5 microrrelatos de Fernando Ugeda Calabuig

5 microrrelatos de Fernando Ugeda Calabuig

En busca de bienaventuranza

A las olas les gusta hacer de mensajeras, les encanta acarrear fútiles pertenencias que a la postre encallan en la arena, útiles ya inútiles para quienes no hace mucho eran sus dueños, ahora moradores en el vientre de un mar que fiel a su costumbre jamás hace prisioneros. Nombres condenados al olvido pues sólo las miradas impregnadas de nostalgia recuerdan a los seres queridos que un día partieron en busca de bienaventuranza.

   Sentado en la orilla me probé un zapato izquierdo que me venía pequeño. Al intentar calzármelo percibí el llanto desconsolado de un niño hambriento, la impotencia y la desolación de una madre, el dolor ávido y constante que a diario germina en las venas de África sin que nadie lo remedie. En mi boca se fraguó el sabor agridulce del maboque, el sonido seco del machete, la angustia de un continente estrangulado por la infame codicia que enriquece a unos pocos en detrimento de tantos. También me calcé un pie derecho que me venía grande. En dicha holgura atisbé los sueños malogrados de su anterior dueño, su anhelo de ofrecer a sus hijos prosperidad y un futuro libre de injusticias y miedos. Me quité el zapato y lo lancé lejos. En mis ojos prendieron los colores de África, el amanecer en la sabana, las nieves del Kilimanjaro, la templanza de los caudalosos ríos que ribetean las llanuras esmeralda. En mis oídos resonaron los cantos tribales de un pueblo henchido de esperanza, porque bajo los ojos encharcados de tristeza aún reluce una sonrisa nacarada, todavía las piernas danzan y las gargantas ríen y cantan con la mirada puesta en un prometedor mañana que habrá de trocar en manantial la larga sequía que los atenaza. Ajenos a la verdad, en sus humildes jergones muchos sueñan con Europa, tierra de leche y miel, mater amatísima que los acogerá en su regazo atendiendo los dictados de su conciencia solidaria. Por desgracia, entre ellos y esa tierra de promisión, existe un proceloso mar donde los sueños naufragan.

Placebo

La farmacia estaba desierta a la hora de cierre. Don Críspulo se disponía a apagar la lámpara de gas cuando Marta entró con su hija Rosalinda, a quien la mocedad había adornado con sus mejores galas a pesar de que su rostro destilaba amargura.

—Disculpe, don Críspulo, ya sé que no son horas; pero es que mi hija no se encuentra bien. Apenas come, suspira día y noche, rezuma tristeza.

   El viejo farmacéutico, tras examinar la taciturna mirada de la muchacha, entró en la rebotica y en cuestión de minutos salió portando un frasco de cristal color ámbar.

—¡Extracto de melancolía! Contiene raíz molida de malvavisco disuelta en té edulcorado con miel. Una cucharada al día durante dos semanas.

—¿Es grave lo que tiene mi hija? —Preguntó Marta con desasosiego abrazándose el pecho.

—Pierda cuidado, señora, este preparado es una bala mágica —le guiñó un ojo de soslayo antes de dirigirse a Rosalinda—. Jovencita, este jarabe es capaz de curar los males del alma. Es ideal para revertir los estados de ansiedad, un perfecto adalid para luchar contra el desconsuelo y, sobre todo, un remedio infalible para curar el desamor.

Para quien quiera leerlo

El anciano se había pasado el día entero imprimiendo el trabajo de toda una vida. Sobre la mesa del salón se apilaban miles de folios ordenados por géneros y por orden cronológico, páginas en las que yacían sepultados los sueños derrotados de un autor inédito que, a lomos de su imaginación, había librado cientos de batallas empuñando la pluma. Depositó sobre uno de los rimeros un sobre en cuyo anverso rezaba “Para quien quiera leerlo” y le echó un último vistazo a la estancia. Si poder evitarlo su mirada recaló en la antigua foto en blanco y negro que reposaba sobre el aparador. En la instantánea su esposa lucía juventud y un brillo soñador en la mirada. “Nos vemos pronto”, musitó colocando el portarretratos boca abajo. Se subió a la silla, se metió la cuerda por la cabeza y ajustó el nudo corredizo al cuello. Esbozó una débil sonrisa a modo de despedida y sin deshacer la mueca volcó la silla de un puntapié. Al cabo de unos minutos sonó el teléfono, timbrazos insistentes que alteraron el silencio que reinaba en la casa. Al otro lado de la línea telefónica, un importante editor ansiaba escuchar la voz del escritor que había alumbrado la obra maestra que él acababa de leer.

El Espectro de la Triste Figura

Siglos después, a lomos de Rocinante y en compañía de su fiel Sancho Panza, el espectro de Alonso Quijano regresó a El Toboso persiguiendo el aroma de su emperatriz Dulcinea. Todavía con el corazón palpitante y la mirada embebida en nostalgias y soledades, un rictus de prevención se acomodó en su rostro al presenciar en plena calle el llanto desconsolado de una anciana que acababa de ser desahuciada.

—¡Vive Dios que aquí huele a Tribunal del Santo Oficio, amigo Sancho! Al parecer hay cosas que nunca cambian en nuestra querida España. La mezquindad es contagiosa y la codicia nunca sacia su voraz hambre. Presto, ayúdame a desenvainar la espada, he de librar una última batalla.

—Recapacitad, os lo ruego. Vuesa merced sabe que las buenas intenciones a veces son la madre del revés.

—¿Acaso piensas que mirando hacia otro lado hallaré la calma que porfía en restablecer mi alma?

—Mi señor, jamás me atrevería a insinuar semejante despropósito; pero me permito recordaros que sólo somos un par de fantasmas.

—Sabes que desapruebo tu falta de idealismo.

   Sancho avistó la nobleza que habitaba los ojos de su señor. Hinchó los pulmones de aire y se proveyó de nuevos bríos.

—¡Ea pues! —Soltó apremiando a Rucio.

Cuestión de olfato

Me encontraba vaciando la vejiga junto a un árbol del parque cuando escuché un grito desgarrador. Reconocí de inmediato el alarido, de modo que interrumpí la micción e inicié una carrera tan desesperada como estéril, pues al llegar a mi destino la luz argéntea de la luna llena se derramaba sobre el cadáver tendido en la acera. Al instante deduje que la sombra que se escabullía atravesando el parque era el asesino, así que corrí tras él durante minutos. Estaba a punto de darle alcance cuando entró por la puerta trasera que daba al jardín de una vivienda que tenía todas las luces encendidas. Regresé al lugar donde yacía el cadáver y descubrí que la zona ya había sido acordonada por la policía. Atravesé el cinturón policial y me dirigí de manera vehemente al inspector que llevaba la investigación, presumí quién era por su indumentaria, la clásica gabardina de Colombo. Le dije que me siguiera, que yo sabía dónde vivía el asesino, que incluso podía reconocerlo por el olfato.

—Que alguien me quite este chucho de encima. No hace más que ladrar —gruñó el inspector.

   Un policía me agarró por la correa que circundaba mi cuello y me sacó de allí. Me invadió un vendaval de tristeza al contemplar cómo cubrían el cuerpo inerte de mi dueña.

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