Otoño 2025

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Antonio Arroyo Silva abre la edición de otoño en Revista GAFE con un texto en homenaje a Luis Cernuda y la fuerza de la poesía frente a la deshumanización. Incluye el poema “El otoño”.

Luis Cernuda

Luis Cernuda — Diario de Huelva. Fuente: Bestia Lectora. https://www.bestialectora.com/2021/09/biografia-de-luis-cernuda.html

OTOÑO DE 2025

Ahora mismo se está conmemorando el 123 aniversario el nacimiento de Luis Cernuda. Nació en Sevilla el 21 de septiembre de 1902. A mí me conmueve especialmente, pues  coincidimos en día y mes de nacimiento. Dicen que eso no tiene importancia, pero siempre me he sentido atraído por la poesía y la sensibilidad de Luis.

Toda la obra de Cernuda es admirable (yo lo considera, junto con Federico García Lorca uno de los poetas más grandes, ya no solo de la llamada Generación del 27, sino de la poesía en español de todos los tiempos). Pero ahora mismo, sin menoscabo del resto de su obra me voy a centrar en Ocnos. En la soledad de Glasgow (Escocia) nuestro poeta sevillano refleja sus recuerdos de la infancia en este libro escrito en lo que hoy llamamos prosa poética.

Dice Cernuda al respecto: «Ya nos hay dioses que nos devuelvan compasivos lo que perdimos, sino un azarciegoquevatrazandotorcidamente, con paso de borracho, el rumbo estúpido de nuestra vida».

Ocnos  es uno de los libros más intensos, líricos y profundos que publicó Cernida jamás. Lo escribió empapado de las lecturas de Schopenhauer y Kierkegaard allá en la soledad escocesa comenzada la II Guerra Mundial. El libro  se abre con una mítica explicación del propio Goethe a modo de prólogo: «Cosa tan natural era para Ocnos trenzar sus juncos como para el asno comérselos. Podía dejar de trenzarlos, pero entonces, ¿a qué se dedicaría? Prefiere por eso trenzar los juncos, para ocuparse en algo; y por eso se come el asno los juncos trenzados, aunque si no lo estuviesen habría de comérselos igualmente. Es posible que así sepan mejor, o sean más sustanciosos. Y pudiera decirse, hasta cierto punto, que de ese modo Ocnos halla en su asno una manera de pasatiempo».

Acabo de visitar el campo de concentración de Sachsenhasen, en Oranienburg, Alemania. Allí se torturó y asesinó a los políticos de izquierda, los intelectuales, los judíos, los criminales… Todos los anteriores con una categoría inferior a los criminales, pues eran los gafes del sistema nacionalsocialista. Fundado (digamos) en 1936, allí estuvo prisionero el presidente de la II República Española Largo Caballero que no murió en el campo, sino pocos meses después de ser liberado, en París, seguramente a consecuencia de las torturas en esa horrorosa máquina de tortura. En ese campo, y muchos más, los nazis intentaron asesinar el pensamiento crítico y, con él, la poesía. Y todo ello me reafirma en mi conclusión sobre la presencia de la poesía en este mundo que vuelve a la deshumanización. Si no lo consiguieron los nazis con todo su aparato de exterminio, tampoco lo van a conseguir los que vienen, que, por cierto niegan el terror pretérito. En este caso, aprovechando la fecha vamos a leer a Cernuda, pues su sensibilidad y su alta poesía nos hacen libres.

Como se trata de la entrada del otoño, aquí  va para nuestros queridos lectores gafes un poema de Cernuda sobre  el tema. Indaguemos, pues, en nuestras memorias. Traigamos al presente esos otoños infantiles que a todos y todas nos tocan:

El otoño

Encanto de tus otoños infantiles, seducción de una época del año que es la tuya, porque en ella has nacido.

La atmósfera del verano, densa hasta entonces, se aligeraba y adquiría una acuidad a través de la cual los sonidos eran casi dolorosos, punzando la carne como la espina de una flor. Caían las primeras lluvias a mediados de septiembre, anunciándolas el trueno y el súbito nublarse del cielo, con un chocar acerado de aguas libres contra prisiones de cristal. La voz de la madre decía: «Que descorran la vela», y tras aquel quejido agudo (semejante al de las golondrinas cuando revolaban sobre el cielo azul sobre el patio), que levantaba el toldo al plegarse en los alambres de donde colgaba, la lluvia entraba dentro de la casa, moviendo ligera sus pies de plata con rumor rítmico sobre las losas de mármol.

De las hojas mojadas, de la tierra húmeda, brotaba entonces un aroma delicioso, y el agua de la lluvia recogida en el hueco de tu mano tenía el sabor de aquel aroma, siendo tal la sustancia de donde aquel emanaba, oscuro y penetrante, como un pétalo ajado de magnolia. Te parecía volver a una dulce costumbre desde lo extraño y distante. Y, por la noche, ya en la cama, encogías tu cuerpo sintiéndolo joven, ligero y puro, en torno de tu alma, fundido con ella, hecho alma también él mismo.

Antonio Arroyo Silva

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