Los balcones, máquinas del tiempo; por Alma Karla Sandoval

En esta entrega, Alma Karla Sandoval revisa el más reciente libro de uno de sus escritores españoles más queridos: Antonio Muñoz Molina. La autora mexicana reseña Volver a dónde bajo la lupa de la bioescritura en los días del confinamiento que han marcado el devenir de nuestra época.

Los balcones, máquinas del tiempo

Cronotopos de la narrativa pandémica, eso son los balcones o ventanas. Operan como portales por donde la mente se fuga porque no solo el cuerpo se asoma a tomar aire, sino la imaginación se tranquiliza. No es que los escritores de los diarios huyan hacia allá, sino que a falta de patio o de jardín, sobre todo en las grandes ciudades, el lugar idóneo para depositar las ansias, calmarnos con un cigarrillo o una copa de vino, como el afamado narrador Antonio Muñoz Molina en ese diario de notable calidad que es Volver a dónde. Sí, en dicha obra el balcón se revela como el locus amoenus de pocos metros donde la vida ocurre con menos ahogo, sin el corsé del confinamiento, para que surja la poesía que el autor de El jinete polaco o El invierno en Lisboa encuentra cada tarde en sus meditaciones balconianas cuyo objetivo es inventariar los detalles cotidianos de la vida madrileña durante los meses de marzo, abril y mayo de 2020. El interés del narrador es claro: describir esa clase de minucias que ayudan a comprender la hondura de los seres humanos.

    Sabedor de que, a nivel global, la falta de inversión en salud, educación e investigación científica nos han pasado altísimas facturas, pero no de en qué modo la sensibilidad de muchos será va afectada por la pandemia, sostiene que hay un tiempo para todo, «ahora es el tiempo de la documentación y el testimonio inmediato. Ahora lo importante es dejar constancia de lo que hemos vivido, y ya llegará el momento en que todo eso se filtre y se convierta en memoria, novelas y estudios», le comenta a su entrevistador de Másperiodico dentro del marco del carrusel de prensa a propósito de este libro que va más allá de la escritura del presente.

     Fechado a momentos, el diario surge de un cuaderno del tamaño exacto de la cuarentena donde el escritor fue recopilando noticias, reflexiones, suspiros y espantos. Cuando el estado de alarma llegó a su final, él no paró, continuó registrando su extrañeza ante la nueva normalidad. Ese filtro literario, ese asombro o distanciamiento desde la mirada del poeta que salva instantes o consigna detalles simbólicos, le valió la epifanía memoriosa de su infancia rural y sus ancestros como si el pasado le devolviera algo de luz y certidumbre en el mar picado de la primavera trágica. Lo hace a lo largo de 228 capítulos cortos, como si fuera una novela por el ritmo y el contrapunto de cada episodio, que no es un fragmento. Habrá que decirlo, el expertise de varias décadas de este narrador lo obliga a tejer una trama ahí donde aparentemente no la hay: en las reflexiones, las memorias, las noticias comentadas, la descripción de la rutina dentro del confinamiento y cómo se adapta un intelectual a dicha contingencia. Con recursos que son tomados de En busca del tiempo perdido, algo que quien esto escribe ya había notado desde las primeras páginas y confirma luego de que Muñoz Molina menciona a Proust, Volver a dónde toma el pretexto de la pandemia y el testimonio para travestir una autobiografía. La forma es la caja de una novela porque es lo que sabe hacer: confeccionar trajes de ese tipo para el cuerpo de las circunstancias. Si bien Camilo José Cela dijo que una novela es todo lo que en la tapa llevara esas tres sílabas, el estilo es otro cantar. Cuando se tiene, los resultados refulgen por sí solos. Es la manera de enhebrar la aguja, el corte del sastre, las medidas exactas y la elección de la tela como del lenguaje lo que distingue a un libro sobre el coronavirus de otro que no llega a serlo. Respeto esa palabra: libro. Igual voy con tiento si hablamos de una novela, por eso no aseguro que esa haya sido la intención incluso si algunos capítulos que van fechados se escriban con cursivas con la idea de pendular dos historias: la del momento presente en la obra la que corresponde al confinamiento y es diarística; y la del pasado familiar cuya reconciliación trepa por un árbol genealógico que podría ser el de cualquiera.

