Paul Celan: escribir después de la catástrofe
Paul Celan transformó la experiencia de la catástrofe en una de las escrituras más radicales del siglo XX. GAFE recorre su obra a través de una selección de poemas donde memoria, silencio y lenguaje se enfrentan a los límites de lo decible.

Paul Celan · Una semana, un poeta | Revista GAFE
Paul Celan (Chernivtsi, 1920 – París, 1970) ocupa un lugar fundamental en la poesía europea del siglo XX. Nacido Paul Antschel en una familia judía de lengua alemana, su vida y su escritura quedaron atravesadas por la persecución nazi, la deportación y muerte de sus padres y su propia experiencia del trabajo forzado durante la Segunda Guerra Mundial.
Después de la guerra pasó por Bucarest y Viena antes de instalarse definitivamente en París en 1948. Allí desarrolló una intensa labor como poeta, traductor y docente. Escribió, sin embargo, fundamentalmente en alemán: la lengua de su infancia y, al mismo tiempo, una lengua herida por la experiencia histórica del exterminio.
Esa tensión constituye uno de los núcleos esenciales de su obra. En Celan, la poesía no se limita a narrar el trauma: interroga las posibilidades mismas del lenguaje después de la catástrofe. La palabra se vuelve más concentrada, fragmentaria y exigente; avanza entre silencios, interrupciones, imágenes y asociaciones que obligan a leer de otra manera.
Su célebre «Fuga de la muerte», incluida en Amapola y memoria (1952), permanece como uno de los poemas fundamentales escritos sobre la Shoá. Pero reducir la obra de Celan a este poema significaría perder buena parte de la radicalidad de su trayectoria. Libros como De umbral en umbral (1955), Rejas de lenguaje (1959), La rosa de nadie (1963) y Cambio de aliento (1967) muestran una escritura que fue desprendiéndose progresivamente de lo explicativo para llevar el lenguaje hacia sus límites.
Celan fue también un extraordinario traductor. Llevó al alemán obras de autores como Paul Valéry, René Char, Giuseppe Ungaretti, Ósip Mandelstam y otros nombres fundamentales de la literatura europea. La traducción no fue una actividad secundaria en su trayectoria, sino otra forma de relación con la palabra y con las posibilidades de una lengua.
En 1960 recibió el Premio Georg Büchner, uno de los principales reconocimientos de las letras alemanas. Su discurso de aceptación, conocido como El Meridiano, se convirtió también en un texto esencial para comprender su concepción de la poesía: una palabra que busca al otro, que atraviesa la oscuridad y que todavía intenta establecer un encuentro.
Paul Celan murió en París en 1970.
Más de medio siglo después, su poesía continúa resistiéndose a una lectura fácil. Y quizá ahí permanezca una parte de su fuerza: Celan no escribió para cerrar las heridas de la historia, sino desde un lenguaje consciente de que algunas experiencias modifican para siempre nuestra manera de nombrar el mundo.
Una semana, un poeta
Esta semana, Revista GAFE se acerca a Paul Celan a través de una selección que permite recorrer diferentes momentos de su escritura: desde «Cristal» y la estremecedora «Fuga de la muerte» hasta la progresiva condensación de poemas como «En los ríos, al norte del futuro…».
Los textos proceden de Amapola y memoria, De umbral en umbral, La rosa de nadie y Cambio de aliento, en versiones de José María Pérez Gay, Felipe Boso, José Luis Reina Palazón, José Ángel Valente y Pablo Oyarzun, según las atribuciones recogidas en la selección recibida por GAFE.
POEMAS
A una y otra mano…
A una y otra mano, allí
donde me crecían las estrellas, lejos
de todos los cielos, cerca
de todos los cielos:
¡Cómo
se vela allí! ¡Cómo
se nos abre el mundo a través
de nosotros!
Tú estás
donde tu ojo está, estás
arriba, estás
abajo, yo
encuentro salida.
Oh ese centro errante, vacío,
hospitalario. Separados,
te caigo en suerte, me
caes en suerte, uno del otro
caído, vemos
a través:
Lo
Mismo
nos ha
perdido, lo
Mismo
nos ha
olvidado, lo
Mismo
nos ha –
De «La rosa de nadie» 1963
Versión de José Luis Reina Palazón
Asís
Noches de Umbría.
Noches de Umbría con la plata del címbalo y de las hojas del olivo.
Noches de Umbría con el canto que hasta aquí trajiste.
Noches de Umbría con el canto.
Mudo cuanto ascendió a la vida, mudo.
Desocupa y vuelve a llenar los cántaros.
Cántaro de barro.
Cántaro de barro con el que creció la mano del alfarero.
