Materia oscura y ensayística; por Alma Karla Sandoval

Entre las flores como ideas y las hipótesis de grandes autores, Alma Karla Sandoval comenta lo que se necesita para escribir un ensayo.

Contemplo lo que va a cambiar con la mirada que le damos a las flores. Van a morir tarde o temprano. Lo curioso es que no duele entender esa belleza, su gloria consiste en ser efímera. De todas las muertes, quizá la de las flores es la que mejor se vive pues no se piensa mucho. Sea cual sea el ramo, se marchita, lo sacamos del jarrón directo a la basura. Eso es todo. No hay lamentación, diríase que alivio porque de nuevo se abre, como una corola, la oportunidad de comprar otros arreglos, de reinventar el aroma, los colores, la composición de un objeto ornamental que nos alegre. 

     Esta apología de lo efímero viene a cuento por una frase de Lou Andreas-Salomé cuando habla de la posible consumación de ciertas emociones: “Más o menos es así: quien cierra la mano en un rosal rebosante de rosas la sacara llena de flores; por muchas que sean, en comparación con la plenitud del rosal serán poca cosa. Pero aun así basta el puñado para vivir en él la totalidad de las flores.  Si desistimos de alargar la mano porque no nos va a traer el rosal entero, o si inflamos el puñado como si fuera todas las rosas del matorral, entonces florecen, no vividas, sobre nuestras cabezas y nos deja solos”[1], visto así, la compañía es juego de equilibrios y resignaciones: no hay rosal entero ni todas las flores, vividas o no, caben en nuestras manos. Como señala Carlos Fuentes deseamos siempre algo más, algo que quizás ni siquiera sepamos concebir, pero que nuestra imaginación y nuestros sentidos buscan, exigen, imaginan, aunque ni siquiera lo conciban. Sucede igual con la belleza que entrega su cuerpo no para decirnos que nos contentemos con lo que el mundo nos da, no para limitar nuestro deseo y pedirnos una conformidad cualquiera, sino para hacernos el regalo de un cuerpo presente, un cuerpo aquí y ahora que no sacrifica, sin embargo, ninguna de sus posibilidades, ninguno de sus puede y ninguno de sus nunca.[2]

     Sumémosle el hecho de que la belleza de las rosas muere. Quizá no en nuestra cabeza por efectos de la memoria, pero la realidad impone sobre el cadáver santos óleos. Si la poesía posee alguna función es la de rescatar el recuerdo que fue instante. Si el ensayo creativo sirve para algo, no es solo para ver la espina y saber exactamente cuántas horas duran con buen color y olor las flores sobre nuestra mesa, sino para aprehender la metáfora que encarnan, es decir, la profundidad de sus analogías, la certeza de su definición o bien, lo erróneo de sus conexiones con una u otra cita de otro autor que aparece extraviado en la memoria. A propósito de ella, comulgo con Argullol: “Lo que actualmente llamamos memoria es un viaje en una sola dirección. El viaje desde a través de lo que llamamos recuerdos, de acceder a los otras de una manera arbitraria. Pero una a través del arte, no solo hace un viaje en una dirección sino también que se obliga a sí mismo a hacer el viaje en dirección contraria, es decir, a la caza de recuerdos, entonces la memoria cambia. Es como si el arte, la escritura, la literatura a la búsqueda de la memoria pueda navegar entre ellas por la materia negra del firmamento. Que puede ser que siga negra, pero a medida que indagas se van reconstruyendo ciertos elementos que parecían perdidos”[3], por ello no es difícil pensar que la memoria es una de las musas fundamentales en un mundo antiguo preferido al arte o por eso cuando los poetas han intentado definir lo que es la poesía siempre sale la palabra memoria. Escritores como testigos o sobrevivientes de diversas catástrofes. Enrique Díaz Álvarez lo explica de esta forma:

El hacer memoria es una forma de acción. Lejos de evitar un pasado amenazante y paralizarse, los testigos supervivientes van en su búsqueda. Exploran imágenes. Cazan palabras y sensaciones. Nada hay en su rememorar de pasivo o patológico. La distinción que hace Paul Ricoeur entre el recuerdo que asalta y afecta (mneme) y el acto de rememoración como una búsqueda actica (anamnesis) es clave por cuanto revela la dimensión ético-política que pone en marcha el testigo con su poder buscar. Estamos frente a quien toma la palabra en primera persona, aquí y ahora, para conjurarnos contra el olvido. Vaya paradoja, la memoria vive del pasado, pero siempre se ejerce en el tiempo presente. El superviviente tiene el poder de revivir y reaparecer. [4]

      Dicho don proviene de las incesantes muertes de la cigarra en una canción popular, Tantas veces me mataron/ tantas veces me morí/ sin embargo estoy aquí/ resucitando porque la materia oscura de lo literario no solo es fantasmagórica, posee algo de Lázaro que se levanta y anda. De tal suerte que pienso el ensayo como un dispositivo de exorcismos, como la nave no de los locos de la Edad Media, sino de los memoriosos gracias a cuya búsqueda incesante de conexiones entre distintos saberes y voces, se llega lejos, hasta el confín donde es posible encontrar fuegos de San Telmo o rosas que crecen bajo el agua.


[1] Andreas-Salomé, Lou. (2018). Lou Andreas-Salomé. Mirada retrospectiva. Compendio de algunos recuerdos de la vida. Madrid: Alianza Editorial, p. 44.

[2] Fuentes, Carlos. (2002). En esto creo. Ciudad de México: Seix Barral, p. 32.

[3] Argullol, Rafael; Monmany, Mercedes. (2020). Humanismo cosmopolita. Barcelona: Gedisa, p. 30.

[4] Díaz Álvarez, Enrique. (2021). La palabra que aparece, el testimonio como acto de supervivencia. Barcelona: Anagrama, p. 218.

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