Tú y las nubes me tienen loco,

tú y las nubes me van a matar.

José Alfredo Jiménez

Un meme donde la figura de “El caminante sobre el mar nubes”, del pintor romántico alemán, Caspar David Friedrich, aparece junto a un policía recordándole: “No puede venir a contemplar lo inefable señor, me va a tener que acompañar”, versiona la pérdida del espacio público en una catástrofe sociosanitaria. ¿Qué es lo inefable?, ¿un dispositivo de cursilería retórica?, ¿una palabra dominguera? No, el horizonte simbólico nos rebasa. La época romántica más que un movimiento artístico, fue un bastión de resistencia al capitalismo tal y como lo conocemos.

     En ese sistema, aquella sustancia invisible, indecible, inefable, se niega desde la hegemonía del terror que una emergencia auspicia. El paisaje se torna interior porque el exterior está vedado. Las ventanas y los balcones como únicas pantallas no virtuales de nuestro ahora. Rebeldía romántica como otro virus: el miedo al contagio, a pensar e inventar escapatorias desde los patios amplios del ensayo porque ese género intenta enmascararse con oscuros cubrebocas, lo vuelvo a escribir y me autoplagio.

   El género (me refiero al ensayo) es también uno de los amantes del cuadro de Magritte, dos personas que se besan con los rostros cubiertos por velos que, según los biógrafos del artista, es un objeto que recuerda la toalla en la cara del cadáver de la madre suicida del pintor que él, cuando era niño, vio flotar en el río. De cualquier forma, las fotos de novios besándose con mascarillas han dejado de sorprendernos. Subir y bajar retazos de tela azul, negra o blanca para sentir los labios del otro durante pocos segundos fue considerado una transgresión igual que utilizar la primera persona cuando escribimos un ensayo. No obstante, Montaigne comenzó por sí mismo, viajando hacia adentro se hartó y salió, ya enfermo, a recorrer una buena parte del mundo sin cubrirse el rostro. Lo hizo como Alonso Quijano, aunque este francés cuerdo y mucho antes que el señor de triste figura.

     Esbozar una forma literaria no es fácil. Obedece a la necesidad de evitar transmitir otros virus o, en ocasiones, la de esconder falencias. Un ensayista es un lector por defecto y por virtud, pero también alguien que padece literatosis, ergo, vive bajo el signo del bovarismo, ese estado de insatisfacción crónica en el que se niega la realidad y se fantasea con la vida soñada. Ahí es donde entra la literatura del yo en el ensayo como un mecanismo de sobrevivencia reforzando lo que se lee, lo que se descubre. Volviendo a Balzac, la definición de su personaje más famoso es esta: “El campo lo conocía de sobra, como de sobra conocía el balar de los rebaños. Más sentimental que artista por su temperamento, eran emociones y no paisajes lo que buscaba”, ¿habrá que elegir entonces entre la arena dramática de la expresión o el pathos en el personaje de un punto a otro del proscenio para ser ensayista?, ¿tendríamos que hipervigilarnos al escribir como lo hacen las cámaras de los lugares públicos cuando nos retiramos el cubrebocas para respirar un poco aliviados?, ¿o deberíamos dejar fluir la expresión como lo hizo Montaigne conversando con los autores muertos? No son preguntas inútiles. Entre la emoción y el paisaje hay cruces, puntos de inflexión: epifanías del ensayo.

     En El alma romántica y el sueño, de Albert Beguin escribe: “Los grandes paisajes de Friedrich evocan las meditaciones del solitario que siempre fue. Por una ventana abierta divisamos mástiles que no detienen la mirada, sino que la invitan a perderse en el infinito de un cielo nórdico, el del Báltico en Greifswald, y una mujer vuelta de espaldas, sumida en la contemplación de esos horizontes lejanos, parece guiar hacia ellos el ojo del espectador”[1], un ojo contaminado de emociones, probablemente.

     Quien esto escribe se enjugó las manos con gel hidroalcohólico, pagó una entrada de 13 euros y entró en el museo de la colección de Thyssen-Bornemisza en Madrid. En la sala A de la primera planta, casi escondido, aparece otro cuadro de Caspar David Friedrich, “Barco de pesca entre dos rocas en una playa del Mar Báltico”, es un óleo pequeño de 22 por 31 cm datado hacia 1830-1835[2]. Tal y como se describe, la escena está ambientada en una hora crepuscular, incluye un grupo de hombres que, de pie, y de espaldas al espectador, observan o despiden la embarcación, aunque sin que sus miradas se crucen con las de los tripulantes.  La presencia de esos personajes, vestidos con ropa tradicional alemana, no es fácil de explicar. Contribuye, antes bien, a acentuar un gusto por lo enigmático del paisaje. Con todo, podría entenderse que su proximidad al barco se debe a que han presentado compañía o ayuda a los tripulantes al hacerse a la mar, tal vez incluso por tener que vencer una encalladura en el litoral peligroso. Solo si ponemos la composición en relación con un dibujo del Friedrich joven, del carnet de Berlín de 1799, titulado “Despedida al borde del mar”, que precisamente representa una embarcación de palo idéntica a la de ese cuadro y diferencia dos tipologías de personajes, se puede identificar la acción que se ilustra como una despedida.

     En cualquier caso, Friedrich establece como asunto la separación entre dos grupos correlativos de hombres: los que salen a navegar y los que se quedan en tierra, y, por lo tanto, entre las posiciones de ambos en su correspondencia con la naturaleza presentada[3].  No sé cuál es mi posición al respecto. He salido a navegar todas las veces posibles que la realidad lo permite, pero también he añorado la tierra como una sirena en cuya desesperación o nostalgia finca su identidad.

    Observé la pintura con detalles tan bien dibujados que no sé qué pincel permite dicha precisión, una técnica depurada al extremo y al servicio de un atardecer de azules indefinidos, pero broncos, que no pertenecen a la noche ni a la inseguridad del crepúsculo que se deja morir.


[1] Beguin, Albert. (2002). El alma romántica y el sueño. México: FCE, p. 163.

[2] Este cuadro fue encontrado por Carl von Lorck en el palacio de Basedow, en la región de Mecklengurgo, junto a otras cuatro pinturas de Friedrich. Incluso al año siguiente, después de haber publicado su primer hallazgo, descubrió otras dos obras del pintor en ese mismo lugar. Von Lorck dedujo que estas obras sido adquiridas directamente al artista por el propietario del palacio, el conde Friedrich von Hahn. En la colección se hallaron también otras de otros románticos: de Koch, Catel, Dahl y Blechen.

[3] En https://www.museothyssen.org/coleccion/artistas/friedrich-caspar-david/barco-pesca-entre-dos-rocas-playa-mar-baltico. Consultado el 6 de septiembre de 2022.

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