MAELSTROM: la palabra frente al vértigo
Luis Ángel Marín Ibáñez acaba de publicar MAELSTROM, su nuevo poemario, bajo el sello de Editora BGR. Con motivo de su llegada a las librerías, GAFE se adentra en una obra de alta densidad simbólica, atravesada por la luz, el silencio, la muerte, la memoria y una pregunta que recorre sus páginas: qué permanece del ser humano cuando las certezas desaparecen.

Luis Ángel Marín publica MAELSTROM, un nuevo poemario
Luis Ángel Marín Ibáñez construye una poesía de alta densidad simbólica donde la luz, el silencio, la muerte y la memoria se enfrentan a una pregunta esencial: qué permanece del ser humano cuando el mundo deja de ofrecer certezas.
Por Revista GAFE

Hay libros cuyo título designa un asunto y otros cuyo título contiene, casi secretamente, las leyes que gobiernan su escritura. Maelstrom, de Luis Ángel Marín Ibáñez, pertenece a los segundos. El término anuncia remolino, corriente, absorción, pero también una fuerza que modifica cuanto entra en su radio de acción. Y algo semejante sucede al internarse en estos poemas: las certezas pierden estabilidad y el lector entra en un territorio donde luz y oscuridad, materia y vacío, memoria y olvido dejan de comportarse como contrarios.
Con una extensa trayectoria poética a sus espaldas, Marín Ibáñez no parece interesado en facilitar respuestas. Su escritura procede de otra manera: acumula imágenes, establece correspondencias inesperadas, hace colisionar lo material con lo abstracto y convierte el poema en un espacio donde pensar y soñar pueden suceder simultáneamente.
Esta característica resulta decisiva para comprender Maelstrom. Su poesía no parte de la anécdota ni necesita apoyarse en una narración reconocible. Parte de la imagen. Una imagen convoca otra y, entre ambas, aparece una zona de significado que el poeta deliberadamente no clausura.
Así, por estas páginas transitan acantilados, monasterios, molinos, rosarios, metales, arroyos, espejos, aldabas, crisálidas, barcos, estatuas, campanarios, pájaros, lienzos, nieve. Pero ninguno de estos elementos permanece reducido a aquello que nombra. Todo está sometido a transformación.
Los rosarios pueden gritar. La soledad recoge al hombre en la palabra. Los silencios vuelan. La muerte puede aparecer cubierta de vida. El mar deja de ser paisaje para convertirse en interrogación.
Ahí comienza el verdadero territorio de Luis Ángel Marín Ibáñez.
Una poética entre el Ser y el No Ser
Uno de los grandes ejes de Maelstrom es la confrontación entre existencia e inexistencia. El Ser y el No Ser aparecen recurrentemente, pero sería insuficiente entenderlos únicamente como categorías filosóficas. En el libro adquieren corporeidad: entran en contacto con la piedra, la sangre, los metales, los astros o la sombra.
Marín Ibáñez hace que el pensamiento abandone su condición abstracta y adquiera temperatura.
Por eso la dimensión filosófica de su poesía no desemboca en poesía discursiva. El poeta no argumenta una concepción del mundo: la convierte en imagen.
En “RAÍCES” encontramos una formulación especialmente reveladora:
“La luz
sigue siendo
la heroína del hombre.”
Tres versos bastan para condensar una de las tensiones fundamentales del libro. Frente a la oscuridad, el deterioro y la pérdida, persiste una luz que no necesariamente salva, pero que continúa siendo posibilidad.
Esta ambivalencia atraviesa Maelstrom. La luz puede revelar y también herir; el silencio puede ser vacío, pero asimismo territorio de conocimiento; la muerte no aparece únicamente como final, sino como presencia desde la cual la vida adquiere otra profundidad.
No existe, por tanto, una simbología cerrada. Los grandes signos del libro cambian mientras los poemas avanzan.
El Silencio también tiene voz
Si hubiera que señalar una presencia que recorre prácticamente toda la arquitectura del poemario, sería difícil no detenerse en el Silencio.
Marín Ibáñez lo escribe con frecuencia como una entidad. No constituye solamente ausencia de sonido: actúa, contempla, protege, interroga. En ocasiones parece incluso ocupar el lugar al que la palabra aspira sin conseguir llegar completamente.
Uno de los momentos más significativos aparece en “POEMA”:
“Dejar de estar solo
cuando nada existe en derredor
y ser Silencio.”
Aquí se encuentra una de las claves de la obra. La poesía no pretende vencer necesariamente al vacío. En ocasiones parece buscar la manera de habitarlo.
La palabra y el silencio dejan entonces de ser enemigos. El poema nace precisamente en la frontera entre ambos.
Esta concepción explica también las decisiones espaciales presentes en numerosos textos. Versos aislados, descensos verticales, blancos, desplazamientos y rupturas tipográficas hacen que la página participe del significado. El silencio no solamente se menciona: también ocupa físicamente el poema.
La belleza de las ruinas
Existe otra particularidad que dota a Maelstrom de una identidad reconocible: su extraordinario repertorio arquitectónico y litúrgico.