Cántaro de barro que cerró para siempre la mano de una sombra.
Cántaro de barro con el sello de la sombra.
Cantos por doquier, cantos.
Deja que entre el borrico.
Borriquillo.
Borriquillo en la nieve que esparce la mano más desnuda.
Borriquillo ante el verbo que se cerró de golpe.
Borriquillo que come el sueño de la mano.
Brillo que a consolar no alcanza, brillo.
Los muertos, los muertos aún mendigan, Francisco.
De «Umbral en umbral» 1955
Versión de Felipe Boso
Ciégate para siempre…
Ciégate para siempre:
también la eternidad está llena de ojos-
allí
se ahoga lo que hizo caminar a las imágenes
al término en que han aparecido,
allí
se extingue lo que del lenguaje
también te ha retirado con un gesto,
lo que dejabas iniciarse como
la danza de dos palabras sólo hechas
de otoño y seda y nada.
De «Cambio de aliento» 1967
Versión de José Ángel Valente
Cristal
No busques en mis labios tu boca,
ni en la puerta al extraño,
ni en el ojo la lágrima.
Siete noches más arriba
pasa el rojo hacia el púrpura,
siete corazones más adentro
insiste la mano en la puerta,
siete rosas más tarde
se escucha el rumor de la cisterna.
De «Amapola y memoria» 1952
Versión de José María Pérez Gay
De oscuridad en oscuridad
Abriste los ojos -Veo vivir mi oscuridad.
La veo hasta el fondo:
aún allí es mía y vive.
¿Traslada como tal a la otra orilla? ¿Se despierta al hacerlo?
¿De quién es esta luz que sigue mi paso,
para que apareciera un barquero?
De «Umbral en umbral» 1955
Versión de José Luis Reina Palazón
En los ríos, al norte del futuro…
En los ríos, al norte del futuro,
tiendo la red que tú
titubeante cargas
de escritura de piedras,
sombras.
De «Cambio de aliento» 1967
Versión de José Ángel Valente
Fuga de la muerte
Negra leche del alba la bebemos al atardecer
la bebemos a mediodía y en la mañana y en la noche
bebemos y bebemos
cavamos una tumba en el aire no se yace estrechamente en él
Un hombre habita en la casa juega con las serpientes escribe
escribe al oscurecer en Alemania tus cabellos de oro Margarete
lo escribe y sale de la casa y brillan las estrellas silba a sus
mastines
silba a sus judíos hace cavar una tumba en la tierra
ordena tocad para la danza
Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos en la mañana y al mediodía te bebemos al atardecer
bebemos y bebemos
Un hombre habita en la casa juega con las serpientes escribe
escribe al oscurecer en Alemania tus cabellos de oro Margarete
tus cabellos de ceniza Sulamita cavamos una tumba en el aire no
se yace estrechamente en él
Grita cavad unos la tierra más profunda y los otros cantad sonad
empuña el hierro en la cintura lo blande sus ojos son azules
cavad unos más hondo con las palas y los otros tocad para la
danza
Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos al mediodía y la mañana y al atardecer
bebemos y bebemos
un hombre habita en la casa tus cabellos de oro Margarete
tus cabellos de ceniza Sulamita él juega con las serpientes
Grita sonad más dulcemente la muerte la muerte es un maestro
venido de Alemania
grita sonad con más tristeza sombríos violines y subiréis como
humo en el aire
y tendréis una tumba en las nubes no se yace estrechamente allí
Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos a mediodía la muerte es un maestro venido de
Alemania
te bebemos en la tarde y la mañana bebemos y bebemos
la muerte es un maestro venido de Alemania sus ojos son azules
te hiere con una bala de plomo con precisión te hiere
un hombre habita en la casa tus cabellos de oro Margarete
azuza contra nosotros sus mastines nos sepulta en el aire
juega con las serpientes y sueña la muerte es un maestro venido
de Alemania
tus cabellos de oro Margarete
tus cabellos de ceniza Sulamita
De «Amapola y memoria» 1952
Versión de José Ángel Valente
Oí decir que en el agua…
Oí decir que en el agua
hay una piedra y un círculo
y sobre el agua una palabra,
que pone el círculo en torno a la piedra.
Yo miré mi álamo descender hacia el agua,
miré cómo su brazo se alargó hacia la hondura,
miré sus raíces vueltas al cielo implorando noche.
Yo no corrí tras ellas,
sólo recogí del suelo esa migaja
que tiene de tu ojo la figura y la nobleza,
te quité del cuello la cadena de los dichos
y con ella adorné la mesa donde yace la migaja.
Y ya no vi más a mi álamo.
De «Umbral en umbral» 1955
Versión de Pablo Oyarzun

