«Las fábricas de la escritura o el autor como influencer, canon y un solo modo de producir textualidad»; por Alma Karla Sandoval

«Ya ni hablar de las estrellas en Goodreads, de la calificación que los lectores de todo el mundo le conceden a un libro como si se tratara de una habitación de hotel, un viaje en Uber o un restaurante. En estos tiempos, una obra con un promedio menor a tres puntos no se compra», consigna Alma Karla Sandoval en esta entrega que cuestiona los criterios de calidad literaria.

Partamos del hecho de que la calidad literaria es una suposición. Real o irreal, gracias a ella hemos perdido voces valiosísimas o tal vez las mejores siguen anónimas. Se parece a la muerte con guadaña cortando el aliento de quien escribe. Como diría Marie-Jeanne Roland de la Platière, “¡cuántos crímenes se comenten en tu nombre!” Lo más triste es que el mercado impone una idea clara sobre su identidad. Existe si el libro circula porque dicen que “mira, algo bueno debe tener esa obra que es un best seller”. Dinero llama a dinero. Un caso reciente que contradice esa idea es la del más reciente premio Nobel de Literatura, Abdulrazk Gurnah, nacido en Tanzania, formado en Reino Unido. El autor, un académico estudioso de la narrativa de Salman Rushdie y Naipaul, casi siempre fue un fracaso de ventas. De su gran novela, En la orilla, solo vendió 900 ejemplares. Casi nadie lo conocía más allá de dos o tres editores detectives que habían dado con su rastro. Así, inexistente en la mesa de novedades, en las listas de los más vendidos, en los encuentros, festivales o ferias, este autor africano continuó con su vida hasta esa llamada. La academia sueca y la fundación del Nobel decidieron premiarlo reconociendo la calidad de una obra que nada, pero nada, tiene que ver con esos libros que, como adujo Roberto Bolaño refiriéndose a Arturo Pérez-Reverte o Isabel Allende en Entre paréntesis: “Venden mucho porque se entienden fácil”.

    El caso es que la crítica no se pone de acuerdo para definir los parámetros de lo que es una obra con calidad. Lo cual me parece un síntoma extrañísimo. Si no sabemos qué eres, cómo eres, ¿vale la pena perseguirte?, ¿no será que un libro con resonancia lo es y punto?, ¿cuentan las explicaciones frente a un fenómeno estético?, ¿o es necesario hacer la autopsia, ese entramado de análisis literarios para vivir en la academia? Porque las respuestas a estas preguntas tienen fama de ser huidizas, llama la atención el texto de Cristina Rivera Garza, “Contra la calidad literaria” publicado en su libro, Los muertos indóciles, necroescrituras y desapropiación:

La calidad, definida como el conjunto de propiedades que permiten juzgar el valor de algo, no es por otra parte, inherente al texto. No hay nada, de hecho, inherente al texto. No por el lector. Mejor dicho: lo único inherente al texto es su cualidad alterada. El texto no dice ni se dice; el texto se produce ahí donde se erigen el tú y el yo. El texto existe cuando es leído y es juntos entonces, en esa relación dinámica y crítica, que existe su valor. Como argumentaba Charles Bernstein respeto a la tan polémica definición de lo que es -o no- la poesía en uno de los capítulos que componen Attack of the Difficult Poems, “un poema es una construcción verbal designada como poema. La designación de un texto como poema incita cierta forma de lectura, pero no nos dice nada acerca de la calidad del trabajo”. Lo mismo podría argumentarse para lo literario. Sólo una visión conservadora, es decir, atada fuertemente al estado de las cosas y las jerarquías propias de esas cosas, querría la repetición incesante de solo un modo de producir textualidad.

     Ergo, hablar de una sola forma nos habla de un solo dios o de un tótem, de una lectura colonizadora, evangélica, hegemónica con que se bautiza “lo bueno” entre “lo malo”, lo que es literatura de lo que no. Es un proceder que se aferra a la modernidad del siglo XIX, a los intentos por no dejar fluir las escrituras, sino encorsetarlas. Típico de una pequeña élite con mucho miedo de perder sus cotos. Sabemos cómo se llaman, a qué revistas sirven, con qué editoriales han pactado. Es lo que resta de las mafias orgánicas con intelectuales atentos a desaparecer todo aquello que no suene elegante según los cánones de una estética vetusta a la que se le da sangre fresca de vez en cuando. Los imagino vampiros editando a veinteañeros quienes insisten en repetir fórmulas pasadas, rebasadas, cerradas a la vanguardia que siempre ha existido y se niega. Lo condenable es que muchos de ellos reproducen esas estructuras cuando crecen para convertirse en jurados de concursos. Así se instala un círculo vicioso.