Atrios, monasterios, arquerías, cariátides, capiteles, refectorios, vitrales, campanarios, crucerías, altares y murallas comparecen junto a rosarios, cirios, plegarias, ángeles o ceremonias.
Pero sería equivocado interpretar esta presencia como una poesía confesional.
Lo sagrado aparece, fundamentalmente, como lenguaje simbólico de la pérdida y de la trascendencia. Los templos de Marín Ibáñez están con frecuencia erosionados; las arquitecturas tiemblan; los objetos rituales parecen haber sobrevivido a una catástrofe cuyo origen desconocemos.
Es la belleza contemplada desde la ruina.
Esa combinación entre arquitectura, mineralidad y espiritualidad concede al libro una dimensión visual muy poderosa. Maelstrom parece construir un mundo después del mundo: un espacio donde permanecen vestigios y donde el poeta intenta averiguar qué significan todavía.
Una genealogía asumida
La escritura de Luis Ángel Marín Ibáñez tampoco oculta sus interlocutores. Rimbaud, Federico García Lorca, Whitman, Mallarmé, Nietzsche, Seferis o Marco Aurelio aparecen, directa o indirectamente, en distintos momentos del libro.
No funcionan como exhibición cultural ni como simple homenaje. Constituyen una suerte de genealogía íntima.
El poeta conversa con aquellos escritores y pensadores que antes que él se enfrentaron a algunas de las mismas preguntas: la identidad, la muerte, la belleza, la conciencia, la trascendencia y los límites de la palabra.
Resulta especialmente significativa la aparición de Whitman en “CANTATA DEL ACERO Y LOS SUFRAGIOS”:
“El viejo Whitman no deja de llorar.”
La frase posee algo de declaración de época. Incluso aquella voz que celebró la amplitud del mundo y del individuo parece enfrentarse ahora a un universo donde “las hojas de la hierba / han perdido sus credenciales”.
El diálogo con la tradición se produce así desde el presente y no desde la reverencia.
Cuando la página se convierte en espacio
Otro de los rasgos que singularizan Maelstrom es su conciencia de la materialidad del poema.
Marín Ibáñez no trabaja únicamente con palabras. Trabaja también con distancias.
En distintos textos, el verso se fragmenta o se desplaza. Algunas palabras parecen precipitarse por la página; otras quedan suspendidas. Los espacios blancos funcionan como intervalos respiratorios y, en determinados poemas, casi como una segunda escritura.
Este procedimiento resulta especialmente coherente con el universo del libro. Si Maelstrom habla continuamente de fragmentación, caída, silencio, distancia y vacío, era natural que esas fuerzas acabaran afectando también a la forma del poema.
La página deja entonces de ser mero soporte.
Se convierte en escenario.
Permanecer en la palabra
Pese a la presencia insistente de la muerte, el vacío, la oscuridad y el deterioro, sería un error leer Maelstrom como un libro exclusivamente sombrío.
Existe en él una corriente contraria.
La palabra permanece.
En “SOLO QUEDA LA PALABRA”, el propio título formula de manera explícita aquello que muchos otros poemas desarrollan desde distintos ángulos. Cuando desaparecen las seguridades, cuando el hombre se encuentra ante la erosión del tiempo y cuando incluso los símbolos parecen incapaces de protegerlo, todavía existe el poema.
Quizá por eso uno de los versos más sencillos del libro adquiere una resonancia especial:
“Siempre espera el Poema”
Ese “Poema”, elevado por la mayúscula a categoría simbólica, termina funcionando como uno de los refugios posibles de Maelstrom. No porque la poesía pueda resolver la existencia, sino porque permite formular su enigma.
Y ahí radica buena parte de la fuerza de Luis Ángel Marín Ibáñez.
Después de una larga trayectoria y diecisiete poemarios publicados, el autor no parece buscar una escritura conciliadora ni reducir la complejidad de su universo para facilitar el acceso. Conserva una dicción propia, reconocible, poblada por obsesiones que regresan y se transforman. Esa fidelidad a un territorio poético personal constituye precisamente uno de los argumentos para acercarse a su obra.
Entrar en Maelstrom
Este no es un libro para buscar una historia lineal. Tampoco necesita que el lector descifre cada símbolo como si existiera detrás de él una equivalencia exacta.
Conviene entrar de otra manera.
Leer un poema. Detenerse. Volver sobre una imagen. Permitir que una palabra dialogue con otra encontrada veinte páginas después.
Poco a poco comienza a percibirse que Maelstrom posee su propia cartografía. La luz conduce al silencio; el silencio, a la memoria; la memoria, al vacío; el vacío devuelve al hombre hacia la palabra.
Y el movimiento vuelve a comenzar.
Ese es quizá el verdadero maelstrom que Luis Ángel Marín Ibáñez propone al lector: no únicamente un remolino de imágenes, sino una poesía empeñada en atravesar las grandes preguntas de la existencia cuando las respuestas han dejado de ser suficientes.
Al final, después de los monasterios, los naufragios, los metales, las sombras y los astros, permanece algo extraordinariamente sencillo.
La necesidad de nombrar.
Y mientras esa necesidad exista, también existirá el poema.

