Óscar Martín Centeno: poesía, música y verdad escénica en Finestrat

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El recital del poeta Óscar Martín Centeno, celebrado en diciembre de 2025 en la Casa Figueretes de Finestrat, puso el broche final al ciclo de poesía organizado por Escritores Independientes Marina Baixa. Un encuentro que reunió literatura, música y emoción en torno a la palabra poética.

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Nota de la edición

El siguiente texto corresponde a la presentación del poeta Óscar Martín Centeno realizada el 7 de diciembre de 2025 en Casa Figueretes (Finestrat), dentro del acto de cierre del ciclo de poesía organizado por el colectivo Escritores Independientes Marina Baixa.


A continuación reproducimos el texto de presentación leído durante el recital.

Óscar Martín Centeno: poesía, música y verdad escénica

Óscar Martín Centeno es licenciado en Historia y Ciencias de la Música por la Universidad Autónoma de Madrid.

Ha recibido importantes premios por su obra poética, entre ellos el Premio Internacional Florentino Pérez-Embid por Espejos enfrentados (2006), el Premio Nacional Nicolás del Hierro por Las cántigas del diablo (2007), el Premio Internacional Paul Beckett por Sucio tango del alma (2007), el Premio Internacional Antonio Gala por Circe (2010) y el Premio de Poesía Eladio Cabañero por Cuando el funambulista besó a la mujer bala.

Ha publicado, además, manuales sobre creación literaria y artículos en revistas nacionales e internacionales, y sus poemas han sido traducidos al inglés, alemán, francés y griego.

Además de poeta, coordina el Centro de Estudios de la Poesía de la U. P. José Hierro y el ciclo Poesía en la Esfera del Ayuntamiento de Alcobendas. Combina la poesía con la música y los medios audiovisuales en sus recitales, explorando la integración de distintos lenguajes artísticos.

Ha desarrollado proyectos multimedia y documentales culturales para museos y entidades como el Museo Reina Sofía y el Museo Thyssen-Bornemisza.

Como veis, Óscar Martín Centeno no solo ha construido una obra sólida y premiada, sino que ha sabido combinar la poesía con la música, los medios audiovisuales y la enseñanza, explorando distintos lenguajes artísticos.

Pero, más allá de los premios, los libros y los proyectos, lo que nos trae hoy aquí es algo mucho más cercano: la experiencia de sentir la poesía, de escucharla y de dejar que nos toque por dentro.

Porque hablar de la poesía de Óscar Martín Centeno es hablar, en el fondo, de lo que sentimos cuando algo verdadero nos estremece.

Cierra los ojos.

Y mira alrededor.

Ha comenzado todo.

Si levantas las manos,

notarás cómo late

el corazón del viento.

Una poesía que nace en ese lugar donde caben todas nuestras contradicciones: la luz y la sombra, la memoria que consuela y la que duele, el amor que nos sostiene y el que nos desarma.

En sus versos hay una delicadeza que no es debilidad, sino una forma honesta de mirar el mundo sin máscaras. Una poesía que no busca deslumbrar ni esconderse detrás de artificios, sino que se acerca a nosotros como lo hacen las cosas genuinas, con una mezcla de fragilidad y de fuerza que uno reconoce al instante.

Y hay en su obra, además, una dimensión profundamente sensorial: sus poemas se escuchan, se ven, casi se tocan. Están escritos desde un espacio profundamente humano, donde cada verso parece sostener una pregunta esencial: ¿qué somos cuando amamos, cuando perdemos, cuando nos levantamos, cuando miramos con otros ojos lo que creíamos ya conocido?

Uno de los rasgos a destacar de su obra es su capacidad para unir la tradición poética —el ritmo, la musicalidad, la imagen precisa— con una mirada contemporánea, abierta y libre.

Una pulsación nueva que rompe moldes y se atreve a experimentar con la voz, la cadencia e incluso con otros códigos creativos, recordándonos que la poesía está viva y cambia… igual que cambiamos nosotros.

Su poesía respira música, imagen, movimiento. Hay algo profundamente visual y sonoro en su forma de construir el poema que conmueve, como si cada verso fuera también una pequeña partitura emocional que pide ser dicha, escuchada, habitada.