     Ya ni hablar de las estrellas en Goodreads, de la calificación que los lectores de todo el mundo le conceden a un libro como si se tratara de una habitación de hotel, un viaje en Uber o un restaurante. En estos tiempos, una obra con un promedio menor a tres puntos no se compra. Así que basta con tener un perfil falso, entrar a ese sitio y escribir pestes de una obra para joderles las ventas a tus enemigos. Lo cual nada tiene que ver, por supuesto, con la calidad literaria. Es otra forma de cancelación de esta cultura del hiperconsumo donde la verdad puede ser un fake. Los hechos también desaparecen, solo quedan, diría Nietzsche, las interpretaciones.

     En Vocabularia, diccionario feminista, definí el editopatriarcado como un conjunto de prejuicios y creencias en torno a la escritura de las mujeres. Es un constructo que supone que la literatura femenina no posee calidad porque es floja, dulzona, poco original, romántica y boba. Lo que deja a la escritura hecha por mujeres en un desamparo lingüístico. Por tal razón, las políticas editoriales y la crítica celebran la literatura canónica heteropatriarcal que no tiene nada que ver con nuestras múltiples realidades y señalan con sospecha el avance literario de las mujeres que crean y escriben desde el feminismo. Este término llegó luego de leer Cómo acabar con la escritura de las mujeres de Joanna Russ. Estaba en el segundo o en el tercer viaje a Barcelona y devoré en cafeterías, subrayando todo lo que pude, las revelaciones de ese ensayo que necesito treinta y cinco años para traducirse al español. Fue la editorial Dos bigotes quien corrió el riesgo con buena fortuna, tanto, que esa obra ya es un punto de referencia en el estudio de la escritura de mujeres porque revela sin aspavientos y con todas las pruebas habidas y por haber, la consigna patriarcal de seguir considerando lo que nosotras escribimos como productos de menor calidad por el simple hecho de firmarlo con nuestros nombres. Ejemplos abundan desde los anónimos de la antigüedad, pasando por George Sand y la misma J. K. Rowling cuya multimillonaria obra se publicó finalmente cuando comenzó a mandar su manuscrito con dos iniciales. Hablo de este asunto no desde una posición que pretende reivindicar absolutamente todo lo que una mujer escribe, pero sí para dar fe de la desigualdad aún imperante. Y no solo se trata de género, sino también de temáticas, de temperaturas, de pronombres. En suma, de ideas preconcebidas y prejuicios dominantes. Lo “malo” casi siempre es hiperbólico, autorreferencial, denunciatorio, enredado, confuso, inclasificable. Y para eso está el canon, para que nadie se atreva a salirse del corral.

     A punto de cerrar esta columna tropiezo con un post en Facebook que cita a Juan Villoro:

No hay garantía de que lo que escribimos tenga calidad certificada. Recuerdo una conversación con Roberto Bolaño en la que llegamos a la siguiente conclusión: la única prueba confiable de que un texto “estaba bien” ocurría cuando nos parecía escrito por otro. Esta repentina despersonalización permite la autonomía necesaria para que una obra respire por cuenta propia. Al mismo tiempo, nos priva de la posibilidad de sentirnos orgullosos de ella, pues su mayor virtud consiste en parecer ajena. Escribir significa suplantarse, ser una voz distinta. Por eso Rimbaud pudo decir: “Yo es otro».

     ¿En verdad Bolaño y Villoro siguieron los pasos de Borges?, ¿no es el estilo la huella digital de un autor?, ¿qué crimen perpetra la palabra escrita con intención de ser literatura que debe mostrar “pruebas confiables “de su inocencia?, ¿quién escribe “bien” es un ventrílocuo?

Alma Karla Sandoval

Doctora en Literatura, periodista, ensayista y poeta mexicana. Columnista de Gafe.info escribe la columna «Libros, cuartos y cuerpas». Dirige la Colección de Poesía Contemporánea «Lo que ellas nombran», Editora BGR.

Obtuvo las becas del FOECA y del FONCA en 1999 y 2001. En 2010 fue galardonada con la Beca de Creadores e Intérpretes con trayectoria del PECDA para escribir un libro de cuentos. Ganadora del Premio Nacional de Periodismo AMMPE, en 2011, y los Juegos Florales de Cuernavaca, Morelos, en 2012. En 2013 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano, el Premio Nacional de Narrativa Dolores Castro en 2015 y los primeros Juegos Florales de Tepic, Nayarit. Se le concedió nuevamente la beca del PECDA para Creadores con Trayectoria en 2018. Seleccionada internacional para la residencia de Artes y Humanidades, Faber, en Cataluña. Obtuvo el Premio al Mérito Periodístico en crónica 2019, del Premio Nacional de Poesía María Elena Solórzano 2019, del Premio Gran Mujer de México 2020 por su defensa de los derechos humanos y su libro Necroescritura de los días muy vivos, resultó ganador de la convocatoria de obra inédita 2019. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores desde 2020. Su obra ha sido traducida al inglés, francés, portugués y ruso.

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