La novela: la humanidad de la narración, por Jonathan Alexander España Eraso

Toda gran novela ofrece la posibilidad de experimentar la fuerza imaginativa en tanto narración que se hace mundo. El ipse y el alter se están siempre complementando en los márgenes como un estadio de exposición que multiplica la realidad y la invención.

Toda gran novela ofrece la posibilidad de experimentar la fuerza imaginativa en tanto narración que se hace mundo. El ipse y el alter se están siempre complementando en los márgenes como un estadio de exposición que multiplica la realidad y la invención.

Como lugar de lo literario, una gran novela asume en su corpus, un deseo de sentido que se dona en la acogida. Se crea más allá de la experiencia leída para insinuar el paso o, por lo menos, un deseo de paso en el que nos reconocemos como seres de lo ficcional en los entresijos de las palabras.

Es posible que en la extrañeza lectora de lo que se propone se desajuste el canon de lo que es la novela. Aunque definitivamente sea necesario buscar un rumbo otro e invertir el sentido de la indagación.

Como la aventura, también la pregunta, de golpe, puede abrir un espacio de decisión que se plantea desde el mismo rastro del que surge. Ahí se dimensiona una fractura en la que se re-inventa el estado narrativo. Lo anterior, permite proyectar las siluetas del puente para que las narraciones sean ahí, en el cruce de caminos en los que se traza el otro rostro de la novela.

Una gran novela es oscilante, está en vaivén continúo. Esta posibilidad es la forma que ella encuentra para, en el extremo del lenguaje, ser una escritura flotante a cada momento. Por eso, tener lugar en el tipo de novela que describo es un acontecimiento, pues el novelista no construye una patria para la autoridad de su firma, al contrario, la compone como frontera con lo emergente en el marco de una claridad en la que se percibe el vacío, llenándolo, como decía Antonio Porchia.

Entonces ¿cómo obra una gran novela? Obra como vaso comunicante que propicia la vasta y tempestuosa polifonía que prolonga la humanidad de la narración. Vivirla se determina como la compresión de la presencia de lo soñado que no es sino lo que podemos ser. En ese sendero, la literatura implica una mediación y una intervención para que el fluir del lenguaje nombre el ser de la realidad, en donde lo común y lo diferente develan la imaginación que está escribiéndose: porque al escribirse, escribe también con lo que la conforma y lo que no. Por ello, se enraíza en la piel de las palabras que se hace memoria en la página y da sentido a ese algo indecible que nos rodea.

De esta manera, construimos nuestra verdadera identidad lectora ya que nos reconocemos, somos conscientes de nosotros mismos, gracias a lo que hemos leído. La lombriz de la conciencia (como la llamó Nicolà Chiaromonte) en su transfiguración a serpiente, busca su cabeza con su cola, se busca incesante a sí misma. En esta obsesión, matizada por el placer, se configura lo que nos dona una gran novela, sin dejar de otear el horizonte de la literatura, que, en palabras de Alberto Manguel, «nos permite contar nuestra ancestral experiencia de tantas maneras como sea necesario, para poder leer en esas ficciones, aunque sea imperfecta y oscuramente, lo que sospechamos es la verdad».

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