Para las escritoras que no quieren ser parte de este mundo, por Alma Karla Sandoval

Alma Karla Sandoval en su columna «Libros, cuartos y cuerpas» nos plantea un debate sobre las escritoras que no quieren ser parte de este mundo.

Para las escritoras que no quieren ser parte de este mundo, por Alma Karla Sandoval

La semana pasada participé en un conversatorio sobre literatura escrita por mujeres. Pensé que me encontraría en un espacio seguro, abrazando lugares comunes que no por serlo nos empobrecen, al contrario, son una coordenada común donde nos reconocemos. Pero no. Una de las invitadas pidió desde el comienzo ser la última para escucharnos y luego disentir. Algo que se agradeció. Dijo que algunas feministas son violentas, que mienten porque a ella sí la leen sus amigas o sus familiares. No me quedó claro si con eso le basta, pero lo dio a entender. También comentó, citando muy desafortunadamente a Virginia Woolf (explicaré más adelante), que es preciso refundar un mundo porque el que tenemos no sirve y que entre nosotras deberíamos inventarnos una especie de nueva república de las letras donde quepamos todas alejándonos del canon, fugándonos. De inmediato pensé en Lesbos, en Herland, en ese país de la novela La grieta de Doris Lessing y no le dije a mi compañera de conversatorio que a su utopía le falta experiencia, actualización, muchísimas lecturas, que por eso su propuesta está cruda, sin hervor, sin sangre, anémica.

      No mencioné muchas cosas porque me sentí muy atacada por alguien que se vengaba de un comentario que hice en un muro hace meses sobre la maternidad. Ella mencionó que tal vez me incomodaba su discurso y tenía razón. Para evitar conflictos porque no me gusta pelear cuando sé que puedo hacer muchísimo daño, apelé al respeto, a la reconciliación y bajé el tono porque ella quería provocar en una charla grabándose para muchas escuelas de la universidad más importante de México y lograr de ese modo exhibirme fúrica para darle la razón: soy violenta. Algo de lo que también acusaron a las sufragistas, las panteras negras y recientemente a Rita Segato, una de las voces más potentes del feminismo global.

    La escritora en cuestión también protestó ante el hecho de que leyeran mi semblanza con los estudios realizados, los premios, etc. Explicó que prefiere que no lean la suya ni escribe en ese documento lo que ha conseguido porque en su opinión, de ese modo oprime a las otras que no tuvieron las mismas oportunidades. Lo interesante es que cuando la presentaron y leyeron parte de su currículum, vemos que también tiene estudios de posgrado, becas, premios y sí los menciona. Otra contradicción. Si ella se siente oprimida frente a los logros de las demás, debe ir a terapia. Cuando yo escucho las biografías brillantes de otras no siento envidia ni opresión porque mi autoestima sigue en su sitio, así que cuando una de las nuestras se abre paso sola o acompañada, aplaudo fuerte. El hecho de que una mujer se salga con la suya me da un gusto inmenso. Por eso apoyo, admiro y respeto profundamente todo lo que esa persona debió hacer para abrirse paso en este mundo del cual no quiero fugarme porque mi mirada, aunque se dude, no es maniquea, porque quiero transformar nuestro entorno desde adentro con todas las armas posibles: patriarcales o no. Preferentemente nuestras, que no emulen a las de ellos. Cuando eso no es posible, acepto la crítica y me reviso a fondo, como ahora.

     Casi siempre escribo para pensar porque no puedo evitarlo, es la única manera que tengo de salvarme, de recuperar aliento. Escribo, decía, cuando tomo un autobús, me hago un café, camino. Puedo decir que también cuando conduzco, cuando disfruto de la soledad de una casa heredada o me tomo un café sin hijos ni zulos.  Eso no me hace mejor ni peor. No soy una heroína por sacar adelante una carrera como autora con bebés llorando en una cuna o sin ellos. No soy especial ni debo ser castigada porque un poco de suerte y decisiones a tiempo, con otro tipo de renuncias y tragedias, me he ido alejando de hoyos negros existenciales e insalvables, de deudas, de ahogos monetarios, de vicios, de heridas que nadie puede curar. Escribir es igual de complejo. Acá dirán que no, que no se compara, que no sé lo que digo. Es muy probable que así sea, por eso también celebro cuando otra gana pesos de más con su voz para comprar calma y paz económica al menos por unos meses. Pero también cuando eso no le importa, cuando le da la espalda a la meritocracia, al dinero, al reconocimiento superfluo y escribe por el gusto de escribir, pero ojo, la Woolf habló de las famosas tres guineas, de lo esencial que resulta para una mujer ese tipo de autonomía. Sí, por ello sonrío cuando alguien con menos o más recursos se alza ante su historia adversa.

Lo repetiré: escribir de por sí es duro, más allá del natus o del habitus. Stevenson decía que en la literatura el salario es el trabajo. La materialidad de una obra, su concreción, es un premio, una alegría. Que exista un libro es una victoria ante el silencio letal.

