Mariano Estrada: la mirada poética de lo cotidiano
La poesía de Mariano Estrada nos conecta con lo esencial: el paisaje, la ternura, la memoria. En esta entrega, compartimos una selección de poemas que revelan su mirada clara y su oficio sereno. Una voz que emociona desde lo cotidiano y nos invita a leer con pausa.

Foto de Javier del Vigo
Desde Villajoyosa, donde reside desde 1973, el poeta y narrador Mariano Estrada ha trazado una obra sólida y luminosa, con más de 25 títulos publicados y numerosos premios a lo largo de su trayectoria. Nacido en Justel (Zamora) en 1947, ha sabido trasladar a su poesía la emoción del paisaje, la memoria y los vínculos humanos, sin renunciar nunca a la belleza sencilla del lenguaje claro.
En esta entrega para GAFE, compartimos una selección de 10 poemas que nos acercan a su universo: limpio, emotivo, vital. Su poesía nace de la contemplación y de la experiencia, y alcanza al lector desde la ternura, la introspección y la palabra justa. Una obra que invita a mirar de nuevo el mundo con otros ojos.
Poesía
Versos
A Miguel Hernández
Trozos de cárcel y pueblo,
filos de reja y espada.
¡Cuánto es el luto del hierro
tras las paredes de España!
Uno es el santo: lo negro;
una es la seña: la patria.
Dos es la sangre del pueblo,
tres es el pueblo que sangra.
¡Qué vas a hacer, compañero,
sino llorar por España!
Llora, Miguel, llora versos,
porque los versos son armas;
porque las armas… ¡Secreto!
¡Que no lo sepa el que manda!
¡Cuánta razón es un preso
que hasta la muerte lo callan!
¿Hasta la muerte? Ya muerto
van a ponerte una guardia.
¡Ojo al cajón, carcelero!
¡Ojo al cajón de las almas!
– ¡Alto a las sombras! ¿Quién vive?
– Un pelotón de palabras.
– Digan el santo.
– Lo eterno.
– Digan la seña.
– ¿No basta?
Leva, Levante, los vientos:
luto, cuchillo y espada.
Toro de amor, alza el cuello;
plántale al tigre la cara.
Del libro Mitad de amor, dos cuartos de querencias (1984)
Se me pone el alma…
A Paco Llorca
Se me pone el alma
solitaria y triste,
descreída y vieja,
porque nadie admira,
porque nadie escucha,
porque nadie sueña.
Porque nadie sabe
mantener el fuego
con aquella leña
que nos dio calores,
que nos dio esperanzas,
que nos dio creencias.
Y la vida pasa
como pasa el hombre
que no tiene señas:
sin dejar constancia,
sin hacer ovillo,
sin hacer madeja.
Sin dejar tampoco,
como deja el aire,
como el agua deja,
una marca honda,
una huella firme,
una firma cierta.
Pues si fuimos fuentes
con el agua limpia,
con el agua fresca,
ahora somos pozos
con el agua turbia,
con el agua negra.
Ojalá los hombres,
ojalá las cosas,
ojalá las bestias,
me trajeran sueños
de la Edad de Bronce,
de la Edad de Piedra.
Donde hubiera arraigo,
donde hubiera calma,
donde el tiempo fuera
el reloj callado
de las grandes horas,
de las horas muertas.
Pero nadie sabe
de ese pauso sueño
que nos da paciencia,
porque todo urge,
porque todo empuja,
porque todo aprieta.
Y el aprieto agobia
y el agobio mata
y la muerte entierra
los amores hondos,
los quereres dulces,
las sonrisas tiernas.
Pues las ansias mueren
y las glorias pasan
y las prisas dejan
a los hombres solos,
entre sueños vanos
y palabras hueras.
Que los pies se cansan
y los cuerpos sufren
y las almas quedan
como el alma mía,
solitaria y triste,
descreída y vieja.
Del libro Vientos de soledad (1984, publicado en 2017)
Aún tengo el amor
Yo tengo en el recuerdo la pureza
del verso, de la rosa, del rocío;
yo puedo regresar al mismo río,
tener en el hogar la misma pieza.
Yo tengo en un rincón de la cabeza
el fuego del amor, que fue tan mío;
el beso, la pasión, el desvarío,
los pasos que se dan con ligereza.
Yo tengo un corazón en la corteza,
un vuelco en la razón hacia el vacío
del tiempo, que no acaba, que no empieza.
Yo tengo en el recuerdo la certeza
del sol, de los calores del estío,
del rojo de la sangre y la cereza.
