«Memoria de unas olas» y la espiral del tiempo

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Antonio Arroyo hace una introducción a este poemario del poeta palmero Domingo Acosta Felipe, presentado recientemente por La Asociación Cultural Poesía Viva de la Atlántida

Hace casi seis décadas el que les escribe solía ir a la orilla del mar y se refugiaba entre los prismas de hormigón del embate de la marea que rompía contra la Avenida Marítima de Santa Cruz de la Palma. En mi gran aventura infantil a veces veía lo que yo creía pompas de jabón o, yendo más allá, trocitos de ola que quedaban atrapados entre las rocas. Entonces, surgió la idea de arrojarle una piedra para reventar esos trocitos de ola y que su agua volviera al mar, libre de ataduras.

Un día, mientras repetía la mencionada acción, apareció un niño de mi edad, pero más alto y fuerte que yo. Gesticulaba, lloraba y me gritaba que estaba matando a un ser vivo. Entonces escuché por primera vez la palabra «aguaviva». Un ser vivo, una medusa. Por supuesto, le hice caso.

El niño en cuestión era Domingo Acosta Felipe y me acompañó durante un tiempo en mis correrías. Me fascinaban sus historias del mar y su fauna, hoy diríamos ecológicas, teñidas de cierta aura de leyenda. Fue la primera memoria de unas olas: mi amistad con el que sería poeta de esas visiones.

Mucho tiempo después, la vida y el tiempo que, como dice Domingo, se subió al reloj, nos encontró de nuevo. Ambos éramos aspirantes a poeta. Yo quería editar un libro y él tenía una colección de poemas de unas doscientas páginas cuyo título respondía al del libro que les voy a presentar. Él enmaquetó la edición de mi primer poemario, Esquina Paradise. En cuanto a Domingo, me contó que la mayoría de los poemas del archivo, que me envío sobre la marcha, habían sido distribuidos de manera no convencional: escribía a mano cada poema y se los daba a las personas que encontraba por la calle, especialmente en el bar La Tropical de la calle Heraclio Sánchez de La Laguna. Fue el tiempo de la amistad recuperada y de la complicidad poética.

Dos valores previos para el que comenta y que de alguna manera constituye la prehistoria del libro que les voy a presentar. Memoria de unas olas, un conjunto de poemas distribuidos en unas 200 páginas, ahora es un poemario de apenas 72, lo cual indica un largo periodo de reflexión desde el inicio de su confección en 1994 hasta el momento actual de su publicación. Muchos poemas descartados, reescritos, cambiados en cuanto a la disposición de los versos, etc. Y, sobre todo, guardando la misma estructura. De alguna manera, a mi entender, conecta su poética de tantas décadas pasadas con la actual.

                                                           

Memoria de unas olas está dividido en dos partes: A ese nombre interminable y la que le da nombre al conjunto. La primera parte tiene como tema central el amor, pero no se refiere a un amor sensiblero, sentimentaloide, pseudorromántico, sino a ese nombre interminable que está siempre en transcurso y que «No tiene/ explicación/ sucede/ con los sueños».

El amor, el sujeto-objeto del amor es el que le da sentido al poeta y desde ese entendimiento lo que le rodea sin ningún tipo de determinismos ni limitaciones: «Te amo/ porque existo/ y puedo conocerte sin remedio». O bien, «Bienvenida: // quizá te amo/porque persiste cada día/ una forma nueva para amarte que va inventándose /en sí misma/despacito;/o porque trajiste el lenguaje exacto/por el aire/y respiré tu luz/cargada de palabras».

De más está decir que el poeta, como tal, no pretende teorizar sobre el tan traído y llevado tema del amor, ni mucho menos teorizar o transmitir sus experiencias. El amor y la escritura sencillamente suceden. Es, como Domingo dice: borrar letras a  la muerte y, por tanto, crear (y fundar) un tiempo en el poema. Curioso el metalenguaje procedente del amor. El amor es el arjé de nuestro poeta.

En cuanto al léxico que nos hace pensar en el ya mencionado tema central de esta sección, aparte de la presencia de la amada (que se confunde con la naturaleza) destaca la palabra «beso» y el verbo «besar». Pero estas palabras no tienen las connotaciones tradicionales eróticas (o quizás sí): «Besarte es una forma/de saber que existo…/ Vivirte es una suerte/ de soñar lo posible».

En Memoria de unas olas Domingo no solo aborda el tema social, sino que va a la misma raíz de este: al lenguaje, a aquello que nombra. De ahí que comience esta parte con este verso: «Llegar aquí insatisfecho». Todo secundado por versos estratégicamente dispuestos como: «Nacieron los candados/ aparentes» o «No puede amar/al carcelero». Entiendo que la expresión produce esa insatisfacción al llegar a este aquí, a esta memoria de unas olas. El poema no puede amar al carcelero y, por eso hay que romper con la sintaxis y los conceptos al uso (los candados).

Hay que destacar una declaración de culpabilidad o ejercicio de la conciencia poético-vital: «Declaro haberme equivocado/con la velocidad/ del atropello. /Declaro que me he visto. /Declaro mi poca precaución/con los abismos».

Otro tema importante de esta sección es la libertad (sin desplazar el del amor): «La libertad está en una copa cerrada/ con el expolio de la primavera, /en una malla de viento sin rocío, /en un estanque de alas congeladas, /en ese trino que llora incomprendido. /Hay olas de piel en la mirada». La libertad para Domingo tiene mucho que ver con su amor por la naturaleza y, más que este, el sentirse parte de la ella. La libertad comienza ante la adversidad, no ante la calma. Además, apreciemos esa integración en la expresión olas de piel en la mirada. Ya no solo es la memoria, sino, además, la mirada que se confunde con el objeto y transciende el tiempo y el espacio.

En esa integración, casi al final del libro, Domingo Acosta Felipe nos resume su ideario poético de la siguiente forma: «Escribo/ Pero prefiero/ Las flores libres/ A los cantos, /Tus ojos a mis hojas/Y el bosque austero / con tu nombre».

El último poema del libro empieza, justo como termina otro libro suyo, El mar de nadie: con la afirmación SÍ: «Sí. / Hay otro mar de nadie/ con una orilla diferente. /Y aunque destruyan / todas nuestras barcas/ existe:// nadaremos». El mar de nadie termina con este Sí, un poema de una sílaba. Su manera de reafirmar lo de antes (o lo de después).

No me creo del todo que el motivo de enlace fuera porque esta Memoria de unas olas, anterior cronológicamente, se publicara después por razones de disponibilidad editorial. Creo que más bien fue por decisión del autor, pues a Domingo le gusta mucho jugar con el concepto de la espiral del tiempo, pues da la sensación de ese no tiempo que el poeta necesita para escribir.

Y para acabar les dejo esta cita de Jorge Luis Borges, extraída de su libro El jardín de los senderos que se bifurcan:

«(…) Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas la posibilidades. No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos. En éste, que un favorable azar me depara, usted ha llegado a mi casa; en otro, usted, al atravesar el jardín, me ha encontrado muerto; en otro, yo digo estas mismas palabras, pero soy un error, un fantasma (…)»

Y ahora subámonos al tiempo para estar con Memoria de unas olas, de Domingo Acosta Felipe.

Antonio Arroyo Silva.

Gáldar, mayo de 2024.

Equipo de Redacción

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