    Lo repetiré: escribir de por sí es duro, más allá del natus o del habitus. Stevenson decía que en la literatura el salario es el trabajo. La materialidad de una obra, su concreción, es un premio, una alegría. Que exista un libro es una victoria ante el silencio letal. Por ende, se haga una denuncia en forma de poema que no habla más que de un poema es ya una reivindicación en un país feminicida. Les guste o no, señalen o no, militen o no del lado de las que sí salimos a la calle, de las que publicamos en sellos independientes, de las que no tenemos cola que nos pisen más que nuestra pasión desmedida, de las que nos la jugamos con escraches y por eso no nos soportan. Nos leen, sí, pero no les ponen like a nuestros textos. Nos admiran secretamente, pero nos rechazan porque marcamos límites, porque también el medio literario prefiere mujeres que se aguantan todo, medio frígidas, tristes, vulnerables, que hablan bajito, que son como las inalcanzables y nada peligrosas musas del dolce stil novo, como la Dama de las Camelias, la burguesa del cuento de Quiroga, la Beatriz de Dante y de Borges, la Alfonsina, la Pizarnik, la Woolf. En suma: enfermas, postradas en una cama mientras les chupan la sangre, quietecitas en el cielo, cultas y bien portadas en una casa elegante escribiendo poemas sobre más camelias o del género Bougainvillea; mujeres ahogadas en la costa, en el infierno de las sustancias o en la locura luego de no alcanzar a sublimar, como Virginia, el abuso sexual del que fue objeto, con todo y lo mucho que escribió y aportó a la causa feminista, con todo y el Orlando, con todo y la señora de las flores, con todo y el monólogo interior, con todo y el genio, con todo eso, decidió no formar parte de este mundo.

     ¿Es la fuga que merecemos?, ¿les vamos a dar la razón a Thelma y Louise?, ¿nos arrojamos al vacío todas juntas tomadas de la mano y así nuestro suicidio colectivo, el silencio o la voz domesticada de la poesía conservadora triunfan con nuestra ayuda, con nuestra huida voluntaria?, ¿de verdad del patriarcado no se sale más que muertas?, ¿de verdad un país solo de mujeres es posible, perfecto, puro, intachable?, ¿los sacamos de nuestras vidas para siempre? Yo no quiero, a mí me hace falta el otro como némesis, me gusta sentirlo en mi orgasmo, mi consuelo y en mi rabia. Necesito gritar que es un mentiroso, un violador, un asesino, cuando lo es. Requiero denunciarlo, confrontarlo, obligarlo a ver el mundo de otra forma con todos los medios a mi alcance. Pero también necesito admitir que puedo amarlo si es que un día me salva incluso de mí misma o si es que lo rescato.  O si el otro es otra para una mujer que la desea. Y sé cuánto peso tienen mis palabras. Y sé que soy una voz feminista y radical que sí se lee, pero no como quisiera, no con la justicia que no solo mi obra, sino la de todas merece: con la universalidad que nos siguen negando, con la importancia que nos restan ellos que a mí sí me importan porque por más masturbaciones mentales, por más fugas y viajes cortos o largos, por más Nietzsche, Deleuze, Guattari, Foucault, Andreas-Salomé, Beauvoir, Wittig, Lonzi, Lugones, Butler y Lorde, no podemos desaparecerlos de la tierra. Eso sí que sería ser igual que ellos, igual en el fondo y en la forma.

    ¿Quiénes son entonces las editopatriarcales?, ¿las que dicen que van a escribir de otra manera sin lograrlo, sin acercarse siquiera?, que me digan cómo porque, aunque no he leído lo suficiente, sé que en literatura el arroz ya está inventado con todo y la experimentación, con todo y Dada pasando por Trilce y los emoticones, los loops, los códigos de barras en los versos. ¿Quiénes son las editopatriarcales, las que se van a editar, publicar, difundir, citar y reconocer solo entre ellas para no cruzar espejos peligrosos, para sentirse cómodas y a salvo en su ombliguismo?, ¿o las que defienden el canon por una dizque izquierda o desde el anarquismo y nos acusan de incendiarias?, ¿o las que aplastan a las voces críticas criticándolas para ganar cartel?, ¿o las que dicen que no van a las marchas porque huelen muy mal?, ¿o las que están a gusto en sus torres de marfil y callando o regañando a las revoltosas feministas le hacen la vida literaria más fácil a los acosadores en los festivales, los encuentros, las ferias de libro?, ¿quiénes son las editopatriarcales?, ¿doy por hecho que no lo son solo por ser mujeres?, ¿salgo a castrarlos y me niego a leerlos a todos por ser hombres?

    Identifico y acuño otro término, aunque sé que no les gusta, que las y los pone mal: editomordaza unisex cuando ellas solo escriben, publican, leen o piensan sobre ellas y cuando ellos hacen lo mismo con ellos, pero también castigan invisibilizando o violentando de otras maneras a las mujeres que deciden dejar de considerarlos parte de su mundo. Sé que van a relacionar esta idea con la llamada cultura de la cancelación sobre la que en otra columna escribiré más largo, más tendido, así que no me detendré en esos vasos comunicantes. La editomordaza no va sólo en la boca como una mascarilla, sino en los ojos como una venda. La ginopia nos alcanza cuando nosotras los imitamos a ellos queriéndonos fugar o negar el planeta machista, el patriarcado que, si buen es ingenuo tratar de derribar, aun cuando sus fisuras ya son inobjetables; resultamos cobardes cuando tratamos de huir de él, pero más insanas si cerramos los ojos o cambiamos la realidad como un esquizofrénico cuando no escribimos. He ahí la resistencia que, como señaló Foucault (ni modo, lo cité) le sirve al poder: la de separarnos, la de no querernos pluralistas, la de inventarnos nuestras propias jaulas, nuestros islotes que a la larga también son cautiverios.

     Escritoras que no quieren estar en este mundo, acudan a la llamada de sus sueños, sus moradas o pesadillas fundantes, sus refugios dimantinos, jardines o zulos donde se sienten y son poderosas, pero no se despidan del todo de aquí, del territorio que se encuerpa si toca con los pies el limo con calcio de esqueletos o siente la necesidad de hacer memoria ante el lodo con sangre que nadie amordaza. Vuelvan de vez en cuando, también el alma es una cárcel para el cuerpo.

Alma Karla Sandoval

Columnista

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