Del libro El Cielo se hizo de amor (1986)
La luna
Ya nadie mira a la luna,
la luna ya no es de nadie;
ya no la cubren de besos,
ya no la bañan con sangre.
Ni ya le escriben poemas,
ni ya le clavan puñales;
ya no hay tragedias de amores,
ya no hay amor, no hay amantes.
Ya pasa sola la luna,
ya pasa sola, sin nadie;
ya no amontona secretos
ni alumbra sueños, como antes.
¿Adónde fuisteis, poetas,
adónde fuisteis, amantes,
que la dejásteis sin versos,
que sin amor la dejásteis?
Ya no es de nadie, ni es luna,
la luna que ahora nos sale;
porque es un círculo solo,
y solo un círculo errante.
Solo un castillo arrumbado,
solo un recuerdo distante;
solo una historia en un libro,
solo una estatua en un parque.
La luna no será luna
sin corazones que amen;
sin pensamientos que vuelen
y sin poetas que canten.
Y es esa luna, lunero,
la misma luna, no obstante,
que tú metiste en los versos
porque era tuya una parte.
Pero los hombres son otros
y otras las cosas que valen;
y otros los ojos que miran
y otras las formas de amarse.
La luna no será luna,
porque la luna es mirarse:
asesinar con los ojos
hasta el dolor de la sangre.
Del libro El cielo se hizo de amor (1986)
Oye esta palabra
Oye esta palabra mínima,
ala de ave, apenas mariposa,
que vuelve sobre ti
en un arpegio tenue.
Óyela, concíbela otra vez,
como si fuera el halo
de nuestra lírica luna: la primera.
Deposítala en la flor que tuvo el alma
sobre el pecho herido,
recortado en el papel
y el viento.
Óyela temblar.
atiéndela en regazo de paloma,
con calor de niño,
con caricia suave
desprendida de la yerba.
Mira este potrillo desherrado,
esta gota de agua
caída de una lluvia incontenible.
Ámala otra vez en el camino
lento
que nos dio la tarde.
Pruébala, recíbela,
tómala en tu vientre enamorado
y apártale esa nube procelosa, mala,
en la que ¡ay!, sin darse cuenta,
huyó de tu candor
para dejar de ser ángel.
Del libro Azumbres de la noche (1993)
Mementos
Los altos cirios, las coronas
nimbadas de los ángeles,
las músicas de Bach y Palestrina,
los trémulos sollozos, la oración,
el negro catafalco…
Van cayendo las hojas
sobre el barro vencido del crepúsculo,
en tanto que el dolor,
entrecortado y lento,
responde a un interludio de campanas
gravitadas en muerte.
Los mementos se agolpan en los labios
callados de la piedra, y en el polvo
desnudo de esta carne última
que huye de la luz
por torrenteras de ceniza.
El grillo de las hojas adelgaza
los cantos gregorianos
y el hisopo rocía los barnices
asépticos que cubren la memoria…
Confines del otoño. «Requiem
aeternam dona eis, Domine».
La cruz, el mármol, los inciensos…
Misereres de amor, sobrepellices
de cera derretida, llantos, penas,
crisantemos de luz y de granito…
Como gotas de paz,
como estertores ácidos de lluvia,
van cayendo las hojas del dolor,
las de la savia interferida,
las que miran el barro desde un
velo de luz desesperada.
Del libro Hojas lentas de otoño (1997)
Al amor por el mar
El Charco, Villajoyosa
Consciente de ser hombre,
he mirado el azul
catártico del mar
y en las paredes palpitantes
de la respiración -en las que el aire
penetra y se transforma-,
he sentido la vida.
Un golpe medular,
un pinchazo constante,
un prolongado impulso
del corazón, un sostenido
agitamiento de las emociones.
Apostado en el filo
vertiginoso del acantilado,
donde el agua es un toro
de espuma enfurecida,
me sentí golpeado
por una inmensa ola
de sal y de recuerdos.
Fui a buscarte, tomé
tu cara entre mis manos,
besé tu frente con urgencia, casi
con desesperación, como si fuera
el íntimo desgarro de una
insoportable despedida.
Pero era simplemente
una erupción de amor, un río
de fiebre emocionada,
un empujón de fuego y desmesura.
Y en ese instante supe
que amar es darse a alguien
que se funda contigo
en el misterio y la belleza.
Para abrazarle el cuerpo
con el cuerpo, el dolor
con el dolor, el alma con el alma.
¿Por qué he tardado tanto
en percibir lo obvio?