     Mención aparte merece la afición del novelista por la botánica o la agricultura. Se sabe el nombre exacto de todos los árboles que rodean su vecindario y la calle O´Donell donde se ubica el piso tercero desde donde contempla con la suave nostalgia del sabor granate del vino en la boca, su origen: el campo. Tanto su padre como sus tíos se dedicaban a cultivar tomates y otras verduras, luego a venderlas en el mercado. Eran gente pobre que debió servir en casas de gente adinerada al punto de que cuando la madre le decía a la patrona que un pollo tenía mala cara como para cocinarse, esta respondía: «Pues ya está, se lo comen ustedes y así no se desperdicia», esa confesión que es más bien una denuncia es parte del conjunto de anécdotas sustanciosas como rasgo característico.  Por tal razón, la paleta de colores con que se escriben esas páginas lleva varios verdes y amarillos de flores del tomate que el autor ibérico cuida como un declarado agricultor de balcón.

     He ahí otro lugar común de la bioescritura o de quienes la ejecutan: una clara conciencia de que ante la muerte rondando, silbando, danzando, hay que crear vida. Recuerdo a Mary Shelley luego de tres abortos inventándose al Dr. Frankenstein quien a su vez consigue que su moderno Prometeo se levante de la plancha del laboratorio. O pienso en otra amiga que luego de una segunda interrupción del embarazo, compró dos docenas de macetas con violetas en Home Depot. Las cuidó como el personaje del cuento de Efraím Blanco en Minificciones desde el encierro quien decide, en el jardín de la casa, sembrar su propio edén.  Necesitamos algo vivo cuando se nos muere el mundo. Necesitamos brotes verdes y constatar su crecimiento, su floración con polen que llevan las abejas o la miel que los colibríes succionan. La vida llama a la vida, un recuerdo abre la puerta de otro. El verdadero jardín de Muñoz Molina es su nostalgia bucólica que da rienda suelta en ese reino particular que por su potencia es probable que deje una marca en esta literatura:

El balcón es mi reino, con las plantas que ahora no me olvido de regar cada noche, cuando el calor extremo da un respiro, los tomates, los geranios, el jazmín, la glicinia, la abelia, la gardenia. El reino breve está delimitado por una baranda pintada de blanco, a tres pisos de altura sobre la calle O’Donnell, y sobre las copas de las acacias del Japón que están empezando a florecer. Al otro lado de la calle veo ventanas iluminadas a las que ya no se asoma nadie, y muy arriba el perfil de las terrazas, que tienen algo de quintas secretas en el campo, con toldos verdes y plantas, siluetas de árboles, una palmera, un magnolio, un jazminero. Siguiendo hacia el oeste la línea de las terrazas y los tejados la mirada llega a la torre de Valencia, que tapa el horizonte del Retiro. El cielo era entre blanco y gris hasta hace un rato: dentro de poco, si tengo paciencia o pereza para seguir observando, lo veré convertirse en azul marino.

