«Leoncio», un relato de María Teresa de Vega Díaz

«Leoncio», es un relato de María Teresa de Vega Díaz

LEONCIO

Leoncio es jardinero. Como artífice de sus obras florales procede con plena conciencia al modo de los jesuitas, que con sus fieles actuaban como si cada uno fuera un caso único; así, Leoncio, con cada flor tenía un diálogo distinto. Ante mis ojos interrogadores, me aclaró que su táctica, en extremo fructuosa, podría llamarse “casuismo floral”.

Por este rincón amable pasó una vez el cura y dijo que qué conversaciones ni nada, que si Leoncio se empeñaba en ello, iba a considerar todo el asunto como magia, cosa que la Santa Madre Iglesia, recalcó, rechaza. Que ello tenía un origen demoníaco, de resonancias caudalosas de otros tiempos, y que en la actualidad significaba una nostalgia, peor aún, una añoranza de los aquelarres, mandatos de un inconsciente que todavía ningún analista psíquico había podido expulsar. Mucho ojo, señores, que las palabras mágicas de por sí sellan la transfusión, la comunión en sentido lato, refieren a una patria desastrada que desgraciadamente tiene una incidencia efectiva en la vida. Dijo.

               El jardinero y yo misma, su biógrafa, protestamos, algo de nuestra inquina subió a la superficie. Señor cura, con todo el respeto a su autoridad, aquí se trata del inofensivo “realismo mágico”, venido de Hispanoamérica y muy celebrado y aplaudido por las masas lectoras. Es arte, donde cabe la pirueta y el juego, la elevación al cielo, por ejemplo, de individuos transportados por sábanas desprendidas de los tendederos. De esta manera se trata de profundizar en la realidad. Si bien, ¿qué es la realidad? ¿Los ángeles? Qué guapitos son, qué mejillas tan sonrosadas, demasiado gordas, cierto, siempre al borde de caer en lo ridículo, en lo kitsch, cursi y pretencioso.

               Vale, vale, déjense de sofisterías, se defendió el cura. Piensen en algo más instructivo y valioso que ser unos infelices cómplices de ese material pintoresco, digo con piedad, que presupone una visión panteísta de la realidad, que no somos los románticos alemanes ni los simbolistas franceses, ni coincidimos con los filósofos allende los Pirineos, naturalmente ateos. Y carraspeó después de su exhibición de saber. Prosiguió: los literatos y los filósofos son un horror. Yo me encargo de preservar la salud y la inocencia, la honradez satisfecha de sí misma. Aquellos chafan la plenitud del vivir sencillo. ¿Qué hay de honrado en ese realismo intruso y mágico que merece una justificadísima mofa? Dicen que son narraciones hechizantes, ahí lo tienen, no hay duda de que se refieren a los hechizos que con disertación grandilocuente se producen allende los mares, mejor dicho, allende el océano, poblado de sirenas y otros bichos implumes inventados por los paganos del Mediterráneo, descomunales y prepotentes. Regenérense moralmente, chicos. Ah, parte de la culpa de este desorden actual la tiene Francisco, el antipapa, y sus secuaces de la curia vaticana. Pero otra parte de este sector coincide conmigo en que la tradición y las cruzadas contra esto y lo otro han de seguir con su adhesión incondicional.

               Fíjense, les voy a dar una lección del buen saber. La palabra rosa viene del latín rodja, que a su vez viene del griego rhodon que se relaciona con la isla de Rodas, famosa por sus rosales. ¿A que no lo sabían? ¡Qué falta de educación! ¡Qué infamia de enseñanza! ¡Cuánta merdolina! Y se limpió la boca después de pronunciar esto último. ¡Y luego están las feministas! Palabra también llena de caca, mantequilla rancia, gente de medio pelo. Sus alegatos dan pena. Esperpentos. Como Jesús, a latigazos las echaría de sus templos de indocilidad y antiservilismo. Estados reprobabilísimos. ¡Qué hastío! ¡Qué cagadas de perro! ¡Cuántas vejaciones de la dignidad varonil! ¿Dónde está la bondad y la abnegación de las mujeres, su dulzura, su piadoso –como los santos ante el Señor– agachar la cabeza? Cinismo epistemológico. ¡La razón patriarcal, exclaman! Mucho calzonazo encuentro yo en las películas y en las novelas actuales, inexplicablemente blandas. Hay que actuar de modo expedito con las mujeres para que no vuelvan al estado inicial, en el Edén. Esa Eva, tragona, ¿lo ven? ¿Tanta hambre tenía que tuvo que comerse la manzana? Aberrante, imposible de concebir tanta glotonería y chulería, ¿quién se habrá creído ella que era? Bueno, bueno, bueno… “Si no has visto al diablo, mira en tu propio yo”, dijo un teólogo, claro que aplicado a los cerebros de mosquito.

               Caminando hacia atrás, lentamente, nos alejamos del preste y nos refugiamos en la casa. Él quedó afuera un rato, hablando él también a las rosas. Leoncio quiso pasar a otro tema más grato. Empezó a hablarme de los cuadros en los que se pintaban flores, había muchísimos. Habla bajito, le dije, no vaya a oírnos el clérigo. A ver si el soplido del aire en sus orejas no es suficiente para impedir la audición.

María Teresa de Vega Díaz

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