Lloraste, al fin, con lágrimas
Indómitas que, en realidad,
eran pactos de lluvia con la tierra.
Del libro Gotas de hielo (2011)
Viaje a la soledad
Ya no sé si los besos
que olían a jazmín
y a lluvia remansada
destilaban azúcar o delirio.
Sólo sé que eran brotes
del alba, tintineos de la luz
en primaveras
recién amanecidas.
Ya no sé si los labios
eran pozos de sed o
territorios de luna y de belleza.
Tampoco estoy seguro
de que un beso de amor
sea en sí mismo una victoria.
Solo sé que, al marcharte,
escribiste en las lágrimas
un nombre, un tiempo, una frontera.
Y que a mí me dejaste en la memoria
el ansia inagotable del deseo,
el espejismo estéril
de la esperanza y del abrazo.
Pero te quiero, amor, aunque la vida
me pague con tormentas
de atronadora soledad.
Del libro Gotas de hielo (2011)
Te buscaré
1
Perseguiré tu sombra.
Vagaré por ahí, por los suburbios
inhóspitos del desconsuelo.
Oleré tus perfumes
en la espesura íntima
de los escombros, esas
flores depositadas
en los fermentos
finales de la noche.
Hundiré mis pupilas
en los ojos inconsolables
de los perros abandonados,
en la respiración convulsa
de algún sueño abatido.
Miraré en el reverso
de las caricaturas,
en las formas clonadas
de la ensimismación
y de la indiferencia,
en los rostros desfigurados
por el agua afligida de las lágrimas.
2
Urgido por un séquito
de arañas impacientes,
me desespero y dudo,
pero quizás te encuentre aún
entre los pliegues
inciertos de la duda.
¿Por qué desvanecerse en una sombra
larga que no es del todo negra?
Resiste, corazón, hasta que el alba.
desactive los vérigos
de esta feroz melancolía.
Aspira la verdad en esta hora
en que la luz desconfigura
los sucios contubernios de la noche.
¿No los ves esconderse en las conciencias?
3
Ceniza, claridad y frío.
Amanecer intrépido de plomo.
Rayos de sol, agujas aceradas.
Dolor de realidad, dolor de luz
que pone al descubierto la existencia.
¿Existes de verdad, o tal vez eres
insidiosa pasión imaginada?
Te llamo a gritos, no respondes.
Sacudo el corazón,
tampoco te presiento.
Se me agrieta la fe.
Me resquebrajo, sangro, me diluyo…
Y veo. Veo finalmente.
Sé que jamás te encontraré,
aunque te fundas con mis ojos
en este caminar hacia el olvido.
Del libro Gotas de hielo (2011)
Ser árbol
Antes de que los llantos
incontenibles
de mis seres queridos
recorran por mi causa
los caminos de la amargura
y caigan como ríos
por sus mejillas desoladas
hasta mojar la tierra,
ya estaré yo fundido
en extensos abrazos con los árboles.
Ningún otro lugar
me ofrece un parabién
más oportuno y atractivo
ni unas vistas más amplias
ni una mejor respiración.
Que sepan las futuras
generaciones de los sueños,
de las aves y de las mariposas,
que ahí voy a esperar, sin prisas,
el tiempo necesario
para poder formar un bosque
de hermosos ejemplares vegetales
y de perenne humanidad.
Y, siendo más preciso,
quiero ser insertado
en la frondosidad
salvaje de los robles
cuando la hoja es tierna
y en la feraz exuberancia
de los almendros cuando
la desnudez florece.
Pero quiero también
ser rama del otoño,
para vestirme de belleza
y de esplendor, para sembrar
los montes de colores vivos
y recibir después
-ya en el tronco desnudo-
los callados rigores del invierno:
esos potros de nieve.
Deseo percibir en las futuras
miradas que recaigan sobre mí,
alegrías y gozos
en lugar de lamentos y tristezas.
Y que mis seres más queridos
abandonen los gestos apenados
en beneficio de las
sonrisas animosas.
Y ya cuando la pena se mitigue
y quede en la trastienda
una memoria sin dolor,
yo estaré en el principio
de mi propio deseo.
Quiero ser árbol
para poder ser bosque.
Quiero llegar al corazón
de la madera, donde está
-como alimento irrenunciable-
la procelosa fuente de la lluvia.
Y quiero, finalmente,
pertenecer a una familia
humana y vegetal,
con la vejez dorada
y los retoños trémulos.
Del libro Poemas huérfanos (2016)