     Ahí tenemos una respuesta a la típica pregunta que podrían hacernos: ¿de qué trata este libro? Palabras más o palabras menos, de un hombre maduro y confinado que todas las tardes sale a su balcón, riega unas plantas, luego se sienta a observar el crepúsculo, a recordar ese otro árbol, el genealógico, el que hidrata con lenguaje, con silencio humedecido. Nada más entre anécdotas de su rutina acompañada por la escritora Elvira Lindo, una especie de Simone de Beauvoir para el autor porque este no publica nada si ella no le da el visto bueno. Con razón esta obra está dedicada a ella y los treinta años que llevan juntos acompasados por una pasión por las letras. En ese sentido, Muñoz Molina admite, «tendremos que aceptar de una vez por todas, con todas las consecuencias, que la literatura de verdad puede existir al margen de la moda, y de la actualidad, y de la celebridad pública, al margen de todos los indicadores oficiales, o académicos, o comerciales, que determinan el mérito. Y tendremos que adaptar nuestro trabajo y nuestra vida a esa aceptación. Eso quiere decir apartarse de manera tajante y sin énfasis de toda forma de mundanidad literaria», ¿será que esa literatura de verdad es la punta de lanza de la actitud con que él mismo se propone escribir Volver a dónde?: «Quería observar lo cercano como un explorador en un país desconocido. Salir a Madrid era a veces como haber llegado por primera vez a una inmensidad como la de la gran plaza de Cracovia, una mañana invernal de cielo bajo y blanco y llovizna. Quería observarme a mí mismo desde fuera, con atención, pero sin ensimismamiento, observar el modo en que el encierro en nuestra casa durante tanto tiempo nos afectaba a Elvira y a mí.»

      Como sea, son pocos los documentos, hasta el día de hoy que describan tan puntualmente los aplausos de las ocho que durante semanas unieron a los españoles para darse valor y reconocer los esfuerzos de repartidores de alimentos, policías, médicos, enfermeras. Afectado, ciertamente, por ese espectáculo, el escritor trata de consignar detalles, gestos, colores:

 Aplaudíamos a los autobuses urbanos que pasaban, a las ambulancias, a los camiones de limpieza municipal, a los coches de la policía, en una especie de gratitud indiscriminada hacia los servidores públicos. Pasó un repartidor de comida en una bicicleta y alzó los brazos como si el aplauso fuera para él, y todos le aplaudimos más fuerte. Pasó volando bajo sobre los tejados un helicóptero de la policía y alzamos las miradas y las manos para incluirlo en el Salieron médicos, enfermeras y limpiadoras a la puerta de la Maternidad, con una variedad festiva de colores en sus uniformes, verdes, azules, naranjas. Pasaban despacio los autobuses, haciendo sonar los cláxones, y hubo un desfile de ambulancias y de coches de policía con todas las luces encendidas. Los policías se bajaron de los coches y se alinearon frente a los sanitarios en un aplauso mutuo que resonaba muy fuerte en la anchura de la calle. Desde un balcón alguien lanzó un grito vigoroso de entusiasmo, que coreamos en todos los balcones: «¡Viva el Gregorio!». Llamar «el Gregorio» al hospital Gregorio Marañón era una vindicación vecinal y visceral de la sanidad pública. El Gregorio era el hospital y el corazón de la tragedia y el heroísmo que estaban sucediendo.

     Los aedas griegos cantaban las hazañas de otros héroes. Los diaristas de la pandemia buscan los ángulos más conmovedores de una épica medicalizada. También llevan el registro de un apocalipsis secreto o multidimensional. No lo inventan como Daniel Dafoe y sé que decirlo puede sonar escandaloso porque su Diario de la peste es una recreación que tiene mucho más de documental y ficción que testimonio directo. Como se sabe, el inglés tenía siete años cuando la pandemia a la que hace alusión azotaba Europa. Así que se inventa los recuerdos, lo cual no es que le queden mal a ese asombroso cronista, quiero decir que el filtro del tiempo le ayuda, se apoya magistralmente en él y ya sabemos qué pasó con esa obra: se volvió referencia. Autores como Alejandro Gándara, Fernando Fernández y el mismo Antonio Muñoz Molina corren el riesgo de la inmediatez, pero no traicionan a la literatura de verdad, aquella que va al fondo de las cosas, diría Blaise Cendrars en una prosa transiberiana cuando, en medio de la segunda gran guerra, otro mundo también desaparecía.

Alma Karla Sandoval

Columnista

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