Quizá por eso su poesía encaja tan bien en un lugar íntimo como este: aquí, donde cada respiración queda cerca, donde el eco de las palabras se queda rondando un instante más, donde uno puede escuchar con el corazón un poco más abierto.

Lo que vamos a oír esta noche no es solo literatura: es una forma de estar en el mundo, un modo de buscar belleza incluso en lo que duele, un intento —valiente y tierno— de nombrar lo que nos hace humanos.

Os dejo con esa voz… una voz que busca, que cuestiona, que ilumina.

Os dejo con Óscar Martín Centeno.

Ven aquí, soledad

Y llegaron tus ojos con el brillo del viento, y la mañana cubierta de repente por la brisa marina, y el calor infernal e insufrible que revienta como una hoguera azul en la sonrisa del viejo corazón.

Alrededor el aire es un sollozo. Pero ya nada importa, una alegría absurda nos ha prendido fuego, el mundo nos recorre y nos contiene antes de separarnos. Amanece, mi niña. Afuera están aullando que ha comenzado todo:

festejan que por fin ha llegado la lucha.

Cuando esos aprendían tres palabras tú y yo ya preparábamos esta guerra de espumas, y ahora que ellos gritan nosotros somos ángeles. Ven aquí, soledad, que adoro amarte al alba.

Cuando enciendas los párpados

Nos quitamos el cobre y las hermosas armas que ni Homero describe con justicia, y observamos el mundo recién amanecido. Las viejas carreteras brillaban inasibles; lo que antes fue un sendero que parecía ahogarnos ahora era la pista de despegue donde soñaba el aire. Ni los más optimistas de nosotros imaginaron esto. Lo nuestra era alcanzar una bella derrota, el premio leve de una simple sonrisa por haberlo intentado. Y sin embargo hoy estamos juntos, brindando enloquecidos. A lo lejos alguien grita mi nombre, y yo conjuro la vida que he llevado, los sufrimientos y alegrías, el dolor y la angustia; y con la mano en las brasas, te aseguro que mereció la pena.

Cierra los ojos. Deja que corra el llanto.

Sonríe hasta que sientas que te aúlla la cara. Y deja que desciendan por tu cuerpo los mil besos del mar. Cuando enciendas los párpados el universo entero será un baile de espumas.

Así, pequeña Helena

La noche que empezamos con la revolución arañamos el tiempo que nos pertenecía, los días escondidos en el fondo del alma, y las plegarias que ardían en la luz de nuestras manos como palomas ebrias de una voz diferente. De pronto, las aristas que afilaban oscuros edificios desdoblaron el tiempo, para darle un sentido distinto y una nueva belleza. Aquello que escupió a la vida atándonos empezaba a servir a nuestra causa.

Decir que nos sentíamos intensamente vivos sería decir poco. Los planetas giraban de repente de una forma distinta, el perfume del mar recorría el asfalto, el pensamiento bailaba entre nosotros de una manera eléctrica. Aullábamos insomnes en las calles, contagiando la luz de esta locura. Poco después iban cayendo al suelo las viejas alimañas de fichar. Y los despertadores acabaron realizando en el lago de algún parque una estupenda obra subacuática de arte contemporáneo.

Fue la noche más larga de la tierra. Así, pequeña Helena, empezó todo.

Y aquella misma noche

Intenté cada día no caer en el odio, hacer las paces con la miseria que quemaba la punta de mi lengua, pero llegó un momento en que el veneno ya se había extendido demasiado. Y dejó de servirme la terapia de peces amarillos, y el soñar que tejía en la rueca de mi almohada el somnífero amargo de la desolación. Cogí mis cosas y me fui de una vez a donde nadie supiera ya mi nombre. Le di al diablo las mejores parcelas de mi alma, y le hice sangre a todos los antiguos pecados capitales.

Cuando acabé cansándome de aquellas siete prohibiciones puse como octava en la lista el entusiasmo.

Y aquella misma noche les prendíamos fuego a las murallas.


María Meilán Castro es escritora y miembro del colectivo Escritores Independientes Marina Baixa, grupo que promueve la expansión y difusión de la literatura mediante actividades culturales y literarias.

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