«Las pieles de la luna», por Fernando Denis

La poesía crece frondosamente como el árbol genealógico. Su mecanismo es el de los pájaros, se guía por la intuición y la modulación ornamental de su canto. Así procede la poesía: saca sus mil manos como rayos luminosos y empieza tejer universos, civilizaciones, metrópolis.

Fernando Denis

La poesía no duerme, no deja de respirar, siempre está atenta a la gran ceremonia de la vida. La poesía intuye el olor del papel, la secreta reunión de los verbos, la soledad de aquel que aguarda afuera de la página a que lo atraviese el relámpago.

RESEÑA LITERARIA

LIBRO LAS PIELES DE LA LUNA

AUTORA: MARY LUZ TOBÓN TOBÓN

La poesía no duerme, no deja de respirar, siempre está atenta a la gran ceremonia de la vida. La poesía intuye el olor del papel, la secreta reunión de los verbos, la soledad de aquel que aguarda afuera de la página a que lo atraviese el relámpago. La poesía crece frondosamente como el árbol genealógico. Su mecanismo es el de los pájaros, se guía por la intuición y la modulación ornamental de su canto. Así procede la poesía: saca sus mil manos como rayos luminosos y empieza tejer universos, civilizaciones, metrópolis. Hay unas líneas de Octavio Paz, el mejicano del siglo veinte, que podría acercarnos un poco más materialmente a la poesía: “Bien plantada. No caída de arriba: surgida de abajo. Ocre, color de miel quemada. Color de sol enterrado hace mil años y ayer desenterrado. Frescas rayas verdes y anaranjadas cruzan su cuerpo todavía caliente. Círculos, grecas: ¿restos de un alfabeto dispersado? Barriga de mujer encinta, cuello de pájaro. Si tapas y destapas su boca con la palma de la mano contesta con un murmullo profundo, borbotón de agua que brota; si golpeas su panza con los nudillos de los dedos, suelta una risa de monedita de plata cayendo sobre las piedras”. Esta imagen impresionante es la de una diosa, una de las tantas que habitan las tribus del lenguaje. Una metáfora visual que convierte el lenguaje en materia viva, un torrente de ideas sobre una entidad capaz de ejercer su inmenso poder sobre cada uno de nosotros. Capaz de entrar en los sentidos, de subordinar con sus destellos los movimientos del espíritu humano y de embellecerlo todo con un solo parpadeo. Entonces, la poesía es una diosa invisible que habita dentro del lenguaje, que constantemente fabrica asombros para mantener el mundo en vilo. Octavio Paz sigue su discurso. “Tiene muchas lenguas, habla el idioma del barro y el del mineral, el del aire corriendo entre los muros de la cañada, el de las lavanderas mientras lavan, el del cielo cuando se enoja, el de la lluvia”.

He urdido esta definición de la poesía, en complicidad del maestro Octavio Paz, como un pretexto para hablar de los poemas de Mary Luz Tobón, de sus versos que he visto caer como hojas verbales cuando llega el otoño. La voz de esta poeta es nueva y revolotea por los muchos rincones del lenguaje buscado objetos y paisajes para ponerlos en la gran geografía que puebla el mapa de sus instintos, en estrofas que cristalicen su soledad y sus afanes de parecerse al mundo que imagina, de pertenecer a un tiempo a la vida real con sus miserias, pero también al de su imaginación portentosa, donde sus verbos dejen de ser símbolos y se conviertan en una música personal. Son poemas que intuyen la escritura del cuerpo, la escritura del camino: Mary Luz Tobón toma al hombre como un paisaje y pone sobre él todos los accidentes estéticos que puedan ocurrirle, como el amor o el viaje más largo hacia sí mismo y hacia los demás. Tiene la mente llena de marionetas y otra serie de muñecos y escribe lo que sus voces le dictan. Por eso su discurso es algunas veces surrealista, pero bastante reflexivo, amparado en su tiempo de niña, en los años en que su belleza corporal iba creciendo y con ella un lenguaje muy distinto.

Portada

¿Dónde termina esta búsqueda?

¿dónde se encuentra el origen?

¿hacía donde me diriges?

¿por qué no escucho tu voz atrapada en las ciudades invisibles?

Hay un largo camino hecho de sílabas y acentos que ha emprendido Mary Luz Tobón y sólo la detiene la noche, la noche síquica, la noche escriturada en su piel, la noche hecha con la arcilla con que sus manos moldean el lenguaje, la noche incesante que lleva los tintes de la sombra. Ella escribe contra un puñado de soledades que la intimidan, escribe atiborrando de amaneceres todas a las arquitecturas de su mente, escribe afianzada en su lanza contra la sombra donde se ocultan sus temores más profundos. A veces para muchos la escritura es un milagro, un proceso que ocurre fuera de la mente. Es así como llegan los versos más poderosos hasta el centro de idioma, las verdaderas revelaciones. Por instinto las sílabas naufragan en el mar de las ideas y caen a la playa de una página en blanco sin darse cuenta. Como una especie de escritura automática que va corrigiendo sus propios errores y los errores que no existen. Yo imagino a Mary Luz Tobón pescando ideas para luego pulirlas como un diamante y ponerlas en el sitio exacto de la historia de las palabras. Su inspiración busca desenredar las imágenes que la visitan, abandonar las insistentes peleas con el ángel de la escritura, dejar que los astros hagan su trabajo esotérico en su vida abigarrada y llena de vértigos. Para que la poesía cumpla su función, hay que imaginar que el mapa del cielo está hecho para que las palabras hagan su verdadero recorrido en la vida de cada uno de los hombres. ¿Cómo sabemos que el lenguaje nos pertenece? ¿Cómo lograr que las palabras llenen nuestros grandes espacios vacíos? Mary Luz Tobón necesita una respuesta urgente.

Fernando Denis

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