cascarita con mis chavitos, oírlos cómo gritan, cómo ríen ¿sabes? Eso me quita todo el cansancio. Eso es lo que me hace sentir que estoy haciendo las cosas bien.

Lo más cercano a la felicidad para mí a estas alturas, hermanito, sería que mañana me llamaran para decirte que tu cuerpo apareció.

Dichos performances de la voz poética no extrañan, queda claro que también en la poesía mexicana actual, ellos hablan siempre, estén vivos, muertos o no se sepa. Lo que intriga en estas dos obras es el silencio de las desaparecidas. Ni por equivocación se refieren a mujeres que buscan a las otras como si esa solidaridad no existiera, no contara. De hecho, en el mito griego eso no ocurre, Antígona está dispuesta a morir con tal de darle sagrada sepultura a los restos de su hermano, Polinices; no a los de una hermana porque ya sabemos qué papel interpretaban ellas en esa sociedad. De ahí que el heroísmo de la noble de Tebas consista en el riesgo, en el sacrificio en nombre de otro.

No obstante, en el siglo XXI, en medio de plena cuarta ola feminista, con más de diez mujeres asesinadas a diario en México, las poetas más reconocidas, con más reseñas, más menciones porque tocan el tema de la violencia con valor, con solvencia literaria, no son las que hablan de la sororidad, del dolor de perder a una hija, no solo a un hijo, de la rabia o el duelo exasperante porque una hermana, una madre, una prima, una amiga sigue sin aparecer. Curioso. En ningún poemario que yo recuerde (favor de sacarme del error si estoy cometiéndolo, favor de recomendar un libro de esa clase con premios, un poema muy celebrado por la crítica) publicado en los últimos diez años y que trate de la desaparición forzada, se les da voz a las muertas,

ningún poeta hombre o mujer echa a andar un mecanismo de ventriloquía tan sofisticado para que las voces de las desaparecidas, las descuartizadas, las mutiladas, las quemadas, se escuchen en los libros, no se les otorga ni siquiera estatuto de fantasmas.

¿Por qué?, ¿qué impide la despatriarcalización de la poesía mexicana?, ¿cierta ginefobia que como dice Roberto Bolaño en la página 478 de 2666?: “Es el miedo a la mujer y lo padecen, naturalmente, solo los hombres. Extendidísimo en México, aunque disfrazado con los ropajes más diversos. ¿No es un poco exagerado? Ni un ápice: casi todos los mexicanos tienen miedo de las mujeres”, un temor que puede sumarse a la optofobia, miedo a abrir los ojos y que también lo padecen ciertas escritoras negadas a ponerse las gafas violetas para observar mejor su entorno, pues dicen que ellas no son censoras ni escriben literatura panfletaria, bajo esa lógica, ¿por qué escribir sobre la violencia lamentando las muertes de los otros como se ha hecho desde la época de Netzahualcóyotl con su visión vencida, no se considera un panfleto?, ¿por qué fue el rey de Texcoco?, ¿por qué le canta a los territorios mexicas arrasados, a los nobles o los guerreros caídos?, esos imperios también tuvieron grandes poetas mujeres abriendo las ceremonias importantes como Macuilxochitzin, nacida en 1435, es una de las conocidas y viene a cuento aquí porque su obra exalta los logros guerreros de Tlacaélel, quien fuera ni más ni menos que su padre. Sí, una digna y bien portada hija del imperio, ¿habrá existido otra clase de escritoras que hablaran de sus madres o de las otras también sacrificadas?, ¿a qué se debe que cuando se escriba poesía sobre mujeres desaparecidas o violentadas se trate de un ejercicio considerado “literatura menor”, según Deleuze y Guattari?, ¿por qué la letra “a” se esconde o se obvia en los versos?, ¿se creerá que con el masculino neutro es suficiente? El feminismo ha demostrado que no, ¿qué mundo pisamos las y los autores?, ¿por qué no hemos deconstruido nuestra mecánica de operación autoral, nuestra mirada jerárquica mexa? El único libro que he leído y estudiado a fondo, muy premiado, llevado y traído, donde una víctima de feminicidio se expresa con toda libertad, es El invencible verano de Liliana de Cristina Rivera Garza, pero no es un poemario, sino un híbrido entre el testimonio, la crónica y el diario., ¿será que la poesía mexicana es más sexista de lo que imaginamos, de lo que queremos reconocer? Digo, si por sexista entendemos un conjunto de nociones, expresiones y prácticas sociales que, con base en la diferencia sexual, legitiman y afianzan la desigualdad social entre las personas. Una diferencia cuyo rastro, se admita o no, se traduce en marcas de género, es decir, ausencias de discursos incluyentes.

Sé que otras autoras jóvenes desde la narrativa como Brenda Navarro, Laura Baeza o Dalhia de la Cerda tocan la violencia dándole voz a todo tipo de mujeres, pero hay otros ejemplos en las mesas de novedades hoy, nombres de escritoras que prefiero reservar, pero que incluyen a los hombres, a los patriarcas, desde sus títulos, ya que son el eje alrededor del cual giran sus obras. Lamentablemente es así como se congracian con el canon, aun cuando aseguran debe fragmentarse, pero la verdad es que no dan más que patadas de ahogadas gatopardistas.

¿No les parece que ya hemos hablado mucho de los hombres, de su verdad, de su autoengaño, de su quién sabe qué, de su supuesta manera de sobrevivir siempre invencibles?

Ya han tenido suficiente prensa y poesía, digo, esos hombres. A mí me interesan los que no quieren ser Hemingway porque saben que hay algunos que sí nacieron para la derrota, porque a veces sí se callan, porque no aguantan su masculinidad hiriente, el mandato de ser los únicos con derecho a abrir la boca. En contraste, esos que, como asegura Simone de Beauvoir, nunca abdican porque son tan idolatrados, tan deidificados que hasta muertos o desaparecidos detentan el monopolio de la palabra, no son creíbles más que en dentro del campo semántico y estilístico del amor romántico, vía consanguínea, de algunas de nuestras poetas, al menos en dos de las que aquí refiero. La verdadera desaparición en la poesía mexicana como tema, la que sí le duele al aire, es la de la voz de las mujeres que no están.

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